Jueves 10 de Mayo de 2018 - 12:01 AM

La soledad también nos nutre

La invitación que le sugiero es que se tome un buen tiempo para estar tranquilo y solo. También le recomiendo que dedique unos minutos del día para dialogar con Dios.

Siempre me había preguntado, de manera equivocada, por qué los monjes eran capaces de apartarse del mundo que les rodeaba y preferían dejar sus vidas atrás. Creía, de una forma absurda, que un monje era alguien que ‘vivía solo’.

Pensaba eso porque en el pasado, algunos hombres conseguían una paz espiritual en la soledad de La Tebaida, que era una de las tres grandes regiones en las que estaba dividido Egipto. Era algo así como un sano lugar para sustraerse de las supuestas ‘seducciones’ del mundo.

Un sacerdote amigo me corrigió al respecto.

Él me dijo que si bien la soledad que yo les atribuía a estas personas podía estar contenida en la profundidad de la disciplina religiosa, el estar en un lugar orando ‘solo’ garantiza la pureza de la adoración de Dios y, al mismo tiempo, permite reflexionar en pro del servicio a los demás.

Me recalcó que, más allá de la devoción, no necesariamente debemos marginarnos de la vida cotidiana para lograr estar solos o en contacto con el Señor.

Es decir, si bien en un ambiento alejado del mundanal ruido se armoniza la vida y se calma la mente, todos estamos en capacidad de disfrutar de sanos momentos de soledad en cualquier lugar.

Porque en ninguna parte puede alguien encontrar un momento tan apacible y tranquilo, como en la intimidad de su alma.

De manera paradójica, Jesús decía que en la soledad es cuando estamos “menos solos”, pues ella nos ubica en un alto grado de reflexión hacia todo lo que nos rodea.

Con la oración, ya sea en una iglesia o incluso en un rincón de la casa, usted puede llegar a estar solo; siempre y cuando se concentre con la plegaria y, sobre todo, sepa reflexionar sobre las situaciones que afronta.

Es claro que existen algunas soledades que lastiman el alma, tales como: la que acompaña a los amargados, la que caracteriza a los soberbios, la que despliegan los envidiosos e incluso la que embadurna a quienes no logran sintonizarse con el amor. Ojo: “Eso no es estar solo, sino estar vacío”.

Pese a esos rasgos grises de la soledad, es preciso que todos aprendamos a disfrutar nuestros momentos a solas.

No se trata de eludir a los demás, sino de darse un poco más de tiempo, consintiéndose y disfrutando de nuestra intimidad.

Estando solos, aprendemos a conocernos.

En ese estado, podemos hacer una evaluación crítica de los sentimientos, pensamientos, deseos y anhelos.

Con la soledad también llegan las sanas reflexiones, el consuelo, la sabiduría y hasta un poco de complicidad con la vida.

La soledad nos acerca a la Gloria de Dios.

Y no es necesario irse para una montaña. En la intimidad de nuestro propio corazón podemos gozar de la Bendición de Dios.

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