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La niña guerrillera que no lo fue | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2008-07-20 00:09:58

La niña guerrillera que no lo fue

Tiene 14 años, pero cuando fue reclutada por el ELN tenía 13 y estaba en quinto de primaria. Vivía con su mamá, su padrastro y dos hermanos más en zona rural de Santa Rosa del Sur, Bolívar, uno de los nueve municipios de este departamento en el Magdalena Medio y vía de entrada a una extensa zona minera en la serranía de San Lucas, codiciado trofeo del ELN hasta los años 90.
La niña guerrillera que no lo fue

Esa misma región se convirtió en una obsesión para Carlos Castaño, ex jefe de los grupos paramilitares, quien muchas veces afirmó: “No descansaré hasta colocar una hamaca en la serranía de San Lucas” y la convirtió en un campo de muerte.

Hoy, miembros de las Farc y el ELN, paramilitares, las llamadas “Águilas Negras” y también los carteles de la droga, libran una lucha permanente con el Ejército Nacional, desde que el 25 de marzo de 2006 entró a las minas de oro.

Esa fecha la recuerdan muchos con exactitud en Santa Rosa del Sur.

“La guerrilla ahora actúa de civil. Es su estrategia ante la presencia militar”, afirma un habitante de la región.

Allí creció Luciana*. Pero su historia con la guerrilla realmente comenzó el día que un grupo de guerrilleros del ELN llegó a su casa y ella se atrevió a contarle a una guerrillera que estaba cansada con la insistencia de su padrastro en querer tocarla.

“Yo tenía ganas de alejarme de mi padrastro porque me cogía mis partes íntimas. Y eso se lo conté a una guerrillera de 27 años”, dice.

“Vámonos, piénselo y dentro de 15 días volvemos”, fue la invitación de la mujer.

Luciana ya conocía al grupo armado. Algunos de sus amigos, jóvenes todos, trabajaban como informantes y era común que la guerrilla llegara a las fincas de la extensa zona rural de Santa Rosa del Sur. También sabía que muchos en la región se habían internado en la serranía de San Lucas como una opción de supervivencia.

“Somos potenciales (víctimas de reclutamiento). Como hay tanta ilegalidad en la zona, los campesinos somos fáciles de convencer. Y a eso se une que los niños y las niñas creen que es la solución de venganza contra el grupo contrario”, afirma José Melecio Cendales, alcalde de este municipio con más de 36 mil habitantes.

Para Santiago Camargo, coordinador del Observatorio de Paz del Magdalena Medio, el panorama en Santa Rosa del Sur está asociado al cultivo de coca. “En ese circuito económico de la zona los niños cumplen un papel importante porque son utilizados desde la siembra. Y la posibilidad de reclutamiento es alta.

Además, trabajar en la coca es el anzuelo a la parte militar de estos grupos”, afirma.

La partida

 Para llegar a Santa Rosa del Sur por el río Magdalena hay que desplazarse hasta un punto llamado El Cerro, donde taxis y buses trasportan a los que van y vienen hasta Simití, Santa Rosa del Sur y otros municipios del sur de Bolívar.

Pero no todos los niños de la región conocen las cabeceras municipales. “Es cierto. Faltan vías y los guerrilleros les dicen que más allá… es más bonito”, afirma el alcalde de Santa Rosa del Sur, quien obtuvo el mayor número de votos en todo el Magdalena Medio en las elecciones pasadas.

Luciana sí lo conocía, pero eso poco importó para decidir ingresar a la guerrilla.
Pasaron los 15 días anunciados y como si se tratara de una cita, durante una reunión en la que estaba Luciana, se le acercaron y fueron directos.
“¿Sí pensó? En ocho días la recogen”.

“Ese día mi padrastro y mi mamá se fueron para Santa Rosa y dos guerrilleros llegaron a buscarme. Ellos me llamaron…”
- ¿Muchachita?
- ¿Si?
- Usted es la que se va con nosotros.

