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Mujeres a punta de aguja quieren dejar de expender drogas | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-02-22 05:00:00

Mujeres a punta de aguja quieren dejar de expender drogas

Las paredes de la casa de Mar铆a Cristina Su谩rez tienen las huellas de los impactos de bala de muchos de los enfrentamientos entre parches del norte de la ciudad. Su casa, situada al final de unos de los peque帽os callejones que separan unas cuadras de otras en el barrio La Esperanza I, hizo parte de esa guerra que contin煤a desangrando al Norte, porque all铆, a su hogar, diariamente los vagos, como ellos mismos se denominan, asist铆an en una romer铆a que no paraba para comprar bazuco.
Mujeres a punta de aguja quieren dejar de expender drogas

Pero eso ya no sucede.

Mar铆a Cristina se cans贸 de ver a sus dos hijos perderse en los efectos de los alucin贸genos, de escapar de las balas, de llorar a sus sobrinos muertos, de esconderse de las autoridades, de tener que andar encaletando la mercanc铆a ilegal que manten铆a en su casa y de visitar a su hermana en la c谩rcel durante cinco a帽os, detenida por dedicarse, como ella, a la venta de marihuana, coca铆na, 聭pepas聮 y bazuco.

Su coraz贸n tambi茅n se cans贸. Dice que lo m谩s duro es tener que velar a un hijo cuando se est谩 preso. 聯A mi hermana le pas贸. Ella vel贸 en la c谩rcel a tres de sus hijos, que eran como m铆os聰.

Esta mujer de 51 a帽os, 35 de los cuales ha vivido en La Esperanza I, tambi茅n lleva la marca de las balas en su hombro derecho y por eso su brazo cuelga sin fuerza. Tiene pendiente una cirug铆a. Cuando eso sucedi贸, hace dos a帽os, le abri贸 la puerta a uno de sus sobrinos que ven铆a escapando de una 聭plomacera聮, con tan mala suerte que una bala le pas贸 por una de las venas principales y estuvo tres d铆as inconciente.

聯Todo lo que nosotros ten铆amos lo hemos perdido聰, dice, mientras mira a su hijo mayor acostado en una cama hace 32 meses por culpa de una bala que le entr贸 por la cintura y le sali贸 por el cuello, dej谩ndolo paral铆tico.

脡l hac铆a parte del parche 聭Los Morales聮 y tambi茅n estuvo preso durante cinco a帽os por robarse el radio de un carro. 聯S铆, 茅l andaba en ese traj铆n y cuando sali贸 le hizo el reclamo a uno de los muchachos que mat贸 a uno de sus primos y le devolvieron el reclamo聰, dice.

Una lista de tragedias

Antes de vender droga, Mar铆a Cristina trabajaba para el municipio, pero eso pronto se acab贸.

聯Empezamos a trabajar para otros. Recog铆amos la mercanc铆a (la droga) y la vend铆amos en nuestra propia casa. Se ganaba plata, entre 50 mil y 100 mil pesos diarios聰, dice.

Pero as铆 como ganaba dinero, tambi茅n fue perdiendo a sus familiares. El primero fue su esposo, hace 17 a帽os, quien muri贸 sentado en su propia casa por defender a su hijo el pandillero. Le dispararon frente a una de sus hijas, que ten铆a 10 a帽os. Sin embargo, ella sigui贸. Incluso, ya viuda, Mar铆a Cristina permaneci贸 15 d铆as detenida en las instalaciones de la Sijin y a煤n as铆, continu贸.

Luego fue el otro de sus hijos, que empez贸 a consumir bazuco a los 18 a帽os y hoy deambula por las calles del barrio pidiendo dinero para poder drogarse. Uno creer铆a que tiene m谩s de 40 a帽os y s贸lo tiene 28.

聯El castigo que me ha dado la vida es ver a mi hijo convertirse en un vicioso. Ese es mi precio porque yo s茅 que nosotros les hicimos mucho da帽o a la comunidad聰, dice.

Mar铆a Cristina reconoce que su hijo le compraba la droga que luego se fumaba en la calle. 聯Ahora, cuando lo veo fumando, me quedo mir谩ndolo, se asusta, me mira y se va para otro lado聰. Y as铆 termina el asunto, porque sus palabras hace rato dejaron de importarle a su hijo y ella sabe que el da帽o es irreversible.
En su testimonio, Mar铆a Cristina siempre habla en plural refiri茅ndose a las mujeres, porque en el Norte, sobre todo en los barrios La Esperanza I y La Juventud, las mujeres han manejado el negocio de la venta de drogas.

驴Por qu茅?

Uno de los l铆deres de la comunidad, ex pandillero, explica que las mujeres son las due帽as de las casas. 聯Cuando hay allanamientos los hombres son los que van a la c谩rcel, entonces ellas consiguen otro hombre, tienen m谩s hijos聟 y la venta sigue. Son ellas las que administran el negocio聰.

Ahora empresarias

Mar铆a Cristina lleva siete a帽os sin vender droga pero no niega que la tentaci贸n del dinero f谩cil est谩 a la vuelta de la esquina. 聯Aguanten, aguanten, les digo a las mujeres, sobre todo a las m谩s j贸venes que poco creen en la posibilidad de un trabajo digno聰.

Es una forma de recordarse a s铆 misma que todo el mal ejemplo que dio como expendedora, ahora tiene que ser constructivo.

