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La golondrina que quiere hacer verano | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-03-08 05:00:00

La golondrina que quiere hacer verano

El cáncer no se ve. Eso es lo que cualquiera pensaría al ver a Carolina Parra Isidro.  
La golondrina que quiere hacer verano

Ella definitivamente no quiere convertirse en una estadística más. No quiere seguir siendo un cuerpo enfermo y sus 18 años de edad le han alcanzado para lograrlo.

Pero ella no sólo piensa en su cáncer. Su ímpetu arrollador también alcanza para pensar en 600 niños más, todos compañeros de su infortunio.

Esta es la segunda parte de su historia. Primero tuvo que enfrentarse a la muerte, llorar de dolor, angustiarse, aprender a cultivar la esperanza, a poner su vida en las manos de otros y también a defender con agallas sus sueños.

 Eso fue lo que hizo, cuando acostada en una cama del Instituto Nacional de Cancerología en Bogotá, oyó el lamento de otros niños que se quejaban del intenso malestar que produce la quimioterapia.

“Sé mi mamá esta noche”, le decían a su mamá. Estaban solos. Ella nunca lo estuvo. Siempre se sintió como la princesa, afortunada. Contó con compañía, con apoyo. Los otros niños no. Son tan pobres que la batalla contra la muerte la enfrentan solos, mientras sus madres intentan sobrevivir a muchos kilómetros de distancia.

“Hay noches en que uno cree que se va a morir”, dice, y un niño no merece pasar por esto solo.
Tenía que hacer algo.

La realidad

Descubrieron que sufría un tipo de cáncer de hueso llamado osteosarcoma de fémur en enero de 2008, pero el dolor lo sintió desde diciembre de 2007, luego de caerse en el colegio.

A la semana todo se desató. Primero fue un dolor en la rodilla, luego una “bola en el fémur”. Vinieron las consultas. Un médico general le dijo que todo se debía al crecimiento, pero el dolor aumentaba. Entonces le hicieron una ecografía y le explicaron que tenía un hematoma que su cuerpo pronto eliminaría. No sucedió.

El dolor era tan intenso que empezó a cojear. Por eso fue al ortopedista y le hicieron rayos X que evidenciaron que en el lugar donde estaba la masa, el hueso era mucho más delgado que el resto.

Los especialistas programaron una junta médica y ofrecieron tres opciones: amputar la pierna, poner otro hueso o morir.

Quince días antes le habían amputado la pierna a una niña que llegó se Barrancabermeja con el mismo diagnóstico. Carolina se aterró. Estaba a punto de graduarse como bachiller, cumpliría 18 años. Esto no podía pasar.

Entonces decidieron enviarla a Bogotá porque en Colombia sólo hay un médico especialista en ortopedia oncológica.

A su favor estaba que ese especialista es una autoridad mundial en el tema. Pero, ¿la atendería?, ¿trabajaría con su empresa promotora de salud? ¿y si no?
Consultó en Internet. Entendió que su enfermedad afecta generalmente a los adolescentes y que la sufren más los hombres. Suspiró. ¿Sería ella la excepción?
También supo que el tumor se va comiendo el hueso.

Cuando llegó a Bogotá fue directo a buscar a Camilo Soto Montoya. Aquel de quien todos hablaban. Y sí, aceptó trabajar por destruir su cáncer.

Primero le hizo una biopsia en el Instituto Nacional de Cancerología y le ordenó dejar de apoyar la pierna porque corría el riesgo de sufrir una fractura.

A los pocos días el doctor Soto lo confirmó. Osteosarcoma. La ventaja era que el tumor sólo estaba en el fémur y no había metástasis. Tenía que someterse a ocho quimioterapias y si todo salía bien, a un transplante de fémur.

Las fracturas

Al día siguiente que Carolina regresó a Bucaramanga para empezar el tratamiento, su fémur se partió como un lápiz.

Esto agravó mucho más la situación porque no había ninguna posibilidad de realizar un transplante con un hueso que se ha roto.

Le pusieron una férula pero la pierna se arqueó. Luego vinieron las quimioterapias. En la primera el hueso pegó, lo que quería decir que el tumor estaba empezando a podrirse.

Pasaron los primeros cuatro meses y las quimioterapias la fueron debilitando. Su pierna tenía ahora un protector para el hueso, pero no podía caminar. “Hacía tanto que no me levantaba de la cama”, recuerda.

Vinieron las fisioterapias. No podía apoyar la pierna pero andaba con caminador.

Hasta ahí todo parecía funcionar. El hueso estaba en condiciones para realizar el transplante y Carolina siguió con su vida normal. No le afectaba tener que utilizar un aparato ortopédico.

Cada 23 días se sometía a una nueva quimioterapia. Su cuerpo las aceptaba de una forma asombrosa. Tampoco bajó mucho de peso y sus defensas siempre estuvieron preparadas para afrontar  al peor de los venenos.

En julio de 2008 fue su grado de bachiller y en agosto cumplió los 18. Celebró 4 días y luego viajó a Bogotá para el transplante del fémur. Estaba feliz.
El 16 de septiembre de 2008, estando en la cita previa al transplante y mientras le medían el injerto, el hueso volvió a romperse.

