Martes 03 de Abril de 2018 - 12:01 AM

Sobreponerse al dolor

En determinados momentos o situaciones, el alma se nos rompe en ‘pedacitos’ y nos duele tanto que sentimos desfallecer. Cuando estemos así invoquemos la bendición de Dios, pues Él tiene el poder restaurador que se requiere para estos casos.

Los dolores no solo son asuntos físicos, ellos también están relacionados con el cuerpo y, al mismo tiempo, con la mente.

Los expertos afirman que las formas en las que se sienten las dolencias están asociadas, tanto con las emociones como con los mismos virus que causan las enfermedades.

No obstante esta precisión, quiero referirme en esta página a esas penas o tristezas que experimentamos por motivos anímicos; es decir, los malestares que nos ‘taladran’ el alma.

Ellos son los que más solemos padecer y, de manera desafortunada, poco o nada hemos aprendido a manejarlos.

Al menos los otros dolores, los del cuerpo, suelen aliviarse con analgésicos. En cambio, con las dolencias del alma ni siquiera tenemos derecho a quejarnos y, peor aún, no encontramos antídotos específicos.

Lo peor es que estamos muy expuestos y padecemos tantas veces esos sufrimientos que, de manera peligrosa, a veces terminamos acostumbrándonos a ellos.

Muchos de estos dolores nacen en las erradas actitudes que asumimos la vida con los apegos, las remembranzas, las traumáticas experiencias que vivimos con el amor, las pérdidas inusitadas, nuestros fracasos, las preocupaciones del ‘día a día’, los miedos y otros factores, los cuales causan golpes fuertes que calan hondo en nosotros y nos dejan huellas.

Es irónico, pero estos dolores suelen purificar y templar nuestro espíritu. Así sintamos desfallecer, cada uno de ellos nos hace más fuertes. Claro está que no por eso debemos resignarnos a sufrir.

Si determinada situación nos deprime, es preciso asumir el control emocional. Debemos apropiarnos de gotas de serenidad, no pensar tanto en esas penurias y espantar todo lo que nos genere sentimientos de dolor y miedo.

Debemos consentirnos. No hay nada más restaurador para el alma que liberarla de eso que la oprime.

Y esta tarea es fundamental nuestra fe, entre otras cosas, porque el alma tiene una directa conexión con lo Divino. Más allá del credo al que usted pertenezca, cuando nos abrimos a la acción sanadora que nos ofrece Dios, las áreas rotas del alma se van recomponiendo.

Lo bueno de todo ello es que nuestra alma nos hace mejor de lo que éramos antes.

No nos dejemos dominar por las emociones negativas. Sanemos todas nuestras heridas, dejemos de cargar tantas penas y solicitémosle a nuestro Señor que nos restaure, para poder vivir de una manera plena.

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