Fue una afirmación. Luciana preparó su maleta con la ayuda de una amiga que ya trabajaba como informante del grupo armado.
“Ese día estuve en la quebrada pero no me bañé. Una señora me estaba cuidando y cuando pude empecé a correr por un potrero para escaparme. Más adelante me estaban esperando”.

Pero huir no sería tan fácil.

“En ese momento mi mamá llamó por teléfono y alcanzaron a avisarme”. Entonces Luciana le dijo que se iba, que tal vez no volvería, que ella sabía porqué.
Lo que siguió sucedió muy rápido. La comunidad se enteró. Primero la llamó su profesora para cuestionarla y luego el presidente de la Junta de Acción Comunal de la vereda quiso mandarla al ICBF para que estuviera bajo protección.

Los guerrilleros volvieron a buscarla. Estaban de civil. Incluso el presidente de la JAC se enfrentó a ellos y les dijo que la niña no se iba.

La respuesta fue contundente. “No, esto es una orden de mando. Ustedes aquí no mandan sino nosotros, que ella decida”.
“Yo me voy”, dijo Luciana sin pensarlo.

No denuncian

Eran las seis de la tarde cuando los dos guerrilleros y la joven llegaron a una casa y empezaron a caminar, “ahí pa´riba, pa´la loma”. A las dos horas ya estaban en el campamento y todos dormían.
“No se preocupe que usted se amaña”, fue lo que dijeron sus carceleros.

Mario Alonso Soler, Personero de Santa Rosa del Sur, afirma que el reclutamiento de menores  en la zona es constante, pero las familias afectadas no denuncian por miedo a que maten a sus hijos.

“Las personas comentan: ‘Me están mirando a mi hijo’. Cuando se atreven a denunciar, lo hacen para evitar que el Ejército mande a la cárcel a sus hijos si son capturados”, explica.

El último caso denunciado ocurrió en noviembre de 2007, donde según información de la comunidad del corregimiento de Arrayanes de este municipio, el ELN reclutó a cuatro jóvenes, 3 hombres de 16, 15 y 14 a una menor de 13 años. Así lo registra el más reciente informe de Derechos Humanos y Derecho
Internacional Humanitario de la Región Nororiental de Colombia, elaborado por el Observatorio Nororiental de Desarrollo y Derechos Humanos y la Corporación Compromiso.

Según el Personero municipal, el acoso a los menores inicia entre los 9 y 12 años. “Desde esa edad ya los están apeteciendo. En esas edades les sirven como informantes”.

Pero las denuncias también son pocas porque en la zona es habitual que la misma comunidad se una para reclamarle a un grupo armado por situaciones como la de Luciana.

“Se arman comisiones. Se organizan carros donde van mujeres, niños, ancianos. Todos. Hace poco fue así como se le quitó a uno de los grupos armados, un comerciante secuestrado”, afirma un habitante de Santa Rosa del Sur.

“La gente se une. Ellos mismos resuelven los problemas. Se limitan a hablar”, explica el Personero.

Ser o no ser

El primer día como guerrillera, Luciana se levantó a las cinco de la mañana.

“Eso había mucha guerrilla y me encontré con dos amigas. Estaba contenta. Solo pensaba en mí”, dice.

Pero a las seis de la mañana su mamá se arriesgó a llegar al lugar con cuatro familiares más, entre ellos el padrastro.   

“Vámonos que de alguna manera solucionamos”, decía la mamá. Y el padrastro: “…todos tenemos errores”.

Según el testimonio de Luciana, la guerrilla no intervino en la discusión. Le preguntaron si quería irse y dejaron en claro una de sus políticas: “Antes de dos o tres meses ella se puede ir, luego ya no”, afirma la menor. Incluso propusieron que si regresaba, podía trabajar a distancia, como informante.

Luciana se sostuvo en su decisión y su mamá no tuvo más remedio que despedirse.

“Yo lloraba, pero me quedé”, cuenta la menor.

