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Hojas dignas | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2008-11-27 05:00:00

Hojas dignas

Las hojas aceptan la poda sin protestar y esperan con paciencia la llegada de la nueva estación para multiplicarse. Pero, más allá de la podadora, ellas no se dejan amilanar, ni siquiera de las hermosas flores. Sí, las hojas han sabido ganarse su espacio en el mundo de los árboles.
Hojas dignas

¿Ha visto un árbol sin hojas? ¿cierto que es triste? Es más, ¿se ha puesto a pensar qué sería de una flor sin las hojas que las rodean?
Muchas veces no nos fijamos, pero las hojas también son dignas de ser calificadas como bellas porque, entre otras cosas, se hacen valer en su entorno.

Tómese un tiempo para admirarlas. Notará que las hojas pueden ser grandes, diminutas, verdes, púrpuras, aterciopeladas, arrugadas, partidas o como sea, pero siempre se ven lindas. La belleza de ellas trasciende la poesía.
Las hojas nos enseñan el valor de la dignidad. Saben que así las sacudan las borrascas, la lluvia o el inclemente sol, jamás podrán borrarle su papel en la naturaleza.

Lo propio nos pasa a nosotros: nadie puede despojarnos de nuestra dignidad, a menos que les demos permiso a los demás para hacerlo. Y si lo permitimos, nos caemos y nos vemos flacos, tan escuálidos como los árboles de otoño.

De manera desafortunada, muchos han ido perdiendo la dignidad, por determinadas razones. La vida misma los hace ver como deshojando margaritas y los arroja al profundo abismo de la resignación.

¿Conoce a alguien así? O mejor, ¿quiere saber qué es la dignidad perdida?
Haga el siguiente ejercicio:
Tome un vaso de agua y riegue el líquido a propósito. Luego intente recoger el agua que ha lanzado.

¿Ya hizo el experimento?
¿Pudo recoger toda el agua?
¡Con seguridad que no!
Pues bien, así ocurre cuando una persona pierde su dignidad. Una vez tirada al piso, resulta muy difícil recogerla.

Algunos pierden la dignidad a cántaros, otros a pedacitos. Los malos políticos la pierden por la falta de escrúpulos, varias mujeres la han extraviado por no quererse  a ellas mismas y  los seres ambiciosos la echan a la caneca de la basura por unos cuantos pesos de más.

¿Han pisoteado su dignidad?
No es necesario gritar ni pelear. A veces un silencio prolongado resulta más digno y, mejor aún, indigna a quien ha barrido el piso con usted.
Tampoco tiene que echarse a morir. Recuerde lo que les pasa a las hojas cada vez que viene la podadora: ellas sólo esperan la primavera para reverdecer y contarle a todo el mundo que nadie les arrebatará sus espacios. Son hojas dignas.

LISTA
Reflexiones sobre la dignidad

• Un hombre tiene que tener siempre el nivel de la dignidad por encima del nivel del miedo. En la oficina de trabajo, por ejemplo, ningún empleado puede dejarse estropear, ni por el jefe ni por ningún sueldo.
• Si usted está frente a una persona digna, intente imitarla. Y si conoce a alguien que sea indigno, no lo critique, mejor mírese a usted mismo y corríjase sus propios errores.
• ¿Usted quiere mandar con dignidad? Primero sirva con diligencia y respeto. Luego sí puede mandar.
• Alguien es digno cuando sabe gastar su dinero en la debida proporción. Nada nos da una dignidad tan respetable, ni una independencia tan importante, como el no gastar más de lo que ganamos.
• Toda la dignidad del hombre está en el pensamiento y se debe materializar en acciones.

¡QUEJARSE NO ES NADA DIGNO!

Hay gente difícil de entender: si está lloviendo, se queja; si hace calor, maldice; si es primavera, se llena de angustias existenciales. Más o menos eso era lo que le ocurría al joven protagonista de esta historia, quien vivía aburrido de la extrema pobreza en la que estaba su hogar.
Su abuelo se cansó de sus quejas. Así que un día lo envió por algo de sal. Cuando el joven regresó, el abuelo le pidió poner una manotada de sal en un vaso de agua y luego beberla.
-
“¿A qué sabe?” le preguntó.
Luego de escupir le gritó:
- “¡Es horrible!”.
El anciano rió entre dientes, y entonces le pidió al joven tomar la misma cantidad de sal en la mano y ponerla en el lago. Los dos caminaron en silencio hacia ese lugar, y una vez que el nieto lanzó al agua su manotada de sal, el viejo dijo:

- “Ahora beba agua del lago.”
En cuanto el líquido se escurría por la quijada del joven, el abuelo le preguntó:
- “¿A qué sabe?”
- “¡A frescura!” le respondió.
- “¿Le supo a sal?”, preguntó el viejo.
- “No”, dijo el muchacho.
Después el anciano se sentó al lado de este joven y le tomó sus manos, diciendo:
“El dolor de la vida es pura sal; ni más, ni menos. La cantidad de dolor en la vida permanece exactamente la misma”.

Moraleja: la cantidad de amargura que probamos depende del recipiente en el que ponemos la pena. Así que cuando esté con dolor, la única cosa que puede hacer es agrandar su sentido de las cosas. Deje de ser un vaso y conviértase en un lago. Eso es más digno que ponerse a llorar. ¿No le parece?

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