Lunes 23 de Abril de 2018 - 12:50 PM

Asumir nuestras responsabilidades

Vernos como ‘víctimas’ es una estrategia que solemos usar para no admitir nuestros propios errores. Es mejor dar la cara y admitir de manera pública que hemos fallado.
Archivo/VANGUARDIALIBERAL
¡Ya no más esos roles que nos hacen ver como ‘pobrecitos’!
(Foto: Archivo/VANGUARDIALIBERAL)

Con relativa frecuencia nos acostumbramos a echarles la culpa a los demás de todo lo ‘malo’ que nos pasa. Tal vez por eso nos hemos acostumbrado a eludir nuestra cuota de responsabilidad de eso que nos sucede.

Como auténticos necios, no asumimos que hemos fallado. Y ni siquiera porque tropezamos y

sufrimos decepciones, recapacitamos.

Siempre he creído que el asunto no es el hecho ‘malo’ que nos afecta, sino el ánimo con el que lo afrontemos. Porque es nuestra actitud la que termina por levantarnos o por destruirnos.

Es decir, las situaciones en las que nos vemos inmersos son ‘buenas’ o ‘malas’, según la forma como decidamos contemplarla. También la voluntad y la fortaleza de nuestro corazón nos ayudan a sobrellevar determinados problemas.

¿A qué viene todo esto?

A que debemos dejar de descargar todas nuestras frustraciones en otros, asumir nuestros errores y aceptar las consecuencias de las decisiones tomadas. Es mejor aceptarnos y comprender que fuimos los que fallamos, antes que seguir justificándonos como niños. El solo hecho de asumir los errores nos permite, de entrada, aprender de ellos, sin contar que crecemos como personas. Diría que esa es una forma madura de asumir el control de nuestra vida.

Si con total honestidad reconocemos nuestras faltas dispondremos de un punto de partida que nos permitirá corregirlas, superarlas y no volver a cometerlas. Al decir que “nos equivocamos” recuperamos nuestra dignidad y, de alguna forma, desarmamos a todos aquellos que nos juzgan.

Para empezar con esta tarea, debemos dejar de buscar afuera todo lo que tenemos adentro. Lo menciono porque en nuestro interior yacen las verdades fuerzas para sobreponernos a cualquier situación.

Disponemos de tantas opciones que, de manera literal, somos completamente libres de elegir nuestros destinos. Es decir, si hoy estamos como estamos es porque nosotros, y nadie más que nosotros, hemos decidido que las cosas sean así.

¡Ya no más esos roles que nos hacen ver como ‘pobrecitos’ y que no nos permiten enfrentar nuestras vicisitudes!

Más allá del orgullo, de los apellidos, de los estratos o de las condiciones físicas; lo que tiene que primar es la decisión de darles la cara a los problemas y también demostrarnos que podemos enmendar.  Permítame reiterar que el poder se encuentra dentro de cada uno de nosotros.

Reflexionemos sobre los comportamientos que hemos venido asumiendo durante los últimos tiempos y analicemos qué tan convenientes han sido. Pensemos bien las decisiones que vamos a tomar de ahora en adelante, para que no volvamos a cometer los errores del ayer. ¡Conectémonos con nuestra fe! Y si sentimos que no estamos contentos con lo que nos rodea, tomemos la decisión de cambiar de una vez por todas. 

El caso de hoy

Las inquietudes asaltan con cierta frecuencia a nuestro estado de ánimo. Ellas rodean los pensamientos y a veces logran intoxicarnos; tanto que no encontramos respuestas satisfactorias. No obstante, con cada cuestionamiento tenemos una posibilidad interesante para afrontar un nuevo horizonte, ya sea razonando o aplicando sanas estrategias para el alma. ¿Cuáles son

esos temores que no lo dejan dormir o que lo mantienen preocupado? Háblenos de ellos para reflexionar al respecto y, al mismo tiempo, ayudar a otras personas. Envíe sus líneas al columnista Euclides Kilô Ardila al correo: eardila@vanguardia.com En este espacio, él le responderá. Veamos el caso de hoy:

Testimonio: “De repente me agrada algo y en unos cuantos minutos ya no me gusta. ¡Todo es así en mi existencia! Comienzo el día lleno de energía, me planteo actividades para hacer y en un santiamén voy sintiendo una notoria pérdida del interés que siempre da al traste con mis buenas intenciones.

No comprendo por qué me comporto de esta manera, pues no existe una razón específica por la que termine asumiendo este tipo de actitudes. Sé que eso no es normal y me gustaría mucho conocer su punto de vista. Mil gracias”.

Respuesta: Pasar de la pasión a la indiferencia con rapidez es un estado en el que estamos sumergidos muchos. Nuestro ánimo suele tener esos ‘vaivenes’ por razones que pasan por el desenfoque, la desconcentración y la falta de autocontrol, pasando por un desequilibrio en la forma de asumir las vivencias, hasta llegar al estrés y a la ansiedad. A veces es un asunto de malos hábitos.

Eso que le ocurre a usted es lo que hace que muchos no logren terminar ningún proyecto. Por alguna razón usted y todos los que padecen ese tipo de desequilibrios emocionales, van perdiendo de manera paulatina el empuje inicial que los había llevado a plantear alguna iniciativa.

En su caso, por lo que percibo, está pasando por serios altibajos que, así no lo admita, tienen una razón de ser.

¿Por qué le pasa eso?

Ha de saber que toda emoción es más intensa o variable dependiendo de la actitud. Es preciso que revise qué es lo que realmente hace que usted mismo desvanezca su entusiasmo con esa facilidad que esgrime.

Le planteo que lleve una especie de ‘diario’ de lo que hace cada jornada. Hacer un seguimiento de su agenda le permitirá descubrir cuáles son los principales desencadenantes que generan los cambios en su estado de ánimo.

Lo digo porque, de esta forma, podría anticiparse a estas situaciones y minimizar su impacto emocional.

Debe hacer este ejercicio para evitar que su caso pase de una simple característica de su personalidad a un trastorno propiamente dicho.

Cuando se es inestable emocionalmente uno propende a trasladar tales desequilibrios al trabajo, a su vida de pareja o a los amigos, pues no es capaz de aislar las diferentes esferas de la cotidianidad. Y ahí sí podría estar en serios problemas sociales, laborales e incluso sentimentales.

Las terapias para lograr el equilibrio emocional se centran en que la persona aprenda a manejar sus emociones y su estado de ánimo. Para ello puede recurrir a la relajación y a la meditación, entre otras estrategias que le fomenten la autoconfianza y le permitan controlar esos pensamientos que le generan desasosiego. Con ellas también podrá potenciar la autoestima y alcanzar su autonomía emocional.

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