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Una triste Venecia en 聭motocanoa聮 | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2008-12-06 19:38:50

Una triste Venecia en 聭motocanoa聮

Un par de botas pantaneras cuesta 20 mil pesos en Puerto Wilches. Y quienes las venden podr铆an estar haci茅ndose su agosto, porque desde hace 12 d铆as es indispensable llevarlas, a menos que se quiera andar emparamado o exponerse a que los zapatos sean arrastrados por la corriente del r铆o Magdalena, que irreverente, no sabe de inundaciones y mucho menos de damnificados.
Una triste Venecia en 聭motocanoa聮

Pero no. Quienes venden estas botas siguen esperando a que los clientes aparezcan. Y hay dos razones para que escaseen los compradores: La primera, es el 茅xodo que ha producido el agua en Puerto Wilches. Los datos hablan de un mundo acu谩tico, donde 28 de los 32 barrios que tiene este municipio santandereano est谩n literalmente con el agua hasta el cuello, lo que ha obligado a sus habitantes a sacar sus corotos y a dejar puertas y ventanas con candado.

La segunda raz贸n hace parte de la historia del lugar. Es que por m谩s que uno vea a la gente uniformada, arrastrando sus botas mientras avanza por las calles inundadas, las que usan son botas viejas, compradas para aguantar crecientes pasadas, las de cada a帽o, las de siempre.

Sin embargo, lo que parece tr谩gicamente habitual, este a帽o ha sido arrollador. Nadie se esperaba semejante barrejobo. As铆 le llaman al r铆o en esta zona del Magdalena Medio cuando sube r谩pidamente, y tanto, que para entrar o salir de Puerto Wilches por la carretera que lo comunica con Bucaramanga, hay que hacerlo en una canoa con motor.

En cambio, ir贸nicamente, si se llega al municipio por el r铆o, las aguas parecen calmas y dan un margen de una 煤nica cuadra que est谩 seca. Luego, como si se tratara de la orilla de un lago, a medida que se avanza hay que buscar las canoas. No hay otra opci贸n para desplazarse.

Si la situaci贸n la describiera un rom谩ntico, dir铆a que esta poblaci贸n no est谩 lejos de parecerse a la maravillosa Venecia que permanece ba帽ada por el mar Mediterr谩neo.

Los embarcaderos

Bajo el picante sol de las dos de la tarde, una mujer avanza en medio del agua. Con una mano sostiene un enorme paraguas y con la otra trata de mantener su pantal贸n por encima de las rodillas para evitar mojarse. Pero es inevitable. Otra mujer deja flotar, resignada, su falda larga, ancha y fucsia. Otros se han quitado los zapatos y los llevan en sus manos a la altura de los hombros.

Todos pasan junto a una droguer铆a que est谩 amurallada desde que empez贸 la creciente, para atajar la corriente que no solo es r铆o sino tambi茅n barro y mucha suciedad. Caminan lento como palpando lo que el agua oculta. Y no se trata 煤nicamente de evitar alg煤n desnivel que se aparezca en el camino. Ya saben que las culebras se esconden en las esquinas.

Ellos se dirigen al embarcadero ubicado en el centro del municipio, sobre una esquina cualquiera. Es uno de los tres que han improvisado los 聭motores聮, como llaman a los pescadores que en estos d铆as se han convertido en los taxistas elegidos y que a punta de atravesar el municipio d铆a y noche, ya sea en 聭motocanoas聮 o a canalete, es a los que mejor les va en Puerto Wilches.

Ellos le sacan jugo a su propia tragedia porque de alguna manera hay que ganarle al agua. Este negocio informal surge por mera necesidad y ante la inutilidad de los mototaxis, ofrecen el servicio de 聭motocanoa聮. Casi, podr铆a decirse, que de puerta a puerta. Son los gajes de la supervivencia. Mil, dos mil y hasta tres mil pesos es el valor del pasaje por persona. Si llevan una moto cobran $10 mil y por una camioneta el valor puede superar los $60 mil. Es que lograr que dos canoas guarden el equilibrio con un peso semejante, necesita del mayor de los ingenios.

Seg煤n c谩lculos de Elkin Lascarro, un pescador de 29 a帽os, seis de los cuales lleva manejado las tradicionales chalupas, hay 25 聭motores聮 en Puerto Wilches y cada uno puede recoger al d铆a $180.000, de los cuales 40 mil se quedan en sus bolsillos. Lo que resta es para comprar gasolina y pagarle al due帽o del veh铆culo.

