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Yuri sí sabe lo que cuesta ser pobre | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-01-25 05:00:00

Yuri sí sabe lo que cuesta ser pobre

La pobreza tiene callo. Y uno bien grueso. Porque uno pensaría que Yuri Pacheco, quien habla con su vecina sentada en un sillón destartalado en medio de la penumbra de una calle en el nororiente de Barrancabermeja, descansa luego de trabajar durante 10 horas como ayudante de cocina en un restaurante popular del Puerto Petrolero. Y que ‘coge’ aire para sacudirse el bochorno.
Yuri sí sabe lo que cuesta ser pobre

Pero no. Ahí sentada, Yuri engaña al sueño porque tiene miedo de entrar al rancho prestado donde vive y encontrarse, a la luz de la vela, con cualquier cosa que le recuerde al bebé que perdió hace tan solo diez días.

A las 8 de la noche, la polvareda que envuelve las calles del barrio 22 de marzo se mezcla con la oscuridad. No hay alumbrado público. Los hijos de Yuri, ahora seis, todos pequeños, también están en la calle. Ellos, más los diez hijos de su vecina, se enredan en las piernas de las mujeres y abren sus ojotes cuando Yuri nombra al niño muerto.

Todos saben lo que pasó. Todos fueron testigos. Pero ella no. Llegó tarde. Ni su patrona fue capaz de decirle que el niño había dejado de respirar.
Yuri saca una carpeta plástica y muestra uno a uno los registros médicos del niño, que certifican que hace tan sólo un mes había sido hospitalizado porque sufría de neumonía crónica. Saca el carné de vacunación y otro donde por última vez se registró su peso.
“Eso fue en junio (2008). Pesaba 8.4 kilogramos y medía 70 centímetros”, dice.

Esta mujer nacida en Barrancabermeja, que vivió la mayor parte en Arenal (Bolívar), de donde salió desplazada por amenazas de muerte hace seis años, está decidida a demostrar que la pobreza, esa que la obliga a permanecer todo el día alejada de sus hijos mientras su vecina generosamente cuida que no se pierdan entre las calles del asentamiento donde viven, no tiene nada qué ver con el abandono.

Ella afirma que no puede haber sido en vano ser vendedora de papas rellenas y empanadas, mesera de cantina y luego administradora, y haber “tirado rula en las fincas”. Tampoco puede ser equivocada su decisión de quedarse sola luego de soportar insultos y agresiones.

“Decidí no tener más recuerdos como éste”, dice, mientras mueve uno de sus dedos de la mano como si fuera una marioneta. Su hijo mayor, Jesús, asiente con la cabeza.

Sí. Yuri Pacheco está blindada contra la pobreza, por eso no se queja de vivir en un rancho prestado, arrimada, desde que se convirtió en desplazada. Tampoco de su trabajo como cocinera que le representa –“gracias a Dios”- $200 mil mensuales. “Si no fuera por eso, sí que nos hubiéramos muerto de hambre”, dice.

Su único lamento, uno que no se compara con el hambre y que se traduce en miedo y en unos goterones que bajan sin ruido por sus mejillas, es su hijo muerto.

¿Culpa de un brebaje?

“No sé porqué afirman que el niño estaba desnutrido y con anemia. Eso no me lo dijeron cuando estuvo hospitalizado. Él sí estaba enfermo, tenía fiebre y diarrea, pero hambre, que se muriera de hambre como dicen, eso no lo puedo aceptar”, afirma.

El jueves 15 de enero, su hijo llegó sin signos vitales al centro de salud del Danubio, el único con el que cuentan los habitantes de la Comuna Seis de Barrancabermeja.

El médico Armando Rico, subdirector científico de la Empresa Social del Estado Barrancabermeja, ESE,  encargada de prestar los servicios a las comunidades  más pobres de este municipio, afirma que la razón fue una broncoaspiración producida por un brebaje preparado con ajo.

“Presentó (el bebé) un cuadro de broncoaspiración (paso de líquidos o sólidos a las vías respiratorias). Minutos antes al niño le habían dado un brebaje preparado con ajo. Además tenía una anemia severa que corresponde a un cuadro de desnutrición”, explico Rico.

Es común en Barrancabermeja, como en muchas regiones de Colombia, que los niños enfermos sean llevados por sus padres para que los atienda un rezandero. Por supuesto, los rezan, pero también les recetan remedios caseros. Y el ajo es uno de ellos.

Carlos Cataño, un rezandero de 58 años que vive en el tradicional barrio Torcoroma, afirma que el ajo se receta cuando hay problemas de lombrices. “Se machaca con limón y se les da el caldo. Es para que no se les suban las lombrices y los ahoguen”, dice.

