Bucaramanga, c贸mo has cambiado聟 | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2008-12-21 05:00:00

Bucaramanga, c贸mo has cambiado聟

De un diminuto pueblo de indios a parroquia y luego a ciudad capital, Bucaramanga celebra ma帽ana un a帽o m谩s de su fundaci贸n. La de hoy nada tiene que ver con la a帽eja vida de comarca. Bucaramanga ha cambiado y s贸lo basta recordar algunos hechos que sucedieron hace m谩s de 200 a帽os. De la villa que en 1828 se visti贸 de gala para recibir a Bol铆var, no queda nada.
Bucaramanga, c贸mo has cambiado聟

Vanguardia Liberal consult贸 las cr贸nicas de personajes locales como Jos茅 Joaqu铆n Garc铆a, autor de Cr贸nicas de Bucaramanga, libro publicado por primera vez en 1896, y las de Ernesto Valderrama Ben铆tez, que en su libro Real de Minas de Bucaramanga, recoge leyendas y tradiciones de la regi贸n. Esto fue lo que encontramos:

La primera escuela

Seg煤n los cronistas, en la diminuta villa de Bucaramanga, hace m谩s de 220 a帽os, en la primera y 煤nica escuela que exist铆a, s贸lo se ense帽aba a leer, a escribir, a realizar 聯ligeras operaciones de aritm茅tica聰 y a recitar el Catecismo de la Doctrina Cristiana, un popular libro conocido en la 茅poca previa a la Independencia como 聯el Astete聰, por el apellido de su autor. Se dec铆a que en ese libro estaba todo lo que el cristiano deb铆a saber y cumplir para salvarse.

La escuela estaba ubicada al 聯suroeste del poblado聰, que en ese entonces no era m谩s grande que la plaza donde hoy se encuentra el parque Garc铆a Rovira, en un lugar bautizado como 聯El Cordoncillo聰. Era 聯una triste casucha de paja聰, escribi贸 el cronista Jos茅 Joaqu铆n Garc铆a. Quien ense帽aba era un hombre con todas las caracter铆sticas del profesor 聭cuchilla聮, de quien s贸lo se sabe que se llamaba Felipe Munar, posiblemente un fraile, 聯severo y de fisonom铆a poco cari帽osa聰. Y era privada, por lo que cada alumno pagaba la suma de tres reales, la moneda espa帽ola que circul贸 en todo el territorio nacional hasta mediados del siglo XIX.

Y c贸mo habr谩n cambiado las cosas, que en esos d铆as se ense帽aba a escribir con puntero de ca帽a, sobre arena, y despu茅s, con pluma de ganso y tinta que se preparaba con holl铆n. El papel era tan dif铆cil de conseguir, que se usaban hojas de pl谩tano.

Fusilados en plena plaza

S铆, en frente de todos los habitantes, lo que causaba un horror desmedido que fue caldo de cultivo para historias de espantos. As铆 estaba dispuesto y el 煤ltimo registrado corresponde a Higinio Bret贸n, declarado culpable de la muerte del ilustre doctor Eloy Valenzuela y todo por un robo que termin贸 en tragedia.

Su fusilamiento ocurri贸 el 31 de octubre de 1834, en la plaza principal. Seg煤n los registros, este hombre fue vestido con el traje de los ajusticiados, que consist铆a en una t煤nica blanca manchada de sangre y as铆 fue arrastrado sobre un cuero por toda la plaza, hasta llegar al lugar del suplicio, justo frente al solar de la casa del muerto. A la tr谩gica escena se sum贸 que al ajusticiado le cortaron la cabeza que qued贸 expuesta en el centro de la plaza durante un a帽o, por lo que todos tuvieron que presenciar su lento deterioro. Tambi茅n le cortaron una de las manos, que se exhibi贸 en otro lugar de la plaza. Se dice que hubo cinco fusilados en Bucaramanga.

Los gallos de horca

Esto a煤n sucede en algunos pueblos de Santander con diversas modificaciones, pero a finales de 1890 era una de las diversiones obligadas de los bumangueses para celebrar las fiestas de San Pedro y San Juan, el 29 de junio.

Seg煤n narran los cronistas, se colocaba la horca en las afueras del poblado, en el Llano de 帽or Juancho, hoy Parque de los Ni帽os. 聯Los j贸venes se presentaban luciendo los briosos corceles聰 y empezaba la carrera que consist铆a en llegar de primero a la horca de donde colgaba el gallo, agarrarlo por el pescuezo y tirar lo m谩s fuerte posible para desprenderle la cabeza. Cuando esto ocurr铆a, el ganador, en medio de gritos, emprend铆a la carrera con la cabeza en la mano para escapar de los dem谩s, que en un 煤ltimo esfuerzo trataban de alcanzarlo para quit谩rsela. Seg煤n las reglas, el ganador daba una vuelta a la plaza y regresaba al lugar de la horca en medio de los gritos de la multitud.

Las mujeres tambi茅n participaban, pero con ellas el asunto era distinto porque el gallo no estaba en la horca sino enterrado en el suelo. Ellas sal铆an una por una a la palestra, donde estaba la peque帽a v铆ctima enterrada, 聯se las vendaba, se les pon铆a un cuchillo en la mano para que trataran de degollar al animal, que un hombre defend铆a armado de un grueso bast贸n聰. Se entiende que el hombre ten铆a que estar preparado para recibir los golpes del cuchillo. 驴Qui茅n ganaba? Generalmente la m谩s bonita de las j贸venes en complicidad con el hombre que supuestamente defend铆a al pobre gallo.

