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Quemados ocho ranchos en Brisas de Provenza | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2008-11-30 05:00:00

Quemados ocho ranchos en Brisas de Provenza

“¡Uy…a esta hora quién estará haciendo sancocho!” Un fogonazo sacó de sus pensamientos a Beslalis Caballero, una mujer trigueña y robusta, que en el patio de tierra de su casa –la número 3- olfateaba el aire, tratando de averiguar de dónde venía ese olor de leña quemada, que a ella le parecía a sancocho.
Quemados ocho ranchos en Brisas de Provenza

Y no pudo husmear más. Lo siguiente fue una carrera contra la muerte, contra las llamas, que en menos de un minuto consumieron su vivienda y la de 7 vecinos más, en el deprimido sector de Brisas de Provenza, al sur de Bucaramanga.

Bastaron no más de 45 minutos para que las llamaradas devoraran todo lo que encontraron a su paso. Los límites de una y otra vivienda quedaron calcinados, porque no eran más que láminas de madera y zinc que terminaron por alimentar las flamas.

Desde la periferia de la ciudad, se observó la columna de humo salida de las entrañas de esa hondonada, en donde vecinos y bomberos batallaban porque el incendio no hiciera mella en los cilindros de gas, que tenía cada una de las casas que se quemaban.

¿Un corto circuito?
Llovía y era la 1:30 p.m. cuando el fuego empezó a consumirlo todo.

La gente asegura que las llamas se iniciaron en la vivienda, que queda enseguida del comedor comunitario del Bienestar Familiar.

Era una casa pequeña como las demás, de unos 6 metros de frente por 12 de fondo. Un terreno de esa dimensión era donde vivía Beslalis Caballero y le costó en enero, $3 millones de pesos.

Nada detenía las llamas, ni los baldados de agua con los que se aprovisionaron los hombres para tratar de ahogar el fuego, ni las mangueras de los bomberos, lograban frenar las llamaradas.

Era una batalla campal de agua y fuego y en medio de ella, mujeres y niños que corrían despavoridos intentando recuperar lo que pudieran de sus exiguas pertenencias.

Había que ver a las señoras con colchones al hombro, muchachos que corrían a salvar televisores, equipos de sonidos, niños con sus almohadas debajo del brazo, tratando de ponerse a salvo.

A las 2:15 de la tarde las casas todavía humeaban y en uno que otro tronco, se avivaba el fuego con la brisa.
Ya no quedaba mucho por hacer. Ocho casas estaban completamente calcinadas y sus habitantes, como espectadores impotentes apenas se limpiaban las lágrimas producidas por el dolor de ver todo arrasado.

A las 2:32 p.m. se abrió paso entre la gente Nicolasa Arcilia, quien con su esposo habitaban la casa número 24, otra de las quemadas. Había salido a las 6:00 a.m. a trabajar haciendo aseo en una casa ajena.

Ahora regresaba y del hogar que dejó en la mañana, no quedaba más que madera quemada y vestigios de unas pertenencias obtenidas con sacrificio. Ella se ahogaba en llanto mientras sus vecinos intentaban consolarla con la frase que acuñaron para darse moral entre sí: “lo material se consigue, agradezca que no le pasó nada a nadie”

Así podrían repetirse una y otra y hasta 80 historias de todas las personas que quedaron damnificadas con este incendio, entre ellas bebés recién nacidos y mujeres en embarazo.

Anoche debían buscar albergue, mientras consiguen quién los ayude porque todo se quemó.

 

 

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