Martes 27 de Marzo de 2018 - 12:01 AM

La luz de la felicidad

¡Ser feliz es una decisión! La felicidad no es una joya que se busca en una isla perdida; a ella la encontramos justo en el corazón.

Conozco a personas que se la pasaron buscando la felicidad por doquier y a cualquier precio. Al final, cargadas de canas, admiten que han desperdiciado sus vidas.

¡Nos pasa a muchos!

Vivimos con miles de afanes, que vamos de tropiezo en tropiezo; subimos tanto, que al final nos derribamos; cuidamos tanto los números, que siempre llegamos a cero; mejor dicho, parece que tenemos todo y no poseemos nada.

Hay hombres que son ‘poderosos’ y aún así la dicha de vivir no logra seducirlos; algunos hasta deciden suicidarse, tal vez como una forma de decir que están hastiados del mundo que ellos mismos han construido.

No se necesita fama, títulos nobiliarios, ni mucho menos los plácidos frutos para que el corazón lata de felicidad.

El valor de la vida humana estriba más en su contenido, que en su duración; por eso suele decirse con mucha sabiduría que “no vive

más el que más vive, sino el que vive mejor”.

Las personas entienden, demasiado tarde, que la famosa búsqueda por la plenitud, esa que tanto anhelamos, no la gana el hombre más fuerte, el que tenga más plata o el que más rece.

Lo esencial para la felicidad radica en lo que tenemos dentro de nosotros mismos.

El hombre que sabe vivir es aquel que cree y siente que puede serlo.

Además, la felicidad no consiste en que el mundo esté resuelto. Es todo lo contrario, entre más haya que abonar el terreno, mejor. Es decir, aunque nos cansemos, aunque el triunfo nos abandone, aunque un error nos lastime, aunque las cosas financieras no vayan tan bien, aunque alguien nos traicione, aunque una ilusión se nos apague, aunque ignoren nuestros esfuerzos y aunque todo parezca en vano, sí podemos ser felices.

Muchas veces encontramos nuestra felicidad cuando más reducidos estamos.

¡Todo depende de la actitud!

Desde la misma sencillez e incluso con los pies en la tierra podremos besar el cielo.

Ese techo azul que todos llaman cielo y que vemos, puede ser más azul si nos lo proponemos. Es solo cuestión de apreciar la vida con el brillo que nos regalan Dios y la naturaleza.

El fruto que se recoja en la vida depende de qué tanto sembremos.

Y no debemos pedir que las cosas se hagan como queremos, sino como Dios quiere que ellas sean.

Porque, léase bien, lo esencial es lo que tenemos en el corazón y lo que somos capaces de ofrecerles a nuestros semejantes.

Para ser feliz solo requerimos de dos cosas: cerrar los ojos para dejarse amar y abrir las manos para servir a los demás.

Vivamos cada segundo de la vida como si fuera el último, pero también tratemos de planearla como si no tuviese fin. No les demos importancia a cosas triviales.

Disfrutemos con intensidad los buenos momentos, para no arrepentirnos más tarde del tiempo perdido. Recordemos que los días pasan por nosotros “como el agua entre los dedos”.

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