Las 聭motocanoas聮 puede que no se parezcan en nada a las elegantes g贸ndolas de Venecia, pero efectivas s铆 son. Hay una tan grande que le caben 150 personas y es com煤n ver unas de menor tama帽o en las que apretados caben 50 trabajadores de la industria de la palma africana, que bien temprano en la ma帽ana y a mitad de la tarde, hacen fila en otro de los embarcaderos para que los 聭motores聮 los lleven al pueblo.

聯El 3聰, as铆 llaman al segundo punto de encuentro que est谩 sobre la carretera principal a la salida del municipio. All铆, en medio de una mezcla de barro, tierra y agua, est谩n acomodados costales sobre costales, improvisando un malec贸n por donde se camina en fila india para subirse a las 聭motocanoas聮.

Desde este punto se regresa al pueblo o se sale de 茅l. En la canoa, girando 360 grados, el panorama es desolador. Agua y m谩s agua. Alg煤n 谩rbol hu茅rfano, cables de luz muy cerca de tocar la corriente y construcciones abandonadas. En el fondo de ese mundo submarino mueren cientos de cultivos.
A pocos metros de esta estaci贸n, sobre la carretera, se acumulan camionetas, carros particulares y buses intermunicipales.

Adanolis Mercados Torres, una mujer de 37 a帽os, ha levantado una tienda de paso donde vende almuerzos a $5.000 y cerveza en lata a $2.000. A un metro se encuentra su casa temporal: es la carpa de un cami贸n bajo la que se acomodan cinco familias del barrio 7 de abril de Puerto Wilches.
聯Llevamos siete d铆as y s贸lo nos ha llegado un mercado que todo junto cabe en una bolsa聰, dice Adanolis.
驴Y la casa?, pregunto.

Una de las hijas de Adanolis se apresura a responder: All谩 qued贸 la mesa de billar y est谩 flotando.

La soledad
-隆Mu茅vala!, 隆Mu茅vala!
-隆Emp煤jela mijo!

As铆 gritan en el tercero de los embarcaderos ubicado en el barrio La Feria. Desde ah铆, la tragedia que afronta Puerto Wilches se hace m谩s honda. Los 聭motores聮 se amontonan, cada uno tratando de salir primero.

En este punto, las 聭motocanoas聮 tienen un recorrido elemental: atraviesan la 煤nica avenida del municipio donde el agua llega casi al tope de las casas.
Entrar a la Calle 5 es como recorrer un canal en Venecia pero sin palacios para admirar. Est谩 el silencio, la soledad de las casas selladas, la grandiosidad de la naturaleza que no hace caso de hombres y pueblos, y tambi茅n la tristeza evidente del abandono. All铆 los motores se callan y las canoas avanzan a punta de canalete.

En medio de la nada, un pasajero se tira al agua -parado le llega al pecho-. Va para su casa inundada. Pero no entra. No puede. Ah铆, solitarias, una hamaca y una mecedora amarradas del techo resumen la desdicha que deja este invierno.

驴Y d贸nde est谩 la gente?, pregunto.

Eli茅cer Jaimes, otro 聭motor聮 de 48 a帽os, dice que la mayor铆a est谩 en albergues.
聯Usted no va a creer, pero muchos nos resistimos, ponemos unas tablas por encima del nivel del agua聟 y ah铆 estamos聰.

Los riesgos

Ser un 聭motor聮 tiene sus riesgos. El segundo d铆a de inundaci贸n ocurri贸 un accidente que puso sobre aviso al gremio. De camino a la salida del municipio, por donde antes se extend铆a la carretera principal rodeada de potreros, un 聭motor聮 muri贸 electrocutado. Se llamaba Jhon Freddy y avanzaba r谩pidamente aprovechando la escasa luz de las seis de la tarde. Pero el nivel del agua estaba tan alto que los cables de la luz casi se juntaban con el agua. Y 茅l no los vio.

Elkin Lascarro afirma que los 聭motores聮 evitan pasar por el lugar del accidente. 聯Uno sabe que si se mete le 聭marca calavera聮, afirma. Uno de los pasajeros dice que para evitar casos semejantes, cuando el agua llega a la cintura, entonces quitan la luz del sector.

 

 

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