La magia del sabor suizo en territorio santandereano | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-03-29 05:00:00

La magia del sabor suizo en territorio santandereano

En 1953 cuando Karl Niederbacher recibió su título como pastelero en Suiza, no se imaginaba que su futuro profesional estaría en Colombia y mucho menos en Bucaramanga. Lo que si sabía es que su amor por los animales lo llevaría a conocer alguna vez el Amazonas colombiano.
La magia del sabor suizo en territorio santandereano

Desde muy joven, Don Carlos, como lo llaman las personas más cercanas, mostró gran interés por la pastelería, especialmente por los trabajos de decoración. Fue precisamente este arte el que le dio varias posibilidades laborales en su país.

“Este es un trabajo en el que más que conocer una receta, se necesita amar lo que se hace. A pesar de que parece un trabajo mecánico, es un arte y se debe practicar con amor”, dice Don Carlos.

Un día, mientras trabajaba en una pastelería Suiza, sacó un poco de tiempo para mirar una revista de pastelería muy tradicional en su país.

“Allí encontré una opción de trabajo en una pastelería en Medellín, e inmediatamente me puse en contacto con ellos. Intercambiamos correspondencia y la oferta me pareció muy buena. El dueño de la pastelería quería que viajara por avión, pero yo pedí que fuera en barco porque quería hacer el recorrido por Italia, España, Tenerife, Caracas y finalmente llegar a Cartagena”, recuerda el empresario.

A pesar de que no hablaba español, antes de salir de su país, compró un libro que se dedicó a leer durante los 18 días del viaje. Así logró llegar a Colombia y “mediodefenderse con el idioma” y se apoyaba en su nuevo jefe quien había llegado hacía varios años de Suiza.

Primeras sorpresas

Una de las primeras sorpresas que se llevó a su llegada a Colombia fue el salario que iba a recibir. Y no precisamente porque no se lo hubieran dicho con anticipación, sino por una confusión en los signos de la moneda.

“El ofrecimiento era una cifra acompañada de este signo “$”. En Europa no se tenía idea de que ese signo era utilizado para una moneda diferente al dólar. Yo pensé que iba a venir a ganar en dólares, pero en realidad sólo iba a ganar un poco más del salario mínimo y tenía que trabajar jornadas de más de 12 horas”, cuenta Don Carlos.

Sin embargo, esto no fue obstáculo para que el joven pastelero siguiera con su propósito de radicarse en Colombia.

Pasos de independencia

A pesar de que su salario alcanzaba estrictamente para lo necesario, Don Carlos ahorraba mensualmente para ir en sus días libres a conocer a Colombia.

“A la pastelería de Medellín iban muchas personas de Bucaramanga que me decían que acá no se encontraban productos tan ricos. Fue cuando decidí venir un fin de semana a conocer la ciudad y su gente, su clima, sus paisajes, me enamoraron y decidí empezar mi propia empresa acá.

En septiembre de 1962, en un local de la carrera 17 entre calles 36 y 37, nació la pastelería Berna. “Yo quería un nombre fácil de pronunciar y como en el país ya había muchas pastelerías Suizas, yo decidí que fuera Berna”.

A Bucaramanga llegó con su esposa antioqueña y junto a ella y dos empleadas más comenzaron el negocio.

“Eran jornadas súperextensas, y a medida que pasaban los días, más personas conocían los productos y la demanda fue creciendo rápidamente”.

A los seis meses ya fue necesario empezar a ampliar la planta de empleadas pues, para fechas especiales, tenían que trabajar hasta las 4 de la mañana.
“La calidad de los productos era la encargada de hacerle propaganda”, dice.

Hans, su hijo mayor, que apenas tenía 10 años, le pidió que le fabricara un cajón de madera para salir a vender los pasteles, y también así los vecinos del sector fueron enamorándose del maravilloso sabor de sus productos.

Cambio forzado

Luego de 12 años, cuando ya prácticamente se habían posicionado en el mercado, los dueños del local donde funcionaba se lo pidieron, pues en su lugar se construiría un nuevo centro comercial.

“Fue un golpe duro e inesperado que me dejó un poco desubicado. Pero gracias a Dios uno de mis clientes me ofreció comprar la casa en la que hoy funcionamos. Fue como un ángel para la empresa, y poco a poco nos reubicamos. Pensábamos que por ser un área de bancos iba a ser complicado tener clientela, pero por el contrario, los clientes aumentaron demasiado, tanto que llegamos a tener 40 empleados.

Ya reubicado y con la tranquilidad de que su negocio seguiría el rumbo ascendente con el que venía, don Carlos viajó a Suiza de donde, además de traer nuevas recetas, trajo la idea de remodelar la fachada de su negocio al mejor estilo de los chalets suizos.

“Como yo tenía la idea en mi cabeza, estuve muy metido en la remodelación. En esa época fui albañil, arquitecto, pastelero, administrador…hacía de todo porque quería que mi pastelería fuera única”, asegura el empresario.

En 1975, ya su pastelería estaba lista y su nueva fachada causó una gran impresión entre los clientes, lo que hizo que sus ventas aumentaran.

En 1992 hubo una nueva reforma y como en las anteriores oportunidades, él estuvo al frente de cada detalle para que nada saliera mal. Incluso cada detalle de la fuente que se encuentra en la mitad de la sala de onces de su pastelería, fue construida por él.

Ampliando su horizonte

En 2001, cuando la economía se encontraba pasando por una difícil situación, las ventas cayeron un poco, pero don Carlos se rehusaba a tener que despedir a sus empleadas, pues después de tantos años de trabajo ya eran parte de su familia.

“Fue entonces cuando decidimos abrir la sede de cabecera, para allá trasladamos a cinco de nuestros empleados y habilitamos un salón de onces, que se ha convertido en el sitio preferido de las señoras para pasar las tardes con sus amigas.

Hace menos de seis meses y por iniciativa de sus hijos Marlies y Carlos André, fruto de su segundo matrimonio, se abrió la sucursal en Cañaveral, con el fin de atender los clientes del sur de la ciudad.

“Ha sido muy satisfactorio ver crecer mi empresa. Ahora mis dos hijos atienden la sede de Cañaveral y yo estoy con mi esposa Nubia en el centro, coordinando también Cabecera. Estoy muy orgulloso de ver lo que hoy en día es mi empresa y de ver que mi familia está reunida en torno a ella”, dice Don Carlos.

Y a pesar de que no existen más proyectos para expandirse en otros municipios, Don Carlos tiene muy claro que “seguiré trabajando para endulzar día tras día los paladares santandereanos por muchos años más, y dándole gracias a Dios por mi trabajo y mi familia”, dice este empresario con una sonrisa en su rostro, que refleja la satisfacción de un trabajo hecho con alegría, perseverancia y amor.

 

 

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