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Martes 14 de Noviembre de 2017 - 11:38 AM

Murió en Bucaramanga el mayor coleccionista de acetatos de Latinoamérica

Carlos Pinto falleció en Bucaramanga. Vanguardia.com recuerda una crónica que revela el perfil de un amante de la música y de Gardel.
Archivo/ VANGUARDIA LIBERAL
Murió en Bucaramanga el mayor coleccionista de acetatos de Latinoamérica
(Foto: Archivo/ VANGUARDIA LIBERAL)

Alrededor del continente los amantes de la música popular reconocían en Carlos Pinto al mayor  coleccionista de acetatos de Latinoamérica. Sin embargo, hay una parte de su vida que se reservó a lo largo de los años.  Vanguardia Liberal presenta esta crónica publicada el 14 de octubre de 2017. Paz en su tumba:

La historia no contada de un amante de Gardel

Por el pasillo de la casa, Carlos Gardel y Libertad Lamarque, Pedro Infante y el Trío Matamoros se levantan en sus cuadros vigilantes del fanático atemporal y visitante de la discoteca de Carlos  Pinto.

Unas escaleras lo conducen al sótano y algunos segundos después, con el propósito de generar expectativa, don Carlos abre a la vista un espacio tan propio –o quizá más suyo- como La Esquinita.

Ante el espectador se abre una colección perfectamente ordenada de más de 11 mil discos de 78 revoluciones por minuto, la misma cantidad de L.P., 2 mil discos de 45 rpm y 500 canciones del formato de 10 pulgadas.

La discoteca privada de Carlos Pinto es un templo de la música popular de sur y centro América.

Allí están la primera grabación con la RCA Víctor –de Estados Unidos- del himno  nacional; el único acetato que existe en el mundo de la canción Trapiche y el único vinilo donde se registra el falsete más largo de la música popular –casi un minuto y medio- en la canción La Malagueña.

Un reloj de Gardel y una ampliación de su testamento reposan en el sótano, iluminado y acondicionado con reproductores de 8 rpm, trompetas, bafles, micrófonos y siete de los ocho gramófonos que posee.

Estas adquisiciones, que lo convierten en el coleccionista musical más importante de Latinoamérica, son conocidas por medio de las más de 20 entrevistas que ha concedido. Pero hay una historia no contada de Carlos Pinto. La que define sus comienzos, la que está callada en medio del despegue que tuvo su vida cuando empezó a vender telas y el salario le permitió adquirir discos, viajar por el continente y adorar la fiesta brava, ocasionalmente al lado de personajes como Virginia Vallejo.

Mucho antes de todo esto, don Carlos era un aventurero sin dinero de la vida, presa del abandono, pero también, libre, cuando no le importaba nada.

Cinco centavitos

La primera vez que don Carlos vio a Olimpo Cárdenas –de refilón, claro- fue en Ibagué, por los años cincuenta. Trabajaba como embolador de zapatos y con apenas 13 años, ya había dado vueltas por Colombia.

Su travesía empezó desde muy niño, cuando su mamá, María Dolores Buenahora, era maestra de escuela. “Mi papá y mi mamá se separaron y yo me quedé viviendo con mi mamá. Recuerdo las veredas a las que íbamos: La loma, por La Paz; El Pedregal, en el Páramo; El Alto, en Cimacota; el Macanillo, entre Mogotes y San Gil”.

Don Carlos cuenta esta historia en La Esquinita, en el Mesón de los Búcaros. A las tres de la tarde, el sol que pega contra los ventanales le da al ambiente un toque sacro, con visos violetas y azules, dejando en la penumbra el cuadro inmenso que pintó su hermano de Carlos Gardel.
La canción que más recuerda don Carlos de aquella época es el pasodoble Corazón de bandido.

“Pero no deja de haber un pero en la vida y un muchacho se enamoró de mi mamá. Durante un fin de año, vinimos a Bucaramanga y mi papá le pidió que me dejara estudiando aquí, porque no  estaba bien que me criara en el campo. Ella, con el asunto sentimental que tenía, decidió dejarme con él.

Ahora yo pienso que pude haber comprendido todo, porque para mí fue mortal”.

