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As√≠ vive y ve un ingl√©s la ¬ĎCiudad Bonita¬í | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-02-01 05:00:00

As√≠ vive y ve un ingl√©s la ¬ĎCiudad Bonita¬í

La primera vez que la noci√≥n de un pa√≠s con el nombre de ¬ďColombia¬Ē entr√≥ en mi consciencia, fue cuando mataron a Escobar.
As√≠ vive y ve un ingl√©s la ¬ĎCiudad Bonita¬í

Las palabras ¬ďnarcotraficante¬Ē, ¬ďsicario¬Ē y ¬ďcoca√≠na¬Ē, ni se encontraban en mi vocabulario.

Con siete a√Īos, crecido en un suburbio de Londres, Colombia representaba una tierra lejana donde los habitantes salvajes mataban a futbolistas por marcar autogoles.

La muerte de Andr√©s Escobar, jugador de la selecci√≥n colombiana de f√ļtbol, me pareci√≥ lo m√°s incre√≠ble, incomprensible y escandaloso del mundo entero. Era un pa√≠s que nunca tendr√≠a que correr el riesgo de conocer. Pero aqu√≠ estoy, en Bucaramanga. Han pasado s√≥lo tres meses de una estancia de diez y pensar en mi regreso a Inglaterra me horroriza.

En realidad, en 1994 el f√ļtbol ingl√©s ya hab√≠a experimentado muchas cosas iguales de espeluznantes, gracias al fen√≥meno del ¬ďhooliganismo¬Ē.

Tal vez sea adecuado explicar que el primer v√≠nculo fuerte que hice con Colombia, se form√≥ gracias a un bumangu√©s con quien viv√≠a en Barcelona y compart√≠a la pasi√≥n por el equipo de f√ļtbol de dicha ciudad.

Cuando mi compa√Īero me hizo patacones para una comida, supe que nuestra amistad era para toda la vida. Me enter√© de que com√≠a un pl√°tano, ¬°un pl√°tano! con mi coctel de camarones. Y qued√© pasmado. ¬ŅC√≥mo era posible convertir la fruta dulce que desayunaba todas las ma√Īanas en un acompa√Īante salado para la comida?
La curiosidad me venci√≥. En 2006, mi ¬ďpap√°¬Ē (es que el bumangu√©s me adopt√≥ y hasta hoy me llama ¬ďhijo¬Ē) me invit√≥ a pasar Navidad con su familia en Colombia, y yo no iba a dejar escapar la oportunidad de descubrir las maravillas culinarias que me esperaban.

Sin embargo, luego del viaje, lo que quedó grabado en mi cabeza no fueron las hormigas culonas, el pollo relleno, ni el jugo de zapote. Fueron dos cosas que me vinieron a la cabeza en la cena de Navidad.

Primero, lo surrealista que fue el momento: en un rinc√≥n de este pa√≠s supuestamente tan espantoso, estuvimos reunidos tranquilamente con la familia, un suizo, un italiano, una austriaca (tambi√©n invitados), y yo, ingl√©s. ¬°Nos hab√≠amos ba√Īado en la piscina el 24 de diciembre! ¬°Hac√≠a sol y calor! Y salimos hasta el amanecer. ¬ŅCu√°l peligro? Esto era el para√≠so.

Segundo: sent√≠ que esa invasi√≥n europea no le provoc√≥ ning√ļn fastidio a la familia, sino una aut√©ntica alegr√≠a. La generosidad y calidez que mostraron hacia personas que eran, en todos los sentidos, extranjeros completos, jam√°s se me olvidar√°n.

La primera colombiana que conoc√≠ fue la se√Īora que hac√≠a la limpieza en la oficina donde trabajaba en Barcelona. Me vio -un ni√Īo que sal√≠a de casa por primera vez, rodeado de gente que s√≥lo hablaba catal√°n- y en seguida me invit√≥ a comer con sus hijos y me dio su n√ļmero de tel√©fono para que la llamara si suced√≠a cualquier cosa.

