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Lunes 03 de Julio de 2017 - 10:30 AM

A estas situaciones se enfrentan a diario los auxiliares de vuelo

Pasajeros encerrados en los baños, viajeros en estado de embriaguez o bajo efecto de las drogas, propuestas de matrimonio y hasta divorcios han tenido que presenciar los auxiliares de servicio a bordo, que nos contaron algunas historias.
A estas situaciones se enfrentan a diario los auxiliares de vuelo

A principios de los años treinta, cuando las compañías aéreas comenzaron a hacer los primeros viajes de pasajeros, era común que en el avión fuera algún joven ayudante, fornido y no demasiado alto, el ‘cabin boy’ o chico de cabina. Su trabajo consistía en atender al pasajero, cargar el equipaje, realizar pequeñas tareas de mantenimiento e incluso ayudar a pilotos y mecánicos a empujar el aeroplano desde el hangar hasta la pista.

Más tarde, Ellen Church, una joven enfermera estadounidense, consiguió que las aerolíneas contrataran mujeres para encargarse de los pasajeros durante el vuelo. Al principio todas eran enfermeras, solteras, menores de 25 años y con una estatura no superior a un metro sesenta, ya que la altura de la cabina no permitía más.  Luego, la enfermería  no fue requisito y el título de azafata empezó en sí mismo a ser considerado una profesión, tanto para hombres como para mujeres.

Actualmente son llamados  Auxiliares de Servicio a Bordo (ASA), Tripulantes de Cabina de Pasajeros (TCP) o Sobrecargos y tienen como función la recepción, organización, atención y seguridad del grupo de pasajeros que integran un viaje en avión. Además, tienen que estar preparados para  sortear cualquier emergencia de la mejor manera.

- “No solo llevamos tintos, como dicen algunos.  Hay muchos vuelos tranquilos, en los que solo debemos velar por llevar a cabo los procedimientos y realizar el servicio, otros en los que hay situaciones graciosas o anécdotas divertidas  y también hay momentos en los que el pánico es terrible y es nuestro deber mantener la calma y transmitirla a los pasajeros. Para nosotros el servicio que prestamos en el avión es totalmente secundario, la función para la que nos entrenan y nos dan licencia es para la seguridad en el avión”, explica Soraya Tarazona, quien lleva más de 20 años como TCP de la aerolínea Copa Airlines.

Tras el rostro siempre feliz y sonriente con el que deben recibir a los pasajeros en cada vuelo, muchas veces se esconde el cansancio de jornadas laborales de hasta 12 horas, la tristeza de estar lejos de casa, la dificultad para conseguir pareja y la soledad de ir de hotel en hotel.  Pero también, muchas historias que ocurren a más de 10 mil metros de altura.

La palabra del miedo

- “¡Bomba! ¡Hay una bomba!”, gritó el pasajero de la silla D12.

Entonces el pánico se apoderó del avión. Los más nerviosos se pararon de sus asientos y empezaron a correr de un lado a otro, algunos gritaban “¡auxilio!” y los más calmados solo esperaron en sus puestos con expresión confundida.

El vuelo era corto. Más o menos una hora y media desde Bogotá.  Hacía más o menos 45 minutos que todos habían ingresado al Airbus 320 y el viaje parecía marchar normalmente.

- “Otro vuelo aburrido”, le había dicho uno de los sobrecargo a María*,  quien era la jefe de cabina en ese vuelo.

- “Normal, un vuelo normal. Así deben ser todos”, le respondió ella. Según María*, de 35 años de edad y 15 de experiencia como ASA, los nuevos auxiliares suelen aburrirse cuando no pasa nada fuera de lo común en los vuelos, pero luego se acostumbran a que no todos los días hay pasajeros locos, propuestas de matrimonio o turbulencias.

- “Para esta tripulación es un placer tenerlos a bordo, por ello les damos la más cordial bienvenida al vuelo 503 con destino al Aeropuerto Internacional Reina Beatrix de la ciudad de Aruba…Su vuelo está bajo el mando del piloto capitán… y el copiloto, primer oficial…Los celulares y aparatos electrónicos deben permanecer apagados durante el despegue… Que disfruten su vuelo”.

Después de la bienvenida y las instrucciones de seguridad, la jefe de cabina había ojeado uno a uno a cada pasajero y nada le había parecido sospechoso. Solía hacer eso siempre, pues tenía ‘ojo clínico’ para los viajeros complicados. Pero esta vez el don le falló, pues el joven que acababa de gritar “la palabra del terror” parecía drogado y eso en sí ya era un problema.

Ahora solo quedaba seguir el procedimiento paso a paso.  En orden: dar aviso al capitán, revisar los compartimientos, calmar a los pasajeros y pedir a cada uno que se apropiara de su maleta de mano para descartar que sobrara algún paquete.

