Martes 03 de Julio de 2018 - 12:01 AM

Ver la vida con las gafas de la realidad

Debemos evitar ‘pelearnos’ con la realidad, sin que tengamos que resignarnos a padecerla. Aceptar las cosas es un primer paso que, bien entendido, puede hacer que nos transformemos para bien.

‘Escotoma’ es una palabra que tiene raíces griegas y que es interpretada como una especie de ‘tiniebla’.

La verdad es una enfermedad que tiene que ver con una zona de ceguera parcial o permanente, la cual suele aparecer de manera sorpresiva.

Este mal hace que los afectados, de manera literal, ‘solo vean lo que quieren ver’. Es como si la vista y la memoria los engañaran.

En nuestra cotidianidad a muchos deberían diagnosticarnos esta patología. Y no estoy hablando propiamente de un problema ocular, sino de esa manía que tenemos de ver todo lo que nos ocurre ‘a nuestro modo’.

¿Quiere algunos ejemplos?

Los anoréxicos se ven gordos cuando en realidad están flacos; los celosos ven situaciones comprometedoras de sus parejas que no son reales; y los inseguros se sienten oscuros en sitios en donde todo es claridad.

A todos suele pasarnos, en ciertos momentos, que nos inventamos los problemas.

Es como si quisiéramos visualizar un mundo aparte, basado más en los miedos y en la inseguridad.

Por otro lado, hay quienes pretenden disfrazar la realidad a su conveniencia. Vemos mujeres y hombres que, a pesar de saber que sus parejas les son infieles, se aferran a la frase aquella de que: “ojos que no ven, corazón que no siente”.

Muchos, con relativa frecuenta, no quieren asumir la verdad tal vez por miedo, porque no les gusta o porque se sienten mejor creyendo sus propias mentiras.

La realidad es como es. Así muchos pretendamos verla con otros ojos, ella no va a cambiar ‘solo porque sí’.

Hay cosas que no podemos pretender eludir. Me refiero, por citar solo unos ejemplos, a la partida de un ser querido, a una enfermedad, a una desilusión amorosa o tal vez a una frustración.

En cualquiera de estos casos es preciso aceptar el momento y enfrentarlo con la mayor dignidad posible.

Sin lugar a dudas es preciso que veamos lo que nos corresponde asumir. Hay que entender las cosas tal y como ellas son, sin maquillarlas ni mucho menos resignarnos a sufrirlas.

Debemos estar dispuestos a ver nuestro alrededor con nitidez. Ello implica estar comprometidos para entender lo que pasa, a pesar del miedo que eso nos pudiera ocasionar.

Es como hacernos responsables de nuestra propia vida, de los pensamientos, de los sentimientos, de las decisiones y de las acciones.

La vida llega con sus reales posibilidades: a veces vivimos experiencias agradables, otras no lo son tanto; hay amor, pero también desamor. Dicho de otra forma: tenemos derecho a sentirnos alegres o tristes, a tener valor y miedo y, en general, a entender que nuestra vida puede ser imperfecta y, al mismo tiempo, apostarle al equilibrio.

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