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El primer día de un interno usando tobillera electrónica | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-02-08 05:00:00

El primer día de un interno usando tobillera electrónica

Por comprar 15 discos ‘piratas’ en la calle, a Alfredo* lo esposaron, lo encarcelaron, no pudo seguir su carrera en la Policía, pagó prisión domiciliaria, se quedó sin trabajo y desde este viernes se convirtió en el primer condenado colombiano que lleva una tobillera electrónica con la que el Inpec vigila sus movimientos. Toda una historia para un joven que en diciembre pasado cumplió 23 años.
El primer día de un interno usando tobillera electrónica

Y esperando a que le instalen el sistema al que debe acostumbrarse los próximos meses, Alfredo recuerda cómo un sábado de enero de 2005, cuando apenas celebraba su cumpleaños 19, salió a unas cuadras de su casa en Valledupar para comprar discos de música salsa, vallenato y rancheras.

“Cuando regresaba, una patrulla de la Policía me pidió papeles. Me preguntaron qué llevaba en la bolsa y les mostré que eran 15 discos. Me dijeron que si sabía que eran ‘piratas’ y les dije que sí, que yo era un muchacho trabajador, pero que no tenía plata para discos de 30 mil o 40 mil pesos”, narra Alfredo un poco nervioso bajo la vigilancia de dos guardianes del Inpec en el piso 10 del edificio Dansocial.

Un piso más abajo se realizaba una rueda de prensa para el lanzamiento del sistema de vigilancia satelital para condenados con bajas penas.

Alfredo recuerda que ese sábado “los agentes me llevaron a una estación y me tuvieron once horas detenido, acusado de violación a la ley de derechos de autor”. Antes de que lo dejaran libre, le dijeron que firmara un libro de salida.

Nada pasó durante el siguiente año y medio en Valledupar. Por falta de posibilidades de trabajo se fue a Bogotá a prestar servicio en la Policía y en enero de 2007 fue aceptado para iniciar la carrera de suboficial.

“Presenté todos mis documentos y los exámenes como de dentadura y de visión, que salieron bien. El 9 de abril del 2007 quedé en la Policía Nacional. Me dieron tres meses de inducción, estuve en Facatativá, tuve más instrucción y hasta me entregaron el uniforme. Ese es mi sueño: integrar la Policía”, dice Alfredo, a quien le sorprendió que durante todo ese proceso nunca le dijeran que tenía una condena a cuatro años de cárcel.

“Un día estaba vestido con mi uniforme y me quedé en la estación la Alquería de TransMilenio en Bogotá, esperando a que dejara de llover. Tal vez porque me quedé ahí un rato, un policía me preguntó qué hacía y le dije que esperando a que no serenara tanto. Entonces me revisó que el peluqueado, que cómo estaba el uniforme y me pidió los papeles. Todo en orden. Pero cuando llamaron por Avantel para verificar mis antecedentes, salió que tenía una orden de detención. Me dijo que a quién había matado, que a quién había violado y le respondí que cómo así. Me fueron esposando y me trataron como a un delincuente”.

Lo llevaron esposado a la Fiscalía, luego a la Dijin y como no tenía antecedentes en esos sitios, lo dejaron en la estación de Policía de Paloquemao. “Me quitaron el uniforme y me dieron un pantalón de sudadera y un saco. Me tocó dormir con delincuentes en los calabozos, ver peleas y de todo durante seis días, hasta que me dieron la domiciliaria”, cuenta Alfredo casi a las carreras, porque en ese instante, hacia las 9 y 20 de la mañana de este viernes, le instalaron la tobillera en su pie derecho y se convirtió en el primer colombiano en portar un sistema que busca descongestionar las cárceles del país.

Los guardianes se lo llevaron en un carro del Inpec hasta su casa, en el norte de Bogotá. Verificaron que ingresara y se despidieron. Sus familiares lo recibieron curiosos pero callados, hasta que el primo de 11 años se atrevió: “Muestre, ¿en dónde le pusieron la manilla?”.

Les dijo que no era manilla sino tobillera. Levantó el jean azul y se bajó la media. Sus dos primas y el niño miraron y luego, como si los llamaran, se fueron al mismo tiempo a hacer el almuerzo, a barrer y el pequeño a bañarse.