“Pero eso no es así tan fácil como suena. Las personas escuchan ‘bomba’ en un avión y es terrible. Se desesperan y lloran o se ponen agresivos porque creen que uno tiene la culpa y en realidad uno también está asustado. No somos de piedra, pero tenemos que aparentarlo al menos. ¿Si no estamos tranquilos nosotros cómo les pedimos a los demás que lo estén?”.

Mientras el resto del equipo revisaba el avión y contaba equipaje, a María* le tocó la parte más difícil. Se desplazó hasta el asiento D12 e intentó hablar con el joven que había alertado sobre la bomba. Durante los primeros minutos el pasajero no dijo nada parecía en trance, muy drogado. Estuvo varios minutos en silencio y luego como si nada dijo que era una broma, que solo quería ver cómo reaccionaban todos y que había sido muy gracioso.

“A veces a uno le provoca matar a algunos pasajeros. Ese día por ejemplo. Con lo complicado que es tranquilizar a más de 100 personas en un vuelo, como para que venga un payaso de esos a hacer chistecitos”, recuerda María.

Amores perros

- “El señor de la 1A no deja de mirarme y picarme el ojo, y está con la esposa”, le comentó Sandra* a su jefe de cabina, la también azafata Claudia*.

Ella le respondió que se hiciera la loca y no lo mirara. El viaje era largo. De Canadá a Panamá directo, es decir casi seis horas de vuelo. Luego de servir el almuerzo, cerca de las 12:30 p.m., la mayoría de los pasajeros dormía la siesta y el resto leía o veía alguna serie o película en las pantallas de los asientos.  

Pero el cuarentón de la primera silla estaba dedicado a coquetear, no solo a las tripulantes sino a las dos jóvenes que estaban dos puestos más atrás. La esposa, a su lado, se hacía la dormida y de vez en cuando abría los ojos sin que el marido se diera cuenta.

De un momento a otro, en medio de una turbulencia, ella se paró y empezó a gritar:

- “Ojalá se caiga el avión para ver si así deja de ser tan perro. Cuando pisemos tierra ni crea que me vuelve a ver, porque me voy de la casa. Ya me cansé”.

Silencio total. Todas las personas  miraban a la esposa y luego al esposo. Y así por varios segundos. De pronto en las sillas de atrás alguien comenzó a aplaudir, los del medio también y luego todos se unieron en un solo aplauso. Hasta las azafatas.

Fantasía en el aire

“Hay una cosa que es recurrente en los vuelos y es la fascinación que sienten las personas por tener relaciones sexuales en el aire. Es como una fantasía que la industria del cine ha vendido y es lo que más pasa, sobre todo en viajes largos y por la noche”, cuenta una TCP mientras recuerda dos episodios durante un mismo viaje:

- “Señorita, creo que los de en frente está metidos en el baño. Se fue primero el chico y luego la señorita y nada que regresan.Ya llevan como 10 minutos”, le dijo un señor de más o menos 70 años.

- “Oiga, los de atrás llevan haciendo ruidos y movimientos extraños hace rato, dígales que respeten, que aquí hay niños”, se quejó otra señora con la jefe de cabina.

Después de tocar dos veces la puerta del baño sin recibir respuesta, la azafata dijo:“Les doy un minuto para que salgan y vuelvan a sus sillas. O me veré en la obligación de llamarlos por el altavoz”.

La puerta se abrió tímidamente y sin levantar la cabeza salieron los dos jóvenes sin decir una palabra. Mientras a los de las caricias en los asientos se les ponía la cara roja de la pena después de ser reprendidos en voz alta por la jefe de la tripulación.

Lo más difícil

Para José Antonio González Torres, secretario de la Asociación Colombiana de Auxiliares de Vuelo  Acav , a pesar del riesgo y el trabajo social que implica ser un sobrecargo, en Colombia es una profesión subvalorada. Primero, porque muchas veces son vistos como empleados domésticos y no como miembros encargados de la seguridad y bienestar del pasajero. Y segundo,  porque a diferencia de lo que muchos piensan el trabajo no está tan bien remunerado como debería.

Según los Reglamentos Aeronáuticos de Colombia (RAC) las horas máximas de vuelo para un TCP al mes son 90; sin embargo, según Gonzáles Torres, los tripulantes de cabina trabajan muchos más que eso y algunas empresas no les reconocen horas extras ni recargos y, a excepción de los que trabajan internacionalmente, el salario no pasa de  $1.500.000.

Sumado a eso, lo más duro de la profesión, como señala Soraya Tarazona, es la dificultad para crear una familia. “Es muy difícil que una pareja aguante que tú estés lejos varios días a la semana. Y cuando lo logras, es terrible perderte fechas especiales y momentos importantes de la vida de tus hijos. Pero ese es el precio de hacer lo que amas y al mismo tiempo tratar de tener una vida normal”. 

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