Fue una pequeña fractura que hizo añicos sus esperanzas.

Volvió a las quimioterapias. La quinta, la sexta. Sólo le rogaba a Dios para que el hueso pegara. De tanto leer sobre su enfermedad, Carolina sabía que tenía dos opciones: el cáncer se come a la princesa o la quimio se lo come a él y salva a la princesa.

Un fémur nuevo

En noviembre, todavía inmovilizada, regresó al Instituto para operarse. La quimioterapia mostró que sí fue pudriendo el tumor y el 1 de diciembre entró a cirugía.

Ese día estaba sola con su Doc, como le dice al doctor Camilo Soto Montoya, quien dibujó con un marcador la huella de la cirugía.
Eran las 10 de la mañana.

- “Doc, voy a perder mucha sangre…”, fue lo único que le dijo Carolina.
- “Señorita Parra, es que lo que vamos a retirar es el hueso más grande del cuerpo”, respondió el especialista.
Fue un transplante total de fémur. También le pusieron un clavo intramedular.
“Una operación mundial. Ni siquiera tuve que ir a la Unidad de Cuidados Intensivos y estuve sólo cinco días hospitalizada”.
Carolina reconoce que en ocasiones piensa que el hueso se va desmoronar. Es un viejo miedo que le dejó el cáncer. Pero ese cáncer no era ella. Definitivamente.
Con el transplante la enfermedad desapareció en un 80 por ciento; por eso tuvo que someterse a dos quimioterapias más para eliminar el 20 restante.
“Cuando tenía el tumor sentía como un animalito vivo… eso se murió. En julio ya debo estar bailando. Tema superado”, dice con una convicción que no le deja espacio a la duda.
A un niño toca hacerlo vivir como sea. En su caso todo resultó. Pero, ¿qué pasará con los otros 600 que atiende el Instituto Nacional de Cancerología?

Hay que ayudar

El piso de pediatría del Instituto tiene 26 habitaciones que siempre están llenas. Los niños esperan su turno para poder recibir las quimioterapias. Pero estos niños, por lo general están solos. Llegan desde lugares como Guainía y Vichada gracias a la ayuda humanitaria de muchas otras instituciones, exclusivamente a recibir el tratamiento.

Sus madres tienen a cargo a otros niños que no pueden abandonar.

En el Instituto, más del 90 por ciento de los pacientes están afiliados al Sisben.

Carolina lo sabía, pero entendió su dolorosa dimensión cuando ocupó una de esas habitaciones.

Su mamá y su papá, que sí podían caminar por el Instituto, le fueron contando las historias. Ella era de las pocas niñas que tenía todo.
“Ese tratamiento no es de estar solo. Hay noches en que uno cree que se va a morir. Oía cómo lloraba la niña de al lado, sola, y yo con mi mamá”.
Poco a poco se le fueron ocurriendo ideas para robarles sonrisas.

Primero intentó que una compañía de telecomunicaciones donara la instalación de canales infantiles, pero duró demasiado tiempo en el teléfono esperando una respuesta. No se rindió.
Luego, para celebrar el Día de los Niños, quiso que todos los que estaban hospitalizados recibieran regalos y convenció a su mamá para que comprara juguetes.
Y aunque Carolina regresó a Bucaramanga antes de celebrar la Navidad, se integró a la fiesta que organizaron en el Instituto, también con regalos. Esta vez lo hizo con libros para colorear que entregaron a los 600 niños que atiende el Instituto.

Pero tenía que hacer más. Por eso decidió que con la ayuda de sus amigos podía conseguir donaciones. Se los contó por medio de un mensaje en Facebook, que empezó a circular como una cadena.

Su mamá también lo reenvió y entre los destinatarios estaba Jairo Martínez, un columnista de este diario quien no dudó en publicar la nota que tituló: Ayudemos a los ángeles.

La respuesta sorprendió a Carolina. Reunió cerca de 300 prendas, 12 juegos de mesa, útiles escolares y también dinero que invirtió en cepillos de dientes.
Todo lo empacó en siete bolsas gigantes de color fosforescente, porque quería que los niños se alegraran cuando las vieran.
Y lo logró. Ella misma las entregó el 23 de febrero.  

APARTES DEL MENSAJE

“Hola niños: ¡Por favor ayúdenme!, hay niños que sufrimos de cáncer pero, a diferencia mía, muchos no tienen nada. Niños, aunque no lo crean, nosotros somos muy afortunados porque conseguimos ¡todo lo que queremos! Por favor ayudemos para que muchos de los niños que luchan por sus vidas, tengan en sus caras una sonrisa de alegría”.

“Niños, el cáncer es una enfermedad muy dolorosa y más para niños entre los 2-14 años, pero aparte de dolorosa, ¡es muy costosa! Si me quieren ayudar se los agradeceré de corazón y si no lo comprenderé, pero sólo les digo una cosa: ayuden a las personas cuando estén vivas porque después de que se hayan ido, ¡ya no se puede hacer nada!”.

 

 

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