Martes 14 de Agosto de 2018 - 12:01 AM

Calidad de vida, calidad del alma

Cuando se alimenta el alma la persona se siente fuerte y es capaz de enfrentar los retos del ‘día a día’. Y hay algo mejor: puede disfrutar su vida al máximo.

En estos tiempos se habla mucho de calidad de vida y en ese sentido se sugieren requisitos para sentirse pleno.

Tales exigencias se aplican al hecho vivir en un ‘barrio bien’, tener carro, ostentar un buen cargo en una empresa, pasar ratos del denominado ‘ocio in’ y, en general, gozar de condiciones materiales.

Estoy de acuerdo con que hay que tener prosperidad; pero es evidente que ella no garantizará nuestra paz ni la salud, por citar solo dos ingredientes de ese tipo de calidad de vida.

Si bien todos esos beneficios de los que hablamos dependen de cada quien, es obvio que hemos olvidado que el alma debe nutrirse de otros ‘vitamínicos’.

Cada día que pasa descuidamos más los criterios morales y espirituales, nos alejamos de los sanos hábitos e incluso nos hemos apartado de Dios.

No estoy inventando nada nuevo. Es claro que la parte espiritual, sin esos fanatismos que acompañan a muchos, crea una actitud mental positiva que puede ayudar a que una persona se sienta mejor y eso garantiza parte de su bienestar. Por ende, alguien así irradia armonía.

¿Por qué? Porque la persona disminuye la ansiedad y aumenta la capacidad de disfrutar la vida de una manera sana.

No en vano la calidad de vida es un requisito en la mayoría de los ensayos clínicos de los nuevos medicamentos. Es más, muchos profesionales de la medicina, antes que recetar drogas, recomiendan terapias de relajación que muchas veces surten más efectos que los famosos genéricos.

Porque la vida espiritual también aumenta los grados de esperanza y de optimismo, aleja a la gente de los remordimientos y en general le hace experimentar una sensación de paz interior que, en muchos casos, es realmente reconfortante.

Quiero reiterar que no estoy en contra de una vida en abundancia. ¡Ni más faltaba! Sin embargo, sí es fundamental comprender que el alma no florece a punta de cuentas bancarias. Además, la familia, la amistad, la salud, los valores y un trabajo equilibrado siempre nos harán bien.

Tener momentos de silencio, orar, leer un buen libro, escuchar música, cantar, bailar, hacer el amor de verdad, contemplar el amanecer, meditar o el simple hecho de soñar con los ojos despiertos son estrategias más validas que dedicarse toda la vida a hacer plata.

Hablo de consentirse. Es bonito comprender que se puede ser totalmente uno mismo y no pretender ser nadie más.

Porque la contemplación de la belleza, la bondad, la música, la pintura, la reflexión y la virtud, además de ser gratuitas, nos dejan más dividendos que todo el oro del mundo.

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