聯A m铆 el d铆a me lleg贸. Me sent茅 solita en la pieza y ped铆 con fuerza que se me abrieran las puertas. No quer铆a vender m谩s drogas y se me ocurri贸 meterme a trabajar en la campa帽a de un candidato a la gobernaci贸n de Santander聰.

As铆 empez贸 a quitarse de encima el olor dulz贸n del bazuco. Incluso los l铆deres del sector, todos antiguos pandilleros, le pidieron que reuniera a las mujeres expendedoras de drogas para proponerle al alcalde聽 -eso ocurri贸 durante la administraci贸n de Honorio Galvis- un proyecto productivo.

Y desde entonces han pasado cosas que Mar铆a Cristina nunca imagin贸.

El 16 de febrero de 2008 las visit贸 el alcalde de Bucaramanga, Fernando Vargas. 聯Ah铆 est谩bamos 20 mujeres. Todas expend铆an marihuana, pepas, perica, bazuco. Ellas no quer铆an al principio, pero yo les dije que no vivieran m谩s la vida que las m谩s viejas hemos vivido聰. Luego, el 29 de marzo, en una conmovedora ceremonia celebrada en el coliseo Edmundo Luna, cerca de 20 pandilleros se deshicieron de sus armas y las mujeres entregaron lo que ten铆an de mercanc铆a.

La jornada hizo parte de la estrategia municipal denominada 聭Bonos de Paz聮, que consiste en asignarles a los desarmados $200 mil por cada arma que le entreguen a la Polic铆a de Santander.

驴Y las mujeres expendedoras?

聯Hicimos un trato con el municipio. Nosotras dej谩bamos de vender drogas a cambio de montar una empresa de confecciones. Pero para eso ten铆amos que capacitarnos聰, dice la mujer.

La siguiente reuni贸n fue en septiembre y se defini贸 que en noviembre empezaba la capacitaci贸n a trav茅s de un convenio entre el Instituto de Empleo de Bucaramanga, Inebu, y Cajasan.

Duraron dos meses aprendiendo a confeccionar ropa infantil y el pasado 4 de febrero, las 20 mujeres ex vendedoras se drogas recibieron tal vez, el primer cart贸n en sus vidas. Y como lo planearon, crearon una cooperativa donde Mar铆a Cristina es la representante legal y una de sus hijas, la presidenta.

El cambio hasta ahora comienza para estas mujeres. Paola Carvajal, Secretaria de Desarrollo Social de Bucaramanga, explica que este programa no termina con la capacitaci贸n. 聯Durante el proceso ellas han recibido ayudas nutricionales, transporte, acompa帽amiento psicosocial a sus familiares y la posibilidad de acceder a los cr茅ditos del Banco de Todos聰.

Y ya tienen su primer contrato. Una empresa de ingenieros les pidi贸 60 camisas y est谩n por concretarse otras 100 horas de capacitaci贸n, despu茅s de las cuales, recibir谩n 16 m谩quinas que ubicar谩n en la sede de la cooperativa, en el mismo barrio donde la comunidad las vio delinquir.

Mar铆a Cristina dice que la guerra entre los parches se ha activado. Pero su vida no es tan triste como antes, aunque sigue aguantando la incertidumbre que le produce vivir en medio de las balas. Hace poco, a un nieto de su hermana que es adicto al pegante, le dieron una pu帽alada en la cara. Volvi贸 el llanto pero ella insiste en que hay que aguantar.

Saliendo del infierno

Jenny comprendi贸 el a帽o pasado que no podr铆a conseguir un trabajo digno con los moretones, producto de los golpes y viviendo en medio de un expendio de drogas. 聽聽 聽

La situaci贸n era esta: Jenny, con apenas 20 a帽os y una hija, conoci贸 a su esposo, quien con el tiempo se convirti贸 en un integrante m谩s de las pandillas del norte de la ciudad.

Qued贸 embarazada de su hija menor y viv铆a en la casa de su suegra, que no era otra cosa que un expendio de drogas en el barrio La Juventud.
聯Nos vimos por primera vez en un baile. 脡l me gust贸, parec铆a un buen hombre y aunque ten铆a amigos que no eran tan buenos, 茅l s铆 lo era. Era ingenua y me fui a vivir con 茅l muy r谩pido聰.

Jenny estaba acostumbrada a mudarse. De ni帽a, su mam谩 decidi贸 dejarla con su abuela en el barrio La Juventud para que estuviera m谩s cerca del colegio donde estudi贸 hasta s茅ptimo grado de bachillerato.

Las mudanzas siguieron yendo y viniendo en su vida. Para alejarse de las malas compa帽铆as que ya hab铆an puesto a su esposo en la mira de otros expendedores聽 -sus enemigos- se trasladaron a Floridablanca y m谩s adelante a Piedecuesta.

Pero Jenny volv铆a al infierno. Volv铆a a la casa de su suegra, en medio de la droga, que ya le hab铆a costado la vida a su hermano. Volv铆a con su esposo que hu铆a de las pandillas rivales, a los golpes, al llanto de las ni帽as.

聯Yo nunca consum铆 drogas y en un momento pens茅 que no pod铆a ver c贸mo se le acababa la vida a los ni帽os por culpa de esto聰.聽 Se fue. No pudo seguir una carrera formal pero su suegra le coment贸 del proyecto que la administraci贸n de Bucaramanga les hab铆a propuesto a las mujeres expendedoras.

Y result贸 muy buena estudiante, una de las mejores. El d铆a de su graduaci贸n pas贸 adelante, orgullosa y sin un moret贸n, porque dej贸 a su marido.

 

 

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