La casa de sus abuelos, donde vivía su papá, le era desconocida y, a lo largo de los años, con su poca afición por los estudios –lo expulsaron del Virrey Solís y tuvo que viajar al colegio Guanentá de San Gil, donde corrió la misma suerte- y su picardía característica, consiguió que su vida austera tomara un rumbo inesperado. Por aquel entonces escuchaba a Lucho Bermúdez con Caprichito y a Leo Marini.

“Una vez (en el año 1949), de puro aburrido, me fui donde Magola, una prima de mi mamá Eva –la abuela-, y le pedí prestados 200 pesos para el mercado. Ella accedió, pero me mandó con la muchacha del servicio. A ella la engañé para que se fuera y yo alquilé en el Parque de los Niños una bicicleta, con la intención de irme para Bogotá a buscar a mi mamá, pero en Pescadero me agarró la Policía y me mandaron un año al reformatorio de Piedecuesta”.

Don Carlos habla pausado y algunas veces tose con ahínco. Cuando salió de la correccional, no quiso regresar a su casa. Vagó por Bucaramanga hasta que su abuela lo encontró y su papá tomó la determinación de trasladarse a la capital.

“Un hermano de él trabajaba en la Procuraduría General de la Nación, era el abogado Alfonso Pinto Ramírez. Eran gente importante, yo era el dedo malo. Un día en Bogotá, mi papá dijo: yo no me lo aguanto más a usted, así que me echó dos camisas y dos pantalones y me mandó en el tren de Bogotá. Me dijo: váyase a buscar a su mamá”.

María Dolores Buenahora vivía en Barbosa. Corría el año de 1950 y 13 en la vida de Carlos Pinto. Se aparcó solo, llorando, en la estación de Barbosa. No encontró a su mamá. Le sugirieron que preguntara por ella en Cite –donde una familia lo acogió una noche- y luego, de regreso en Barbosa, supo la verdad de la extraña ausencia de su mamá.

“Mi mamá tenía prohibido, si me presentaba yo o mi hermano mayor quien vivía con mi papá, que nos dijeran donde estaba. Fue tanta la tristeza que yo no insistí y me devolví para Bucaramanga”.

Para obtener dinero para el pasaje y la comida, recogía maletas en la estación del tren.

“Cogí una caja de embolar y me puse a lustrar zapatos al frente del teatro Libertador. Pero en Bucaramanga no tenía nada que hacer y me devolví para Bogotá.

Allá fui gamín cuatro o cinco meses, con otros muchachos, arropándome por la noche con los carteles que colgaban en las paredes”.

Finalizado el año 1952, el alcalde Manuel Briceño Suárez, ordenó que los habitantes de calle fueran enviados a la Escuela Integral donde eran supervisados por oficiales del Ejército. Don Carlos, con su viveza, consiguió que lo ubicaran como alférez en el cruce de la Avenida Caracas con Jiménez, apostado sobre un cajón alto. “El 13 de junio del año 1953, cuando subió –a la presidencia de la República el general Rojas Pinilla, se acabaron las Escuelas Integrales y yo, otra vez a la calle”.

Durante algún tiempo, vivió en la casa de unos primos en el barrio Samper Mendoza, trabajó sin paga trayendo legumbres de La Dorada y permaneció un año en el Centro de Observación de los Padres Franciscanos. Repartió leche a las cuatro de la mañana, trabajó vendiendo capas –un pescado- en un restaurante, lustró zapatos y fue culebrero.

“Un día un amigo me dijo, vámonos para Ibagué y como yo no tenía nada y estaba acostumbrado a la calle, me fui. Allá embolé zapatos y vi por primera vez a Olimpo Cárdenas”.

Con su trabajo como lustrador, viajó por el Eje Cafetero y fue a parar a Medellín, donde, en 1955, un camión lo recogió. Era el Ejército que se lo llevaba para alistarse en el servicio.

Por una mujer

A las cinco de la tarde llega juicioso uno de los meseros de La Esquinita. Corre porque afuera esperan los hombres de una compañía de gaseosas, que traen un enfriador para el local. Don Carlos ayuda a su empleado y no le quita la vista de encima hasta que la operación termina. Se sienta, entre prisas disimuladas, acomoda sus gafas y habla.