Pronto me di cuenta que no había conocido dos colombianos tan amables por suerte. La gran mayoría era así.

La lista de amigos, compa√Īeros de trabajo, taxistas, meseros, funcionarios, comerciantes, vigilantes y muchos m√°s que se han tomado molestias para facilitarme la vida aqu√≠, vale un art√≠culo entero.

Prensa injusta y perezosa

La pregunta m√°s com√ļn que se me hace aqu√≠, (aparte de la habitual: ¬ďpero, ¬Ņc√≥mo carajos llega un ingl√©s a vivir en Bucaramanga?¬Ē) es: ¬ď¬Ņc√≥mo ven a Colombia en Europa?¬Ē.
En realidad, la respuesta se me hace complicada, dado que mi punto de vista es algo parcial por la cantidad de buenos momentos que me han dado aquí.

Por lo tanto, les voy a traducir unos fragmentos de mi ¬ďmuro¬Ē de Facebook, escritos por amigos europeos:
-¬ďNo seas h√©roe. Entr√©gales la plata¬Ē.
-¬ď¬ŅTodav√≠a tienes las fosas nasales intactas?¬Ē.
-¬ď¬ŅColombia? Qu√© ch√©vere, pero cuidado, ¬°que no te secuestren!¬Ē.
-¬ď¬ŅViajas a Bucaramanga en avi√≥n? ¬ŅTiene alas?¬Ē.
-¬ďG√ľev√≥n, p√°salo bien en Colombia, intenta no regresar demasiado drogadicto¬Ē.

Menos mal que la √ļnica adicci√≥n que he desarrollado aqu√≠ es al aj√≠.
Si bien la mayoría de estos mensajes fueron escritos en broma, sirven como una indicación de las asociaciones que se hacen con Colombia.
Gracias a las descripciones efusivas en la primera parte de esta crónica, se habrán dado cuenta que amo a Colombia como si fuera mi propia patria. Es indudable que el país sufre por una prensa internacional injusta y terriblemente perezosa.

En Bucaramanga, subo al bus dos veces al d√≠a para llegar y regresar del trabajo. Llego a casa y me conecto a Internet un rato. Luego salgo a tomar cerveza con un amigo y hablamos de f√ļtbol. Los fines de semana salgo de fiesta.

Mi vida cotidiana, en conclusión, es casi igual en Bucaramanga que en Londres. Tomo las mismas precauciones allá y me siento igual de seguro acá.
Sin embargo, la verdad es que, despu√©s de Andr√©s, el segundo colombiano de quien o√≠ hablar fue Pablo Escobar. Y mis √ļnicos conocimientos de Colombia eran violencia, droga y guerrilla.

¬ďLas apariencias enga√Īan¬Ē

El día que llegué al país, salí a pasear en el centro de Bogotá y apunté todo lo que veía de diferente al día anterior, cuando había salido a caminar en Londres. La lista apenas alcanzó a diez diferencias, y la mayoría tenía que ver con el estado de las calles.

Poco a poco me he dado cuenta de que sólo hace falta mirar un poco más a fondo, para comprender que sería bastante simplista concluir que la vida en Colombia es igual a la vida en Inglaterra.

En diciembre, el centro de Bucaramanga se llen√≥ de ni√Īos vendedores, algunos con menos de 10 a√Īos. Esa parte de la ciudad, que me hab√≠a encantado por el caos, empez√≥ a provocarme s√≥lo tristeza. En Inglaterra hay robos, habitantes de calle y pobreza, pero nunca he visto a ni√Īos trabajando.

Aunque lleve tres meses en Colombia y haya visitado seis ciudades, sé que mi experiencia del país está extremamente limitada.
No he ido al norte de Bucaramanga, ni he hablado con nadie de allí. He conocido a pocas personas que vayan.

