
Tiene una calle por donde la tarde pasa como rueda sin destino. Alguien sin mucho sentido poético me preguntó, ¿qué es eso? Preferí no responderle.Al artesano que talló los versos en piedra le pareció que a ese aviso que yo le había mandado a hacer le faltaba algo y le talló además del verso, una carretilla. Cuando vi la obra maestra que me mostraba con orgullo, la rabia fue mayúscula.La carretilla la borró no sé cómo, hoy la placa permanece en la puerta recordándome que el corazón debe ser como la puerta del verso de Tagore.Algunas molestias me ha causado, pues los mendigos con su costal de necesidades entran sin golpear y uno que otro caco se ha llevado puesta una botella de vino. A veces encuentro sentado en una silla a alguien que no sé quién es ni qué busca. Hemos terminado conversando por varios días, nos hemos despedido con un abrazo de grandes amigos. Qué bellas eran las puertas abiertas de antes. No era que no existiesen cacos ni inseguridad en aquellos tiempos. Jesús murió crucificado al lado de dos ladrones. En casa de mis abuelos y tíos en Oiba, las puertas estuvieron abiertas. Entraban por la ronda las bestias con la leña que venia de lejos, las yucas, los plátanos, las naranjas, la panela, se descargaban y un fuetazo las devolvía de donde habían venido.Las puertas seguían abiertas. Hasta que, un día, pasaron por el frente en un cortejo fúnebre unas mujeres llorando. Un hombre justo había sido asesinado. Después en las puertas del cementerio de todos los pueblos de antes encontramos a un viejo sollozando. Tal vez era Dios. Mi primo Claudio Consuegra salía como un centauro en motocicleta desde el patio de su casa sin puertas, hasta que un día desdichado se topó con la carrocería de un camión. Recuerdo haber leído hace tiempo una obra de teatro de un alemán llamado Wolfang Borchert titulada La Calle Sin Puertas. Obra sobrecogedora que nos eriza la piel. Un hombre como tantos que regresó a Alemania después de la guerra. Uno entre tantos que llega a casa pero que nunca llegan pues su casa no existe. Se acostumbraba entonces clavar en la puerta una placa de latón, generalmente en letra cursiva, en donde se anunciaba la familia que allí habitaba.¿Saldrá mi padre a recibirme? Pero, ¿por qué no está el nombre de mi familia, Familia Beckmann. ¿Quién es ese tal Kramer que figura ahora en la placa? En este mundo despersonalizado de ahora ya no existen las placas en las casas.Todos queremos, o se nos obliga a vivir de incógnito. Entre menos sepan dónde vivimos o quiénes somos, mejor. Nadie sabe quién sube o baja en el ascensor o en la escalera. Nadie saluda. Mi amigo Armando Serrano se siente orgulloso de que en Barichara en la casa donde nació ahora han puesto una Placa. Se forran hebillas y botones.