Según un informe publicado en 2003 por la ONG Human Rights Watch, llamado “Aprenderás a no llorar: Niños combatientes en Colombia”, el reglamento oficial de las FARC del año 1999 señala que se puede ingresar a la guerrilla voluntaria y concientemente entre los 15 y los 30 años. El ELN en su “Código de Guerra” estipula que un recluta debe cumplir como mínimo los 16 años para ser admitido, y las AUC se comprometen en el  artículo 9 de su “Estatuto de Formación” a que la edad de todos sus integrantes debería superar los 18 años de edad.  

Aparentemente, estas reglas se formularon en conformidad con las Convenciones de Ginebra de 1949 y la Convención sobre los Derechos del Niño que prohíben usar a menores de 15 años en la guerra. Sin embargo, el Protocolo Facultativo de la Convención subió este límite a los 18 años.

Es evidente que en el caso de Luciana estos lineamientos ni siquiera fueron tenidos en cuenta, y mucho menos cuando su aparente reclutamiento ‘voluntario’ quedó sujeto a un tiempo determinado.

Pero eso no parecía importarle a Luciana.

Mientras el tiempo avanzaba, el grupo de guerrilleros iba en dirección a las minas de oro, cada vez más en las entrañas de la serranía de San Lucas.

Hasta ese momento, ella andaba de civil y el día se iba en acompañar a matar un marrano, cocinar –aprender en su caso- y caminar.

“Al tercer día mandaron a un muchacho para que me enseñara a armar y desarmar un fusil. Y me dieron uno que no era el mío porque decían que tenía que ir acostumbrándome al peso”.

En su huída, Luciana no tuvo en cuenta las largas jornadas ni las distancias que recorrió. Sólo empezó a tener conciencia de esto cuando le contaron que la comunidad de su vereda iba tras ella.

“La comunidad se fue a la pata mía. Pero no me alcanzaban. Nosotros siempre íbamos una mina más adelante. Entonces la guerrilla mandó una escuadra de unas 20 personas para que se adelantara conmigo. Los dos guerrilleros que me llevaron desde el principio no se me despegaban”, cuenta.

Una comunidad unida

Estando ella lejos, el “mando”, dice Luciana, confrontó a la comunidad.

“No nos vamos hasta que nos den a la niña”, decían los voceros de su vereda.

Ahí estaban sus 34 compañeros de clase. Eso lo supo porque los guerrilleros se comunicaban por radio.

“Ese día la comunidad durmió con ellos (guerrilla). No querían irse sin llevarme”.

Cuando Luciana llegó al lugar donde estaba el mando principal en plena serranía, habían pasado cinco días desde su reclutamiento.

Ya no sería más “la muchacha” o Luciana. Le pidieron que escogiera un sobrenombre y ella eligió el primero que se vino a la cabeza. Y ese mismo día le entregaron el uniforme.

“Al sexto día ya tenía buenos amigos y me entregaron las botas de plástico. Eso era mera recocha”, dice.

Al séptimo día los “mandos” le preguntaron cómo se sentía y le explicaron que por petición de la comunidad se reunirían todos al día siguiente.

“La comunidad mandó un papel. Teníamos que ir a presentarnos”.

El octavo día fue el último de Luciana como guerrillera.

“Bajamos cinco guerrilleros y yo, que iba uniformada pero sin fusil. Algunos sugirieron que llevara el fusil para mostrar poder, pero eso no sucedió.
Bajando, uno de los mandos me dio un revolver, me lo encaleté pero luego se lo devolví”, cuenta.

La petición de la comunidad era clara. Querían dos horas para hablar con Luciana. Ella se sentó sobre una piedra y vio por primera vez reunida a su comunidad.

“Me dijeron de todo. La gente lloraba pero yo no cedí. Entonces la comunidad se fue, eran tres camionetas llenas. Pero regresaron, esta vez cuatro
camionetas. En la última venía mi mamá”.

Luciana explica que fue a saludar a su mamá y en ese momento varias mujeres le quitaron el uniforme y la metieron en una de las camionetas. Estaban decididas.

El jefe guerrillero hizo un tiro al aire. Eran cinco y nada pudieron hacer.

“Lloré mucho en la cabina de la camioneta. Ahora dicen que ellos (ELN) no me pueden ver. Que me matan”.

* Nombre cambiado para proteger a la fuente.

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