Para llegar a Cabecera desde mi casa en Ca√Īaveral -dos partes de la ciudad que se parecen a ciudades estadounidenses-, tomo la autopista principal.
Hacia abajo se encuentra el barrio San Martín, pobre y peligroso. Pero no entro allí. Se puede ver sin tocar. Queda en otro mundo, oscuro.
En Cartagena, miles de turistas pasan vacaciones sin problemas, porque no salen de la ciudad amurallada y de Boca Grande.
En Bogot√°, la cosa es hasta m√°s sencilla: cuanto m√°s al norte, mejor, cuanto m√°s al sur, tenga cuidado.

Claro, en todas partes del mundo hay barrios feos y barrios bonitos, pero en Colombia son más extremos y marcados que en cualquier otro país que he visitado.
No soy ning√ļn tipo de soci√≥logo. Es que la evidencia es claramente visible si la buscas, pero invisible si prefieres no verla.

En fin, lo que m√°s me choca de Colombia es lo f√°cil que es esconderse de la realidad. Aqu√≠, me parece, las apariencias enga√Īan.

La apariencia es un tema que domina la vida en Bucaramanga de una manera que no me esperaba, y además se extiende hasta la vida social de los jóvenes.
Mi perspectiva honesta es que en Bucaramanga hay una tendencia en mucha gente de hacer cosas para aparentar, y es una ciudad donde es un desafío ser uno mismo.

En los bares y discotecas de la ciudad, la gente pone mucha atención a cómo va vestida tal persona, con quién anda aquel o, con quién se fue el otro. Ahí no encuentro el ambiente tan abierto y relajado que me atrae tanto de Colombia.

Al contrario. Lo que a m√≠ me fascina, como un europeo desesperado de escapar del consumismo y materialismo del mundo ¬ďdesarrollado¬Ē, es la capacidad de los colombianos de montar una fiesta en las situaciones m√°s improbables.

Me encanta, a pesar de mi pésimo nivel, que la gente es adicta a pararse a bailar a la hora que sea, en el lugar que sea. La mejor discoteca es al lado de un carro en una carretera desierta.

Prefiero sentarme tranquilamente en una tienda con una Club Colombia, que pagar más de lo que pagaría en Inglaterra por una cerveza importada con menos sabor.

Pero a veces, tengo la impresión de que se aspira una cultura ajena y se ignora la diversidad cultural del país.

De la misma manera, los característicos parques y las plazas del centro están desiertos y son aparentemente peligrosos en la noche, mientras que todo el mundo tiene que encontrarse en Cabecera, que se parece a cualquier ciudad anónima de cualquier país del mundo.

Tal vez esta actitud no debería sorprenderme, teniendo en cuenta la noticia reciente de que mi ex-primer ministro asesorará en política internacional a Colombia.

La pol√≠tica internacional de Tony Blair fue un fracaso total gracias a la guerra ilegal en Irak. Pero, m√°s importante, ¬Ņqu√© sabe Tony Blair de las relaciones de Colombia con Venezuela y Ecuador, por ejemplo, que no sepa un colombiano mismo?

Poco después de mi llegada, asistí a la marcha en contra de la violencia. Sólo veía una determinación fuerte de acabar con todo tipo de violencia, no importa sus autores. Concluí que esta solidaridad serviría como lección a mis compatriotas.

Sin embargo, las divisiones sociales en Colombia son mucho más extremas que en mi país, y hace falta la resolución de esta paradoja.

No obstante, cuando me vaya de aquí, no podré olvidar la calidez de la gente, la belleza del paisaje, los bailes hasta ver el amanecer, y, seguramente, estaré pesando unos 20 kilogramos más.

* Mi punto de vista es el de alguien que creci√≥ sin ning√ļn prejuicio sobre la sociedad colombiana. Mis observaciones son una reacci√≥n a lo que veo, escucho y siento como extranjero.

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