Testigos de la historia | Noticias de santander, colombia y el Mundo | Vanguardia.com
Publicidad
Dom Dic 17 2017
24ºC
Actualizado 10:12 am

Testigos de la historia | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-01-04 05:00:00

Testigos de la historia

LA EJECUCI√ďN DE LUIS xvi¬ďCamino a la eternidad¬ĒEl 20 de enero de 1793, la Asamblea Nacional francesa conden√≥ a muerte a Luis XVI. Su ejecuci√≥n fue prevista para el d√≠a siguiente. Luis se despert√≥ a las cinco y a las ocho en punto, un ej√©rcito de 1.200 hombres a caballo escolt√≥ al ex rey en un viaje de dos horas hasta el lugar de su ejecuci√≥n. Para que lo acompa√Īara, el rey invit√≥ a Henry Essex Edgeworth, un sacerdote ingl√©s que viv√≠a en Francia, quien narr√≥ el viaje.
Testigos de la historia

¬ďEl rey estaba ensimismado en su carruaje, en el cual no le pod√≠a hablar ni que me hablara. El rey mantuvo un profundo silencio. Le present√© mi Biblia, que es lo √ļnico que llevo siempre conmigo y pareci√≥ aceptar con placer los salmos que yo hab√≠a escogido para su situaci√≥n. Parec√≠a ansioso, debo decirlo, pero sin embargo recit√≥ los versos atentamente conmigo.

Los soldados, sin hablar, parecían confundidos y sorprendidos de la tranquila religiosidad de su monarca a quien sin duda, antes, no habían visto tan de cerca.

La procesión duró casi dos horas. En las calles se alineaban los ciudadanos, todos armados, algunos con palos y otros con armas de fuego y el carruaje pronto fue rodeado por un grupo de los más desesperados del país.

Como precauci√≥n se hab√≠an colocado tambores delante de los caballos para acallar cualquier murmullo a favor del rey, pero¬Ö ¬Ņsuceder√≠a acaso? Nadie parec√≠a querer hacerlo y en todo caso, en las puertas y ventanas, en las calles, se habr√≠a confundido (cualquier aclamaci√≥n) con la cantidad de hombres desesperados que se aglutinaban al paso del rey. El carruaje continu√≥, por lo tanto, en silencio, hasta la Plaza de Luis XV y se detuvo en medio de un espacio destinado para la ejecuci√≥n.

Parte de este espacio estaba rodeado por un cami√≥n y m√°s all√°, una multitud armada que se extend√≠a a lo largo de lo que el ojo alcanzaba a abarcar. Tan pronto el carruaje se detuvo, el rey se volvi√≥ hacia m√≠ y me susurr√≥: ¬ďllegamos, si no me equivoco¬Ē. Mi silencio respondi√≥ que hab√≠amos llegado (¬Ö). Tan pronto como el rey baj√≥ del carruaje un grupo de soldados se acerc√≥ a √©l con el fin de desnudarlo, y lo habr√≠an hecho si el rey no los hubiera rechazado con altaner√≠a. Se desnud√≥ a si mismo. Los guardias, que parec√≠an desconcertados con los gestos del rey, parecieron recuperar su audacia. Se acercaron para atraparlo por las manos, pero el rey se resisti√≥ y pregunt√≥: ¬ď¬Ņqu√© est√°n haciendo?¬Ē. ¬ďTenemos que obligarlo¬Ē, respondi√≥ uno de los desgraciados. ¬ďHagan lo que tengan que hacer, pero nunca podr√°n obligarme a m√≠ a nada¬Ē, respondi√≥ el rey¬Ē.

LA MUERTE DE MATA HARI
¬ďEstoy lista¬Ē

Margaretha Geertruida Zelle (Leeuwarden, Países Bajos, 7 de agosto de 1876 - 15 de octubre de 1917), fue una famosa bailarina de striptease, condenada a muerte por espionaje y ejecutada durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

La leyenda sostiene que el pelotón de fusilamiento fue vendado para no sucumbir a sus encantos. Lanzó un beso de despedida a sus ejecutores y sólo acertaron 4 disparos de los 12 hombres que conformaban el pelotón, uno de ellos en el corazón, que le causó la muerte instantánea.
Henry Gales fue un periodista británico que escribió sobre la ejecución. Empieza a narrar su historia desde el momento en que Mata Hari se levantó en la madrugada del 15 de octubre. Ella le pidió clemencia al presidente francés y este periodista narra la expectativa que la respuesta del primer mandatario desató alrededor de quienes estaban junto a Mata Hari.

¬ďLa primera respuesta que recibi√≥ a su petici√≥n fue que esta hab√≠a sido negada. En ese momento ella era conducida desde su celda en la prisi√≥n de Saint-Lazare, donde un autom√≥vil la esperaba para llevarla al cuartel donde estaba listo el pelot√≥n de fusilamiento.

