Martes 22 de Mayo de 2018 - 12:01 AM

¿Primero yo, segundo yo y tercero yo?

Si bien es preciso pensar en nuestras metas, eso no implica pasar por encima de las personas con tal de conseguir lo que queremos.

Hay quienes practican a cabalidad la fea filosofía de: “Primero yo, segundo yo y tercero yo’. Aprovechan cualquier situación para resultar beneficiados por encima de los demás, no les gusta compartir nada y aplican la ley del mínimo esfuerzo.

Ese rasgo de la personalidad, tan frecuente en nuestro entorno, hace que estos individuos siempre pretendan estar en el centro de cualquier cosa. Mejor dicho, pretenden que el mundo gire solo al ritmo que ellos quieran.

El egoísmo hace referencia a un interés inmoderado que estas personas sienten sobre sus vidas. Total: jamás se interesan por el prójimo, pues rigen sus actos de acuerdo con su absoluta conveniencia.

¿Conoce a gente así?

O mejor le planteo la pregunta de la siguiente forma: ¿En nuestra vida diaria nos comportamos como los egoístas?

A veces le sacamos partido a todo lo que nos resulte más fácil.

Permítame reiterar que, tal vez sin darnos cuenta, solemos conjugar siempre el ‘verbo yo’ en primera persona.

Cuando somos egoístas no salimos de nuestra órbita y todo lo que hacemos va tras nuestro propio interés. El resto no existe.

¿Sabe qué es lo peor?

Que el egoísmo es una patología y un trastorno. Es un atentado a los derechos de los demás y se convierte en una conducta depredadora.

No en vano este proceder es parte del fracaso de la vida.

Son egoístas los políticos, los hombres celosos, los niños malcriados, los infieles, los presumidos, los machistas, en fin...

¡Reflexionemos hoy sobre eso!

Debemos darle a la gente más de lo que espera y hacerlo con alegría.

Hay que repeler el egocentrismo escuchando a quien nos habla y, en todos los casos, es clave ponernos en los zapatos de aquellos que sufren.

Nos corresponde practicar la humildad y ser modestos.

Si olvidamos que vivimos en un mundo que es de todos y que nosotros escasamente somos una diminuta parte de él, corremos el riesgo de estrellarnos.

No podemos pretender creer que merecemos más que otros solo por un apellido, un rasgo físico o por ser quienes somos.

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