
Examinando unas crónicas escritas por Claude Edelmann en su obra Lecturas Pour Tous, se refiere a la Isla de Santa Elena -donde estuvo cautivo y murió Napoleón I (1815-1821)-, y afirma que hasta el siglo XVI constituía un paraíso por su verdor y fertilidad. Cuando los portugueses desembarcaron allí, encontraron que esta riqueza podía ser muy bien explotada como pasto. En 1513, llevaron sus cabras a la isla y éstas se pusieron a devorar todos los brotes de arbustos. La isla perdió su cubierta de bosques, y el viento y la lluvia se encargaron de desnudar el suelo. La conclusión es sencilla: el responsable de los traumatismos climáticos es el hombre y no la naturaleza.Los Estados Unidos producen más del 30% de la contaminación del planeta, con sus malsanas fábricas y sus desechos industriales. En Europa, países como Francia, Alemania, Rusia, etc., no tienen ningún pudor en buscar a sociedades deprimidas para depositar en sus tierras basura nuclear. La organización ecológica Greenpeace, hace un tiempo denunció que Rusia había tirado al Mar Báltico corazones de reactores atómicos sin desactivar. Y se sorprenden porque el clima los golpea con heladas asfixiantes y calores abrasadores,Al otro lado del charco, estamos los que significamos poco en el contexto de la economía Mundial, que aún poseemos algunas parcelas de bosques y de selva húmeda tropical que nos permiten respirar. Como no tenemos industria, tenemos otras pestes: la pobreza y el narcotráfico. La primera cada vez más acentuada por el desbalance social, y la otra, alimentada por los viciosos que disfrutan las economías de punta. Sus sucios dólares contribuyen a que como ocurrió en la Isla de santa Elena, el viento y la lluvia conviertan nuestros suelos, en desiertos. Un proyecto para enfrentarlos podía ser que los gobiernos de América Latina lideraran la primera multinacional ecológica, para venderles oxigeno puro a precios industriales, a todos esos bárbaros que nos han deteriorado el ambiente.