El sombrero de rigor

驴Existe hoy alguna prenda de rigor que usen los bumangueses, que tenga que ver con su identidad? Ninguna. La pregunta har铆a soltar la risa a los m谩s j贸venes, incluso a los de la Generaci贸n de la Guayaba. Pero no siempre fue as铆.

Narran los cronistas de la antigua Bucaramanga, que el sombrero jipijapa se hizo popular en la regi贸n gracias a que entre 1820 y 1822 聳no existe un registro exacto-, Felipe Salgar, cura de Gir贸n, interrog贸 sobre su sombrero a un pastuso reci茅n llegado, quien le dijo que exist铆an unas palmas llamadas nacuma, 聯cuyos cogollos, preparados convenientemente, suministraban a los neivanos el material para tejer sus afamados sombreros jipijapas聰. Entonces se le ocurri贸 que las mujeres que iban a su iglesia y a las de los alrededores, pod铆an ganarse la vida teji茅ndolos. Convenci贸 al pastuso para que les ense帽ara el arte y el oficio se volvi贸 tan popular, que los registros hablan de 8 mil mujeres que en 1820 emplearon sus manos en tejer m谩s de 88 mil sombreros. Las ganancias: 59 mil pesos y para cada mujer la suma de 200 pesos en una 茅poca en que con 92 era m谩s que suficiente.

Pero la fama no fue s贸lo en cifras. Estos sombreros se convirtieron en prenda obligada. Se dice que el santandereano com煤n no acostumbraba a llevar descubierta la cabeza fuera de la casa y que hasta hace muy poco, a los deudores se les castigaba oblig谩ndolos a andar sin sombrero.

El baile del angelito

Consist铆a en bailar alrededor de un ni帽o muerto. Esta macabra costumbre ten铆a su raz贸n de ser, y muy bien fundamentada, porque los m谩s fieles bumangueses, cre铆an y lo hicieron hasta despu茅s de 1850, que las almas de los ni帽os muertos no iban al cielo si sus padres no hac铆an un baile en presencia del cad谩ver.

La escena era aterradora, porque mientras los pap谩s del ni帽o lloraban en la habitaci贸n principal, los dem谩s familiares y amigos danzaban en la sala, al ritmo del bombo, el tiple y la pandereta, justo al frente del ni帽o muerto, que estaba descubierto y encima de una plataforma. Finalmente, este baile se fue degenerando en des贸rdenes propios de las fiestas y el mismo doctor Eloy Valenzuela fue quien lo prohibi贸.

Los otros

Hoy, en las calles bumanguesas, ya no es extra帽o ver a j贸venes EMO, g贸ticos, metaleros y hasta punk, pero en 1890 las cosas eran muy diferentes. Un extranjero causaba todo un alboroto. As铆 ocurri贸 con Salvador Sal谩h, el primer sirio que lleg贸 a la ciudad. Delgado, de ojos negros, bigote blanco y una enorme nariz, a Sal谩h nunca le preocup贸 que por vestir al estilo oriental y cubrir su cabeza con un gorro turco, del que prend铆a un cord贸n que remataba en una borla, las se帽oras y ni帽as entreabrieran las ventanas para verlo pasar, y los m谩s peque帽os lo siguieran, remedando sus movimientos. La novedad pronto pas贸 y Sal谩h se dedic贸 a vender postales de lugares santos y cam谩ndulas.

ERAN EXTRAVAGANCIAS

Los f贸sforos
En 1820, el se帽or Jos茅 Mar铆a Castellanos trajo de C煤cuta las primeras muestras de f贸sforos cuyo palito era cuadrado y ten铆an un p茅simo olor por su alto grado de azufre. Hasta entonces, para obtener fuego se utilizaban en Bucaramanga los tradicionales yesqueros y eslabones (encendedores espa帽oles). Los f贸sforos causaron tal encanto, que la cajetilla se alcanz贸 a vender en 20 centavos.

Casas de dos pisos

Antes de 1824, esto era impensable. Las primeras, que fueron tres casas en la plaza principal, solo ten铆an en ese segundo piso una pieza alta con un mirador peque帽o. Ah铆 empezaron a diferenciarlas; a las casas de un piso les dec铆an bajas y a las de dos, altas.
pandorgas

Podr铆a decirse que fueron los bisabuelos de los populares matachines. Como sucede ahora, era una costumbre verlos en las calles para celebrar las fiestas navide帽as. Permanec铆an enmascarados y armados de largos l谩tigos. Recorr铆an las calles al son de un tambor, e igual que ahora persegu铆an a los ni帽os formando un gran alboroto. La gran diferencia: cuando lograban atrapar a alguno, lo obligaban a persignarse de rodillas.
hora de acostarse聟

Seg煤n el cronista Jos茅 Joaqu铆n Garc铆a, hace poco m谩s de 100 a帽os en Bucaramanga se almorzaba a las nueve de la ma帽ana, se com铆a a las dos de la tarde y a las seis no pod铆a faltar la merienda. Justo despu茅s se rezaba el rosario en familia y los padres daban la bendici贸n a los hijos como una se帽al para que se fueran a la cama.

El viaje de un piano

 

A principios del siglo XIX, traer un piano a Bucaramanga desde Europa era toda una odisea. Sal铆a de Z煤rich, atravesaba el Atl谩ntico en una bodega, al mes llegaba a Puerto Colombia y de ah铆 lo sub铆an en unos de los vapores que navegaba por el r铆o Magdalena. La traves铆a, r铆o arriba, duraba dos meses, hasta que llegaba a un punto llamado Puerto Santos, muy cerca de Puerto Wilches, donde arrieros fornidos lo arrastraban hasta Bucaramanga.

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