Mata Hari nunca tuvo voluntad de hierro. El padre Arbaux y dos hermanas de la caridad la acompa√Īaban en su celda, as√≠ como el Capit√°n Bouchardon.¬† Maitre Clunet, su abogado, entr√≥ cuando ella a√ļn estaba durmiendo, placenteramente, inalterable. Se pod√≠a observar su tranquilidad, su calma.
Las hermanas la sacudieron ligeramente para despertarla. Una de ellas le dijo: ¬ďtu hora ha llegado¬Ē.

¬ď¬ŅPuedo escribir dos cartas?¬Ē, fue todo lo que pregunt√≥. El Capit√°n Bouchardon asinti√≥ y le trajo pluma, tinta, papel y sobres. Ella se sent√≥ en el borde de la cama y escribi√≥ con prisa febril. Las entreg√≥ a su abogado. Se puso sus zapatos altos y los at√≥ con cintas de seda a su pantorrilla. Un poco grotesco, dadas las circunstancias.

Se levantó y de un gancho que estaba frente a la cama tomó su largo manto de terciopelo, con pieles colgando desde el cuello hasta su espalda. Colocó su manto sobre el kimono que usaba sobre su camisón.

Su exquisito cabello negro estaba todavía enrollado en trenzas sobre su cabeza. Se puso un gran sombrero negro de alas amplias de fieltro negro y cinta. Lentamente, al parecer con indiferencia, se puso un par de guantes de seda negra. Luego dijo con calma: Estoy lista.

El carro corri√≥ velozmente a trav√©s del coraz√≥n de la ciudad, que a√ļn estaba dormida. Eran apenas las cinco de la ma√Īana y el sol no hab√≠a salido totalmente.
El recorrido por París finalizó una vez que el carro estuvo en la Caserne de Vincennes, antigua fortaleza invadida por los alemanes en 1870.

Las tropas ya estaban listas para la ejecuci√≥n (¬Ö) Mientras el padre hablaba con la mujer condenada, un oficial se acerc√≥, llevando una tela blanca. ¬ďLa venda¬Ē, susurr√≥.

- ¬ŅDebo usar esto?
- Si usted lo prefiere no, se√Īora, no hay diferencia.
Mata Hari no fue obligada, no le vendaron los ojos. Ella miraba a su verdugos mientras el padre le hablaba, hasta que el abogado y las monjas lo alejaron de ella¬Ē. ¬†

lA CA√ćDA DE WALL STREET EN 1929
¬ďVerdadero p√°nico¬Ē

La Gran Depresión que empezó en 1929 y se extendió hasta 1932 fue una cadena de errores que estalló con la quiebra de la bolsa de Nueva York, el primer eslabón.

La catástrofe financiera originó un descenso de la actividad económica y de las inversiones de los EE.UU., lo que dio a la crisis un matiz mundial.
Jonathan Leonard fue un reportero que estuvo en la escena de Wall Street cuando la bolsa de valores cay√≥. En esta historia narra lo que sucedi√≥ despu√©s del famoso ¬ĎJueves Negro¬í.

¬ďEse s√°bado y domingo el rumor de la sorpresa corr√≠a junto con las actividades diarias de la bolsa. En los grandes edificios los empleados luchaban por mantenerse despiertos, tratando de conseguir siquiera a un √ļnico comprador que los salvara de la terrible apertura del lunes.

Horrorizados, los corredores de bolsa veían como las solicitudes de venta de las acciones se acumulaban una tras otra. No fue una inundación, fue un diluvio.
El lunes, el sistema financiero cay√≥ derrotado, a√ļn cuando se pensaba que todav√≠a estaba ¬ďen guardia¬Ē por si alguna compra de acciones se presentaba.
Si acaso sucedió esta supuesta compra, lo cual resulta muy dudoso, de cualquier manera, el mercado no le prestó atención.

Peri√≥dicamente circulaban noticias que se√Īalaban que los bancos lograr√≠an revertir la situaci√≥n, tal como hab√≠a pasado el jueves, pero no fue as√≠. M√°s bien, un cierto cinismo se apoderaba de las salas de junta de las grandes compa√Ī√≠as.

Obviamente, los grandes pulpos financieros hab√≠an abandonado el mercado a su suerte, interesados seguramente en recoger las migajas del naufragio. Un empleado cualquiera dijo: ¬ďmuy bien, yo voy a hacer lo mismo¬Ē.

Cuando el mercado cerró finalmente, 9’212.800 acciones habían sido vendidas.
La lista de accionistas mostr√≥ alarmantes p√©rdidas y las pocas esperanzas que a√ļn guardaban los inversionistas, estaban en manos de los pocos especuladores que a√ļn se animaban a nadar en medio de la tormenta.

