Jueves 31 de Mayo de 2018 - 12:01 AM

Los avivatos al final reciben su merecido

Las personas que aprenden a ‘brillar’ por la mala fe como actúan, tarde o temprano, recibirán sus respectivos tatequietos. Quienes siembran maldad recibirán como cosechas varias dosis de sus propias medicinas y no podrán dormir en paz.

“El frío conoce al que está mal cubierto y el mosquito le apunta al que está arremangado”.

Esta frase, que le escuché alguna vez a un sabio profesor, retrata a los avivatos que pululan en estos tiempos, esos que siempre se aprovechan de los desprotegidos e ingenuos.

Esta especie de refrán me sirve para recordar que nos hemos resignado a ser asaltados por la buena fe.

Porque, en más de una ocasión, caemos presos del mal proceder de personas mezquinas y egoístas.

Lo anterior sin contar que, por alguna extraña razón, en este país se les rinde un absurdo culto a los ‘avispados’ sin pensar en el daño que nos hacen.

No estoy hablando de esas personas que son recursivas o hábiles para salir adelante de una manera sana y estratégica. Me refiero a esa gente que actúa de mala fe y que se vanagloria de hacerlo sin el menor asomo de vergüenza.

Ahí están esos individuos que solo buscan satisfacer situaciones personales en detrimento de su comunidad.

Es obvio que en este grupo aparecen todos esos politiqueros mañosos, aquellos infieles e incluso uno que otro promotor de fe, que es experto en engañar a sus seguidores.

Señores avivatos: No crean que no hay justicia divina. Por más que se diga que la impunidad anda libre haciendo de las suyas, tengan en cuenta que todo aquel que se dedica a lastimar a los demás vivirá intranquilo.

No estoy inventando el agua tibia. Los que tienen oscuros propósitos viven llenos de dolor, son resentidos, se cargan de frustraciones y al final todas esas emociones negativas les pasan sus respectivas cuentas de cobro. Y si bien pueden llenar sus bolsillos, siempre mantendrán el alma vacía.

Aquellos que saben a la perfección la maña de atrapar incautos no encuentran la plenitud en nada de lo que hacen, se hartan de las cosas más naturales y aunque saben ser actores al final los libretos de sus acciones terminan desnudándolos.

Toda mala intención se devuelve. Más allá de la frialdad que suele acompañar a estos sujetos, tarde o temprano caen atiborrados por sus propios sufrimientos. Algo más: jamás logran tener un espacio de dicha real en su vida.

Por encima de las necesidades que tengamos o de la buena fe que nos distinga, es mejor esperar con cabeza fría que confiar ‘a la topa tolondra’ en algunos sujetos.

Su actitud de tranquilidad, sin que por eso se quede quieto como una estatua, facilitará que sus problemas se resuelvan y por ende no caerá víctima de estas personas.

¡Ojalá que la vida no lo tome desabrigado y qué jamás lo piquen los avivatos!

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