Martes 10 de Julio de 2018 - 12:01 AM

El orgullo, el padre de la arrogancia

Es probable que el orgullo lo haga sentirse ‘fuerte’, pero con él jamás será feliz.

Usted no es importante por su apellido, tampoco se le valora por la cantidad de cuentas bancarias que posea, ni por su belleza física. Nadie es ‘alguien’ o ‘deja de serlo’ porque desempeñe o no un determinado cargo en la empresa.

Cada quien, en el fondo, solo es lo que siembra y cosecha en el corazón de otros.

¿A qué viene el tema?

A que no debe dejarse dominar por el orgullo, pues él afecta sus pensamientos, su corazón y su cotidianidad.

Una persona orgullosa siempre es vista como alguien soberbia, jactanciosa, prepotente y altanera. Proyecta esas imágenes porque, en todo lo que hace, se cree superior a los demás.

Un orgulloso surge como consecuencia de la necesidad que tiene de alimentar o proteger un ego frágil.

¿Es usted así?

¡Tenga cuidado!

Ese desmedido orgullo le puede hacer pasar malos momentos.

Al ser engreído, nubla su mente y se acostumbra a ir ‘lanza en ristre’ contra todos.

Cuando se comporta de esta forma, usted es capaz de pasar por encima de los demás, sin prever el daño que genera.

¿Sabe cómo se ve cuando es orgulloso?

Como un ‘sobrador’, ese que se ve más alto que una jirafa, que refleja torpeza y que lo proyecta como un ser petulante y dañino.

En muchas ocasiones, usted convierte su orgullo en una coraza que, en el fondo, solo sirve para enmascarar un sentimiento de inferioridad e inseguridad.

Más allá de que sea susceptible, tenga presente que todos somos vulnerables, que podemos fallar y que incluso podríamos estar equivocados.

El orgullo no le deja reconocer sus errores ni enmendarlos, entre otras cosas, porque se hace manifiesta la falta de humildad.

¿Cómo superar esta fea forma de comportarse?

Un amigo me decía que un orgulloso debería darse varios recorridos por los cementerios para que se diera cuenta de que allí, en una de esas fosas lúgubres, terminará toda su irreverencia.

Yo recomiendo unas terapias menos tenebrosas. Hablo de no enfadarse tan fácilmente, de quitarse de la cabeza esa absurda idea de que siempre debe tener la razón y hasta de intentar burlarse de sí mismo para demostrarse que es superior a cualquier reclamo o burla.

Debo aclarar, eso sí, que no ser orgulloso no implica que pisoteen sus derechos. ¡La dignidad jamás puede perderse!

No obstante, deje que lo reconozcan como es: sencillo, libre de miedos y humilde.

¡Dios lo bendiga!

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