Esa noche, Wall Street se asemejaba a la noche de Navidad. Los restaurantes, las peluquerías y los negocios ambulantes estaban abiertos y haciendo, claro, un gran negocio.

Los ni√Īos sin hogar y los mensajeros en bicicleta invadieron las calles para jugar a la pelota y para cantar a todo pulm√≥n.
Algunos bien vestidos colegas de la bolsa se quedaron dormidos en la banca del parque donde almorzaron a medio día.

Todos los hoteles, las casas de huéspedes e incluso los moteles estaban llenos de empleados financieros que estaban acostumbrados a dormir en el Bronx.
Esa noche fue, probablemente, la peor de Wall Street. Y no s√≥lo porque el d√≠a hab√≠a sido malo, sino porque hasta el m√°s insignificante empleado de la bolsa sab√≠a lo que suceder√≠a al d√≠a siguiente¬Ē.

EN un campo de concentración
¬ďExtra√Īamente inofensivo¬Ē

El campo de concentraci√≥n de Maidanek fue establecido por los nazis en 1941 poco despu√©s de su conquista de Polonia. El prop√≥sito principal era el exterminio r√°pido de los reci√©n llegados (en su mayor√≠a jud√≠os) tra√≠dos desde diversos pa√≠ses, entre ellos Checoslovaquia, Francia, Austria y Holanda. La mayor√≠a de las v√≠ctimas, sin embargo, eran de la propia Polonia. Se estima que 1,5 millones de personas murieron en el campamento durante sus tres a√Īos de funcionamiento.

Las tropas soviéticas entraron en el campamento en julio de 1944.  Una semana más tarde, Alexander Werth se unió a un grupo de colegas periodistas en una visita guiada a las instalaciones.

¬ďMi primera reacci√≥n a Maidanek fue un sentimiento de sorpresa. Me hab√≠a imaginado algo terrible y siniestro, m√°s all√° de las palabras. No fue nada parecido. Era extra√Īamente inofensivo desde afuera. ¬ď¬ŅEs esto?¬Ē, fue lo primero que pregunt√© cuando vi la zona. Detr√°s de nosotros estaba el horizonte y se ve√≠an las torres de Lublin. Hab√≠a mucho polvo en el camino y la hierba era mate, de color gris-verdoso. El campamento estaba separado de la carretera por un par de alambradas, pero no parec√≠a siniestro. El lugar es grande; como toda una ciudad en un cuartel pintado de un agradable verde. Hab√≠a muchas personas entre soldados y civiles. Un centinela polaco abri√≥ la puerta de alambre de p√ļas para que los autom√≥viles pudieran atravesar la calle principal. Hab√≠a soldados a ambos lados del camino. Me sorprendi√≥ ver una barraca marcada con la frase Mala und Desinfektion II. ¬ďEsto¬Ē, dijo alguien, ¬ďfue escrito porque un gran n√ļmero de los que llegaron al campamento fueron tra√≠dos para eso¬Ē.

As√≠ que este fue el lugar a d√≥nde fueron expulsados. ¬ŅAlguno de ellos sospech√≥, mientras se duchaba despu√©s de un largo viaje, lo que suceder√≠a unos minutos m√°s tarde? De todos modos, despu√©s de la ducha se les pidi√≥ que entraran en la habitaci√≥n de al lado. En ese momento, incluso los m√°s inocentes debieron haber desconfiado. La ¬ďhabitaci√≥n de al lado¬Ē era una serie de estructuras de hormig√≥n que no ten√≠an ventanas. Una vez las personas estaban desnudas fueron forzadas a entrar en estos cuartos de hormig√≥n oscuro ¬Ėde unos cinco metros cuadrados-. Cada cuarto era ocupado por 200 o 250 personas. Estaban completamente a oscuras, a excepci√≥n de una peque√Īa luz en el techo.

De esta manera, el proceso de gasificaci√≥n comenz√≥. Se bombeaba aire caliente desde el techo que hac√≠a que se derrumbaran los azulejos de los cristales de la ducha. El aire h√ļmedo se evaporaba r√°pidamente. En cualquier caso, entre dos y diez minutos todo el mundo estaba muerto.

Había seis cuartos especiales -las cámaras de gas- uno al lado del otro. Cerca de dos mil personas podrían ser eliminadas aquí a un mismo tiempo, dijo uno de los guías.

Pero, ¬Ņqu√© pensamientos pasaron por la mente de estas personas durante los primeros minutos mientras que los cristales estaban cayendo?, ¬Ņacaso alguien podr√≠a creer que este humillante proceso de ser apresado en un cuarto, de pie y desnudo, frotando la espalda con otras personas, ten√≠a algo que ver con desinfecci√≥n?¬Ē.

 

 

Publicada por
Contactar al periodista
Publicidad
Publicidad
Publicidad