Publicidad
Sáb Abr 29 2017
22ºC
Actualizado 07:10 pm

Una triste Venecia en ‘motocanoa’ | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2008-12-06 19:38:50

Una triste Venecia en ‘motocanoa’

Un par de botas pantaneras cuesta 20 mil pesos en Puerto Wilches. Y quienes las venden podrían estar haciéndose su agosto, porque desde hace 12 días es indispensable llevarlas, a menos que se quiera andar emparamado o exponerse a que los zapatos sean arrastrados por la corriente del río Magdalena, que irreverente, no sabe de inundaciones y mucho menos de damnificados.
Una triste Venecia en ‘motocanoa’

Pero no. Quienes venden estas botas siguen esperando a que los clientes aparezcan. Y hay dos razones para que escaseen los compradores: La primera, es el éxodo que ha producido el agua en Puerto Wilches. Los datos hablan de un mundo acuático, donde 28 de los 32 barrios que tiene este municipio santandereano están literalmente con el agua hasta el cuello, lo que ha obligado a sus habitantes a sacar sus corotos y a dejar puertas y ventanas con candado.

La segunda razón hace parte de la historia del lugar. Es que por más que uno vea a la gente uniformada, arrastrando sus botas mientras avanza por las calles inundadas, las que usan son botas viejas, compradas para aguantar crecientes pasadas, las de cada año, las de siempre.

Sin embargo, lo que parece trágicamente habitual, este año ha sido arrollador. Nadie se esperaba semejante barrejobo. Así le llaman al río en esta zona del Magdalena Medio cuando sube rápidamente, y tanto, que para entrar o salir de Puerto Wilches por la carretera que lo comunica con Bucaramanga, hay que hacerlo en una canoa con motor.

En cambio, irónicamente, si se llega al municipio por el río, las aguas parecen calmas y dan un margen de una única cuadra que está seca. Luego, como si se tratara de la orilla de un lago, a medida que se avanza hay que buscar las canoas. No hay otra opción para desplazarse.

Si la situación la describiera un romántico, diría que esta población no está lejos de parecerse a la maravillosa Venecia que permanece bañada por el mar Mediterráneo.

Los embarcaderos

Bajo el picante sol de las dos de la tarde, una mujer avanza en medio del agua. Con una mano sostiene un enorme paraguas y con la otra trata de mantener su pantalón por encima de las rodillas para evitar mojarse. Pero es inevitable. Otra mujer deja flotar, resignada, su falda larga, ancha y fucsia. Otros se han quitado los zapatos y los llevan en sus manos a la altura de los hombros.

Todos pasan junto a una droguería que está amurallada desde que empezó la creciente, para atajar la corriente que no solo es río sino también barro y mucha suciedad. Caminan lento como palpando lo que el agua oculta. Y no se trata únicamente de evitar algún desnivel que se aparezca en el camino. Ya saben que las culebras se esconden en las esquinas.

Ellos se dirigen al embarcadero ubicado en el centro del municipio, sobre una esquina cualquiera. Es uno de los tres que han improvisado los ‘motores’, como llaman a los pescadores que en estos días se han convertido en los taxistas elegidos y que a punta de atravesar el municipio día y noche, ya sea en ‘motocanoas’ o a canalete, es a los que mejor les va en Puerto Wilches.

Ellos le sacan jugo a su propia tragedia porque de alguna manera hay que ganarle al agua. Este negocio informal surge por mera necesidad y ante la inutilidad de los mototaxis, ofrecen el servicio de ‘motocanoa’. Casi, podría decirse, que de puerta a puerta. Son los gajes de la supervivencia. Mil, dos mil y hasta tres mil pesos es el valor del pasaje por persona. Si llevan una moto cobran $10 mil y por una camioneta el valor puede superar los $60 mil. Es que lograr que dos canoas guarden el equilibrio con un peso semejante, necesita del mayor de los ingenios.

Según cálculos de Elkin Lascarro, un pescador de 29 años, seis de los cuales lleva manejado las tradicionales chalupas, hay 25 ‘motores’ en Puerto Wilches y cada uno puede recoger al día $180.000, de los cuales 40 mil se quedan en sus bolsillos. Lo que resta es para comprar gasolina y pagarle al dueño del vehículo.