16 meses sin montar en bus

“¿Que cómo me llamaron para tener esto?”, pregunta con un marcado acento costeño para continuar su relato, ya en el comedor de la casa donde lo albergan sus primos. “El martes pasado me llamó el juez noveno de ejecución de penas. Me dijo: ‘Usted es el primer privilegiado para utilizar los brazaletes electrónicos y podrá trabajar. Venga a las 11 de la mañana, yo lo autorizo para que se movilice’”.

Tras una explicación de cómo era el sistema, aceptó usarlo y dijo que podría conseguir empleo en una panadería. Informó las direcciones de su casa y del sitio donde se dedicará a amasar pan rollo, croissants y mogollas.

Acordó que desde el lunes 9 de febrero saldrá de su casa a las 6 de la mañana, en un recorrido en bus que demoraría una hora y que a las 7 ya deberá estar en su labor. A las 7 de la noche saldrá y una hora después tendrá que estar en su casa de nuevo.

Su esperanza es que sea una rutina de nueve meses, gracias a una rebaja otorgada por el juez y a otra a la que tendrá derecho por trabajar.

“Cuando me dijeron de esa posibilidad estaba muy emocionado y contento porque llevo casi 16 meses en la casa sin poder salir. Es como un año y medio sin montar en bus y al menos ya voy a poder conocer un poquito Bogotá. En todo este tiempo me la he pasado del primero al segundo piso, viendo televisión, haciendo ejercicios que me enseñaron en la Policía y como no tengo ingresos, les dije a mis primos que me dedicaba a lavar los baños y a hacer oficio para ayudarles”.

Acepta que aunque ahora con el sistema le cambiará su vida, tendrá algo de dinero para ayudar a sus familiares y que el aparato no le molesta porque no es pesado ni le aprieta, le tocará acostumbrarse porque “nunca me ha gustado usar pulseras ni nada en la piel”.

También admite que los únicos que saben de la tobillera son sus familiares cercanos, sus padres en la costa, un amigo del barrio y cuatro de la Policía y por eso no dejó que le tomaran fotos o lo grabaran, “porque entonces la gente me va a señalar y a decir: ‘Allá va un delincuente’, cuando lo único que hice fue comprar 15 discos ‘piratas’ y ¿en este país cuántas personas no tienen un cd ‘pirata’ en su casa?”.

Ni siquiera, por ahora, le va a decir a su novia, una joven bogotana que conoció navegando por Internet. “Nos encontramos chateando y nos veíamos con la cámara. Un día le dije que viniera a la casa y me visitó”.

“Hasta ahora no me ha dicho que salgamos. Siempre le digo alguna cosa: que estoy cansado, que no quiero salir y ella acepta que nos quedemos en la casa”. Y así han transcurrido tres meses, pero piensa que algún día tendrá que explicarle porqué lleva una especie de reloj en el tobillo y que no puede desprenderse de una máquina que parece una ‘panela’, un celular de los antiguos, de 10 centímetros por seis y que emite una señal.

Espera que ella lo entienda para seguir dedicándole los vallenatos que acostumbraba a cantar en las presentaciones con la orquesta de la Policía. Y que no pase lo de su anterior pareja, que se aburrió porque ni siquiera daban una vuelta por el barrio.

Una dura lección

De su futuro son muchas las preguntas, pero sí está seguro de que aprendió una dura lección. “Ha sido una vida muy linda y este es el primer tropezón del que puedo aprender: que si es tan difícil estando en la casa, cómo será para una persona que debe estar en la cárcel. Esto ha cambiado 100 por ciento mi vida”.

También –dice- tiene la certeza de que cometieron una injusticia en su caso. “Mire –dice señalando el noticiero en televisión— un tipo que mató a otra persona en el TransMilenio está ahora en la calle y yo he tenido que pasar por todo esto. La justicia de este país ha condenado a delincuentes, a gente que ha matado y a violadores, pero cómo van a condenar a una persona que ha servido a la sociedad, que es una persona buena, a cuatro años de cárcel por 15 discos. Los delincuentes son un peligro en este país y hay muchos en la calle”.

Como si fuera un nuevo juguete, Alfredo no deja de mirar la ‘panela’, a pesar de que tiene un margen de 30 metros para separarse de él. Habla con sus familiares, se mueve de un piso a otro, almuerza y hasta canta “De amor es que vivo”, una canción de despecho que compuso en sus horas de ocio. Así trata de seguir su vida normal, como si no fuera el primero en la historia del país en usar un GPS en su pie.

(*) Nombre cambiado.

 

 

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