Domingo 29 de Abril de 2018 - 12:01 AM

Una gota de discreción, ¡por favor!

¡A veces es mejor callar! Como no medimos el alcance de nuestras palabras, no sabemos si lo que decimos es prudente o no.

Todos deberíamos evitar involucrarnos en problemas ajenos. Y para ello, podríamos empezar por entender que no hay que asumir cosas que no nos corresponden.

Lo digo porque a la hora de comportarnos como ‘metiches’, en lugar de crecer o madurar, complicamos nuestras situaciones y las de los demás.

Ya tenemos suficiente con las tensiones y con los problemas de la vida diaria, como para andar buscando nuevas razones de preocupación y de amargura.

Una buena dosis de discreción es muy importante y prioritaria; de esta forma evitaremos la exasperación que nos lleva a husmear las vidas de otros.

La reserva y la cautela deben primar para todo: para no contar lo que no hay necesidad de que conozcan los demás, para respetar los espacios y, sobre todo, para dejar que cada quien se encargue de sus asuntos.

Respetar la intimidad de nuestros vecinos, medir el alcance de nuestras palabras y guardar la confidencialidad con la información de otras personas, deberían hacer parte de los mandamientos ciudadanos.

Quien es capaz de seguir estos preceptos al pie de la letra, es mejor persona; incluso creo que aporta más a la construcción de una sana convivencia, sin contar que da grandes ejemplos de respeto y tolerancia.

Esta es una oportuna recomendación para estos tiempos, cuando estamos expuestos a tantas redes sociales y, por ende, solemos ser víctimas de tanta gente chismosa que hay por doquier.

Me gusta la gente discreta. Alguien así tiene la inteligencia para hablar solo lo que es pertinente y sus actos jamás lesionan a alguien.

En ese sentido, el silencio suele ser nuestro mejor aliado.

Las personas que no son ‘gritonas’ se caracterizan por saber escuchar y por no repetir lo que otros vociferan como ‘loras borrachas’.

Ellas suelen ser más expresivas que aquellos que se la pasan gritando a todos los vientos lo que hacen.

No ser discretos, en cambio, nos puede arruinar un proyecto y nos deja en ridículo; además corremos el riesgo de lastimar a alguien y nos puede sumergir en un ‘mar de problemas’ que nos podría hacer tocar fondo.

Dominemos nuestros impulsos, dejemos tanto acelere, aprendamos a tener una pausa en nuestra conversación y pensemos antes de actuar.

Es mejor tener buenas energías para nuestros propios proyectos. De esta forma activamos nuestras mentes y los pensamientos propositivos nos acercarán más a las metas.

No en vano dicen por ahí que a Dios le gusta la gente discreta.

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