Las ‘motocanoas’ puede que no se parezcan en nada a las elegantes góndolas de Venecia, pero efectivas sí son. Hay una tan grande que le caben 150 personas y es común ver unas de menor tamaño en las que apretados caben 50 trabajadores de la industria de la palma africana, que bien temprano en la mañana y a mitad de la tarde, hacen fila en otro de los embarcaderos para que los ‘motores’ los lleven al pueblo.

“El 3”, así llaman al segundo punto de encuentro que está sobre la carretera principal a la salida del municipio. Allí, en medio de una mezcla de barro, tierra y agua, están acomodados costales sobre costales, improvisando un malecón por donde se camina en fila india para subirse a las ‘motocanoas’.

Desde este punto se regresa al pueblo o se sale de él. En la canoa, girando 360 grados, el panorama es desolador. Agua y más agua. Algún árbol huérfano, cables de luz muy cerca de tocar la corriente y construcciones abandonadas. En el fondo de ese mundo submarino mueren cientos de cultivos.
A pocos metros de esta estación, sobre la carretera, se acumulan camionetas, carros particulares y buses intermunicipales.

Adanolis Mercados Torres, una mujer de 37 años, ha levantado una tienda de paso donde vende almuerzos a $5.000 y cerveza en lata a $2.000. A un metro se encuentra su casa temporal: es la carpa de un camión bajo la que se acomodan cinco familias del barrio 7 de abril de Puerto Wilches.
“Llevamos siete días y sólo nos ha llegado un mercado que todo junto cabe en una bolsa”, dice Adanolis.
¿Y la casa?, pregunto.

Una de las hijas de Adanolis se apresura a responder: Allá quedó la mesa de billar y está flotando.

La soledad
-¡Muévala!, ¡Muévala!
-¡Empújela mijo!

Así gritan en el tercero de los embarcaderos ubicado en el barrio La Feria. Desde ahí, la tragedia que afronta Puerto Wilches se hace más honda. Los ‘motores’ se amontonan, cada uno tratando de salir primero.

En este punto, las ‘motocanoas’ tienen un recorrido elemental: atraviesan la única avenida del municipio donde el agua llega casi al tope de las casas.
Entrar a la Calle 5 es como recorrer un canal en Venecia pero sin palacios para admirar. Está el silencio, la soledad de las casas selladas, la grandiosidad de la naturaleza que no hace caso de hombres y pueblos, y también la tristeza evidente del abandono. Allí los motores se callan y las canoas avanzan a punta de canalete.

En medio de la nada, un pasajero se tira al agua -parado le llega al pecho-. Va para su casa inundada. Pero no entra. No puede. Ahí, solitarias, una hamaca y una mecedora amarradas del techo resumen la desdicha que deja este invierno.

¿Y dónde está la gente?, pregunto.

Eliécer Jaimes, otro ‘motor’ de 48 años, dice que la mayoría está en albergues.
“Usted no va a creer, pero muchos nos resistimos, ponemos unas tablas por encima del nivel del agua… y ahí estamos”.

Los riesgos

Ser un ‘motor’ tiene sus riesgos. El segundo día de inundación ocurrió un accidente que puso sobre aviso al gremio. De camino a la salida del municipio, por donde antes se extendía la carretera principal rodeada de potreros, un ‘motor’ murió electrocutado. Se llamaba Jhon Freddy y avanzaba rápidamente aprovechando la escasa luz de las seis de la tarde. Pero el nivel del agua estaba tan alto que los cables de la luz casi se juntaban con el agua. Y él no los vio.

Elkin Lascarro afirma que los ‘motores’ evitan pasar por el lugar del accidente. “Uno sabe que si se mete le ‘marca calavera’, afirma. Uno de los pasajeros dice que para evitar casos semejantes, cuando el agua llega a la cintura, entonces quitan la luz del sector.

 

 

Publicada por
Contactar al periodista
Publicidad
Publicidad
Publicidad