Jueves 22 de Noviembre de 2018 - 12:01 AM

La tristeza suele embadurnarnos

La tristeza nos resta energía y si no la sabemos manejar termina complicando nuestra cotidianidad. ¡No nos dejemos llevar por ella!

¿Duele el alma? Algunos dicen que sí, otros simplemente hablan de ‘malos tiempos’.

Yo creo que sí duele... ¡Y mucho!

De hecho, está comprobado científicamente que tanto la salud mental como las propias emociones tienen su asiento en el sistema nervioso y que ellas se manifiestan de distinta manera en cada individuo.

Sea como sea, las ráfagas de tristeza suelen llegar a nuestras vidas de manera sorpresiva y alteran nuestra tranquilidad.

A mí me ha pasado. ¿Y a usted?

El tema es relativamente normal, salvo cuando se trata de un trastorno depresivo severo que, por obvias razones, requiere de tratamiento profesional.

La verdad es que ni usted ni yo podemos negar que en ciertos momentos de nuestra vida percibimos un inusitado abatimiento que nos deja ‘bajos de nota’.

Decidí abordar este tema porque la realidad que nos rodea, que está cargada de angustias, incertidumbres y preocupaciones, hace que el ‘dolor del alma’ esté superando el límite de las historias literarias y de la misma ficción.

En un país como el nuestro, que atraviesa por una crisis social y económica profunda y de grandes proporciones, las consultas por depresión se han disparado de manera considerable. Algunos sicólogos sostienen que hoy atienden más consultas de este tipo que por otros diagnósticos. Incluso en una fría estadística del Observatorio de Salud, se aclara que este año de diez personas que consultaron a un médico seis lo hicieron por lo que ellos denominarían ‘angustias del alma’; y algunos de esos reportes desencadenaron en pena moral.

Las estadísticas en este sentido son mayores si se tiene en cuenta que por lo general, las personas que enfrentan ese tipo de crisis pocas veces buscan ayudas por temor a que las tilden de ‘locas’ o que las vean como ‘débiles’. Esta misma sección de Espiritualidad recibe a diario cartas de lectores que desean encontrar en nuestras líneas algunos mensajes de aliento.

¡Debemos sacudirnos de tanta melancolía! No les estoy sugiriendo que tapen el sol con las manos o que desde hoy vayan por todos lados con sonrisas contagiosas desplegando un carisma que les resulta difícil expresar.

Solo quiero hacerles caer en cuenta de que debemos asumir la realidad y enfrentarla. Es decir, no podemos quedarnos abatidos, con los brazos cruzados o sentados en nuestras tediosas oficinas de trabajo esperando que el matiz de nuestra vida cambie solo porque sí.

Es errado permitir que el disgusto por la vida y esos estados profundos de soledad se apoderen de nosotros.

No insistamos en la quejadera ni en echarles la culpa a los demás de lo que nos pasa; tampoco usemos ese tipo de lenguaje lacónico que nos hace ver como víctimas.

Además de la fe, es clave que nos llenemos de valor y salgamos al ruedo a enfrentar la situación, más allá de lo difícil que ella sea.

Expulsemos todo eso que nos duele y abrámosle campo a la esperanza.

Nos corresponde llenarnos de autoconfianza, enfocarnos en la solución de los problemas y emprender el reto de superar las adversidades. Eso siempre será mejor que echarnos a morir o vivir tristes por todo.

¿No les parece?

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