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Homenaje en Oiba | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2008-11-01 05:00:00

Homenaje en Oiba

Tomás Vargas Osorio “es uno de los más bellos espíritus que hayan visto la luz en la tierra santandereana”, escribió Jaime Ardila Casamitjama.
Homenaje en Oiba

La Academia de Historia se hizo presente en  homenaje que Oiba le brindó para conmemorar el primer centenario de su nacimiento.  El Alcalde Carlos M. Durán Rangel, las directoras de colegios, el pueblo oibano estuvieron presentes en el acto. Intervine para exaltar la vida y obra del gran letrado, a quien conocí en Bogotá; había sufrido la amputación quirúrgica de una pierna, para cortar dolencia que lo llevó a la tumba, cuando ostentaba 33 años. Escritor, poeta, político brillante, pero básicamente periodista, sirvió en El Tiempo, El Espectador y Vanguardia Liberal, que dirigió.

Jaime Mejía Duque estudió su obra poética, referida “al tiempo, la muerte, la soledad”. Lo seducen sus versos:”Recluido en mis altas soledades/ inexpugnable torre y muro fiero/ pulo mi vida en frías claridades/ vecino de la roca y el lucero”. Y por su poema “De regreso de la muerte”, que escribió al salir de la clínica: “Viajero: ¿ de dónde vienes, que así sonríes callado?/ ¿Qué canción escucharon tus oídos,/ qué fruto gustaron tus labios?/ Vengo de la comarca de la Muerte/ donde el rostro de Dios iluminado/ se reflejó en mi corazón suspenso,/por yelo y fuego suyos rescatado”.

Fue paisajista de las letras; reproduzco de “Infancia” la descripción de su aldea: “…El pueblo estaba situado en un pequeño valle, por el cual,  diáfano y alegre, copiando nubes y sombras de árboles, corría el río saltando entre piedras blancas como carneros.  El cielo era siempre azul profundo, barrido por brisas frescas y dulces.  Las casas, de un piso, se apretaban apoyándose  unas en otras.  No había luz eléctrica. De noche unas lámparas de petróleo iluminaban débilmente la plaza y el atrio de la iglesia.  Todo esto lo recuerdo vagamente. ¡Han pasado tantos años!...Yo no era muchacho triste.  

Al contrario, era de los muchachos mejor dispuestos del pueblo.  Mi cara siempre limpia, mi cuello marinero me hicieron el jefe de la tropilla que se dedicaba a asaltar los solares, a pescar en el río y a cazar perdices en los rastrojales…”

“Una noche llegó de visita el señor Cura.  Estuvo conversando largamente con mi madre  y al despedirse me dio con sus manos gordezuelas y frías, una palmadita en la mejilla…”

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