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Cuando las cañas se vuelven lanzas | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2008-10-06 21:47:29

Cuando las cañas se vuelven lanzas

Los amigos se reunían para departir. Cuando tenían algún punto de vista distinto, todo se resolvía con caballerosidad. Participaban los nobles, engalanados con un ritual preciso que le apostaba a esquivar a la persona que estaba al frente, pero con gallardía.
Cuando las cañas se vuelven lanzas

La gente que tenza sus diferencias, por algún asunto en especial, se miraba cara a cara, se decía lo que pensaba del otro... ¡y listo!
Lo llamaban ‘Juego de Cañas’.

La fiesta, que tomó auge siglos atrás, tenía una particularidad: enfrentaba a los amigos, pero todos ganaban por una sencilla razón: el respeto primaba.

Lo que más impactaba era que, a pesar de que las cañas que portaba cada competidor eran palos de madera en cuya extremidad se veían puntas afiladas y puntiagudas, nunca se presentaban heridos.

La estrategia fue dada a conocer como el mejor ejemplo de la sana discusión.

¿Por qué?

Porque las controversias y, en general, las polémicas se daban en medio de un ambiente de sana competencia.

No se le daban largas al asunto, porque la moraleja del juego era clara: había que saber pelear, o mejor, se debía saber discutir.

Discutir no es malo, lo que puede ser peligrosa es la forma como lo hacemos. No es imponerse al otro con ofensas.

Es sólo un debate en donde se intercambian maneras de ver la vida.

¿No le ha pasado que, en ciertas ocasiones, cuando tiene un punto de vista contrario con alguien, usted intenta por todos los medios de convencerlo?
A veces es tal su insistencia que termina gritando a la persona. Es más, hasta la ofende e incluso siente deseos de golpearla.

¡Las cosas no son así!

Por muy seguro que esté de lo que dice y piensa, es necesario escuchar la verdad del otro.

Los argumentos tienen un ‘ser’, un ‘parecer’ y un ‘de pronto’. Y aunque no lo crea, es el ‘de pronto’ el que nos permite bajar la guardia y escuchar.
No podemos decirle al otro: “Mucho bruto”, “¿Qué le pasa?” “¿Usted qué se ha creído?”.

Las posiciones que tenemos se deben compartir, nunca se gritan. El jefe no debe hacer eso con su subordinado, el novio no puede llegar a ese extremo con su pareja y ni siquiera alguien puede golpear a su hijo, por muy necio que él sea.

En una discusión no hay un vencedor ni un perdedor, todos ganan; tal como ocurría con el ‘Juego de Cañas’ del pasado.

No es usted el que está puesto en duda, sino su idea. Eso se debe tener claro para no ofender ni agredir a las personas. Podemos ser “duros con los argumentos, pero suaves con las personas”.

Cuántos problemas y situaciones incómodas nos evitaríamos, si aprendiéramos el ‘Juego de Cañas’. Sin embargo, por nuestra forma testaruda de pensar, casi siempre esas ‘cañas’ se vuelven ‘lanzas’.

La historia del sargento

Durante una guerra, el sargento de una pequeña compañía de soldados estaba dándoles órdenes a sus subordinados para transportar una viga muy pesada que trataban de mover, para completar algunos trabajos militares.

El peso era casi superior a sus fuerzas, y la voz del militar se oía a menudo gritando:

- ¡Alcen!, ¡alcen!, ¿qué les pasa? ¿no desayunaron hoy? ¡vamos con fuerza!

Un caballero sin uniforme militar, pasaba por allí y preguntó al que mandaba, ¿por qué él mismo no les ayudaba un poquito?

Este atónito y volviéndose con toda la majestad de un emperador hacia el caballero, dijo

- Señor, ¡yo soy el sargento!

- ¿De veras lo es usted? yo no sabía- replicó el desconocido.

Y quitándose el sombrero le hizo un saludo, diciendo:

- Perdone usted, señor sargento.

Y diciendo empezó a ayudar a los soldados en su pesada tarea hasta que las gotas de sudor corrían por su frente. Y cuando la viga fue por fin levantada, se dirigió hacia el ‘gran hombre’ y le dijo:

- “Señor sargento: cuando usted vuelva a tener un trabajo como éste y no tenga suficientes hombres, mande por su General, y yo vendré con mucho gusto y le ayudaré en una segunda ocasión”.

Una plegaria

Señor: aleje de mi la rabia por las cosas que no puedo cambiar y por las personas que quieren hacerme sufrir. Permítame renunciar a los resquemores y a los sentimientos de venganza, porque no conducen a nada bueno.

Quiero que me ayude a desplazar de mí toda repulsión contra los que me incomodan.

El sargento se quedó desconcertado cuando escuchó esas palabras. De inmediato comprendió que el oficial que le había dado esta lección, era el mismísimo General del Ejército.

sabía usted que...
es más fácil estar de buen humor que discutir y enfadarse?
Lo ideal es seguir siendo como somos y utilizar siempre que podamos la franqueza y la amabilidad.

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