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“Me mato por estúpido” | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2008-11-15 05:00:00

“Me mato por estúpido”

“La ambición está más descontenta de lo que no tiene, que satisfecha de lo que tiene”, dijo François de Salignac de La Mothe, más conocido como François Fénelon, prelado y erudito francés que vivió por los años 1700, cuando aún no se habían descubierto los poderes mágicos de las pirámides que hoy azotan por igual a pobres y ricos, a liberales y godos, en esta desesperanzada patria uribista.
“Me mato por estúpido”

“Me mato por estúpido”, fue la frase que dejó un campesino en Santander de Quilichao, Cauca, luego de vender su casa, que era toda su riqueza, para invertirla en una de las pirámides que le ofrecía muy alta rentabilidad por consignar allí su dinero. Este campesino, como lo dice Fénelon, no apreció lo que tenía, lo que había conseguido con el esfuerzo de toda su vida y se dejó tentar por la ambición de duplicar rápidamente su dinero, para terminar como terminó, con un tiro entre ceja y ceja, por estúpido.

La cultura del dinero fácil, que tan profundamente se incrustó en la mente de los colombianos, fue el caldo de cultivo ideal para que muchos ingenuos se dejaran tentar por la ambición y perdieran de vista la importancia de lo conseguido con su trabajo, con su esfuerzo. Este problema cultural no es nuevo.

Hace poco tiempo, aunque en una escala menor, porque los hombres no le caminaron a la vaina, muchas mujeres vieron cómo, con unas tetas más grandes y firmes podían ganarse el paraíso, y procedieron a vender lo que podían para hacérselas crecer, y así volverse deseables para narcos, alcaldes y gerentes de empresas.

Casos similares de cómo hacer para ganar mucho y rápido, se ven todos los días. Lo curioso del asunto, sobre lo que nadie dice nada, es que los canales de televisión que ganan millones y millones con las series que han generado esta cultura, son los mismos que hoy se aterran y escandalizan a todos porque la gente es tan estúpida de arriesgar su platica en una pirámide.

La ceguera de no encontrar satisfacción con lo que se tiene provoca hechos tan tristes como los que están ocurriendo con las pirámides, pero la más grande estupidez está en no darnos cuenta de quiénes son los causantes primeros de estas desgracias y, peor aún, hacerles el juego. Para ser felices basta mirar unos ojos o besar unos labios, pero esos ojos no son los de Jorge Isaacs, y nada que ver con los labios de Policarpa Salavarrieta.

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