Yuri Pacheco afirma que no cree en rezanderos, que el único que cura es Dios y que a su hijo no lo llevó a rezar aunque sus vecinas le insistían que muy seguramente el niño estaba ‘ojeado’.

Según el rezandero Carlos Cataño, hay tres clases de ‘mal de ojo’; uno ‘seco’, que se manifiesta con fiebre, otro ‘bobo’ con fiebre y diarrea, y el que mata al niño en 24 horas. “Uno los reza, pero las mamás los traen cuando ya están muy malos y uno sabe que ni siquiera aguantan los rezos”, dice.

El día en que murió el hijo menor de Yuri, bien temprano, lo entregó a una de sus vecinas que se lo cuidaba por $3 mil diarios. “Tenía fiebre, le dimos medicamento, le bajó pero al medio día se volvió a calentar, también tenía diarrea y mucha tos, entonces se puso como atacado porque no podía respirar”, afirma la niñera.

Durante los siguientes 10 minutos, el desorden que genera una emergencia cobró la vida del bebé de Yuri.

Por esas calles polvorientas del barrio 22 de marzo, las mujeres corrieron con el niño en brazos y acorde a sus creencias, lo pusieron a oler sábila, le echaron alcohol y finalmente, le dieron el brebaje de ajo.

“Una señora me mandó a comprar ajo, ella machacó tres, les echo agua, les pico cebolla larga y le dio eso al niño, esa agüita”, dijo uno de los hijos de la niñera.

Finalmente lo llevaron al centro de salud más cercano, uno de los 9 que hay en Barrancabermeja para atender a la población de sus 7 comunas. Pero llegó muerto, según el dictamen médico.

Desde ahí Yuri retoma la historia. “Yo sí le vi pedazos de ajo en su boca cuando me lo entregaron en el centro de salud, pero no pueden decir que fue por llevarlo a un rezandero…”, insiste.

El centro de salud del Danubio remitió el caso al ICBF para descartar que la muerte del bebé de Yuri fue producto del abandono. “Nosotros lo reportamos como una sospecha”, afirmó Armando Rico, de la ESE.

Para esta mujer, que tuvo que realizar una colecta de $180 mil para poder enterrar a su hijo, la sentencia del abandono es el precio más alto que le han puesto a su pobreza.

Hambre oculta

Es evidente que la desnutrición fue algo adicional que complicó la salud del hijo de Yuri Pacheco. Pero el problema de fondo es la pobreza en que vive con sus hijos.

Ella se defiende diciendo que al niño no le faltaba comida, que diariamente se tomaba sus coladas y una sopa que preparaba otra de las vecinas. “Él era flaquito pero pesado, se comía todo lo que uno le ofrecía”, afirma su niñera.

“Una dieta de sopa y coladas le da al niño calorías pero como no recibía proteínas, el niño podría estar sufriendo de una desnutrición proteica”, explica Elizabeth Herrera, nutricionista infantil y docente de la Escuela de Nutrición y Dietética de la UIS.

La especialista afirmó que un niño con este cuadro unido a las condiciones de pobreza, es más propenso a sufrir de enfermedades infecciosas como la diarrea. “Las mamás creen que porque a los niños los ven gorditos están bien, pero muchas veces se trata de cuerpos con edemas (hinchazones en las piernas y en el abdomen) producidos por la complicación de enfermedades infecciosas. Un niño con estas características tiene muy pocas posibilidades de sobrevivir”, afirmó Herrera.

Según las conclusiones de la última Encuesta Nacional de la Situación Nutricional (ENSIN), que se realiza cada cinco años, los problemas alimentarios y nutricionales son más graves en los niveles 1 y 2 del Sisben, lo cual ratifica que la situación nutricional está determinada por la pobreza y la inequidad social.

Los resultados de un estudio a familias con condición de desplazamiento forzado, realizado por docentes de la Escuela de Nutrición y el Centro de Investigaciones Epidemiológicas de la UIS en Santander, muestran que las familias estudiadas gastan en alimentos en promedio 0.52% del salario mínimo legal vigente (SMLV), permitiendo sólo al 5% de ellas acceder a una Canasta Básica Alimentaria Recomendada (CBAR), que son los alimentos que cubren la necesidad de energía de una familia promedio.

“Es que los niños pueden comer pan, arroz, cereales, pero la falta de zinc, de vitamina A y de hierro, los lleva a que tengan anemia y la anemia está directamente relacionada con la desnutrición.

Pero eso Yuri Pacheco no lo sabe y tampoco podrá resolverlo con sus actuales ingresos.

 

 

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