“Los bandoleros en ese tiempo eran políticos y se mataban unos con otros. Tenían bandas llamadas Chispas, Desquite, El Mosco. Yo combatí a uno que le decían El capitán Colombia. A los cinco meses, del Instituto Agustín Codazzi, me seleccionaron para levantar el mapa de Colombia. En 1956 me enviaron a la Costa como ‘guarda luces’ –que eran soldados con lámparas que iluminaban los cerros a los ingenieros-.

Me comunicaba por alfabeto Morse. Me lo sabía perfectamente pero ya se me olvidó”.

Fundación, Magangué, el Banco y la  Sierra Nevada. La memoria de Don Carlos es tan fiel, que recuerda que, de puro milagro, se salvó de ser atrapado por un rayo en mitad de una tormenta eléctrica, subido en un cerro a 4 mil metros de altura.

Tantas memorias le secan la garganta. Saca de su bolsillo un par de súper cocos, los masca entre sílabas y continúa.

“Me iba bien en el Ejército cuando de repente vino el 10 de mayo: la caída de  Rojas Pinilla. Ese día fue la revolución total. Y de regreso, yo para la calle, a la caja de embolar. Me fui para Cali. Allá vivía con una novia en el Barrio Las Camelias.

El día que me echó y con la tusa que tenía, me fui a beber. A la rocola le ponía monedas para que me tocara Corazón prisionero y Sabor de engaño. De pronto llegó otro embolador costeño y nos enfrentamos por esa mujer. Me dio dos puñaladas y me dejó mal herido. En la Policlínica, yo le pedía a las enfermeras que me dejaran morir y eso parecía. Hasta los médicos se sorprendieron de que sobreviviera.

“Cuando me dieron de alta, fui a buscar a un amigo que se llamaba Tintán. Con él, para la época de Navidad, me fui para Cali. Allá llegamos a una pensión llamada México al frente de la Galería Central.

Trabajaba en el Parque Caicedo atendiendo a los clientes del Café Cordobés. Con el tiempo, me hice amigo del dueño y me contrataron como cajero. Yo no sabía nada, pero me las arreglé. Cuando me echaron de allí, me fui a trabajar de mesero al café de enfrente.

Pero bebía mucho y yo no quería esa vida, entonces cogí camino nuevamente a Medellín”.

Alberto Ríos, le prestó mil pesos para que cambiara su oficio de lustra botas por lotero. Abandonó la ciudad, volvió a la capital y allí, el encuentro con su padre, le dio un vuelco de 180 grados.

Su papá lo ubicó como notario. Con algún dinero regresó a Bucaramanga y encontró trabajo como vendedor de telas de Distribuidora del Sur y el resto, es historia conocida.

Juicioso trabajó 30 años como vendedor. Y, con esfuerzo y algo de suerte, recopiló los discos que hoy son su orgullo. Y viajó y vio toros y entrevistó personajes de la talla de Oscar de León. A comienzos de los 60, hizo parte del trío que fundó la ‘Esquinita’, junto a dos paisas: Gonzalo Velásquez y William Wolf.

En 1977, Luis Eduardo Yepes, quien por razones comerciales había adquirido los derechos de la discotienda, decidió vendérselo. Con el tiempo, volvió a ver a su mamá. Y, también con el pasar de los años, dejó de coleccionar discos.

Las más de Pinto

* La joya: El Trapiche, canción colombiana, interpretada por el Trío Matamoros de Cuba. Para adquirir este vinilo, en Envigado, Medellín, se apareció Gustavo Arteaga, uno de los más importantes coleccionistas de música popular. Este hombre quedó encantado con el disco Adiós mi vida, propiedad de don Carlos. Le pidió que lo cambiaran por algún disco de interés de don Carlos. “Y yo por molestar le dije, si tuviera El Trapiche, del Trío Matamoros, hasta de pronto lo cambiamos. Y preciso, lo tenía”.

* La más rara: El bolero Sin un Amor de los Panchos, cantado por Cora Santa Cruz. El último: El original de La Tapera, interpretado por Donaldo Donato y su orquesta.

* La del siglo: El bolero del Trío los Tres, Llamándote, cantado con las hermanas cubanas Ocasio. Es el bolero del siglo. La favorita: La que más recuerdos le trae es Cenizas, de Toña la Negra.

* La más costosa: Chiruza, de Carlos Dante, el cual fue interpretado con guitarras en 1927, bajo el viejo sello de Electra. Le costó 250 dólares.

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