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Los rostros del secuestro | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-04-26 05:00:00

Los rostros del secuestro

Mientras el país sigue debatiendo las recientes cifras sobre el número real de secuestrados que según Fondelibertad es de 125, un número igual de familias lucha cada día para no perder la esperanza de tener muy pronto a sus seres queridos de vuelta a casa.
Los rostros del secuestro

Más allá de si son 2.800 ó 125 los afectados por este drama, el flagelo del secuestro es el mismo. La incertidumbre de no saber nada sobre el paradero de un familiar, aseguran quienes viven el problema, “es como permanecer muerto en vida”.

Es por esta razón que en el informe presentado por la entidad gubernamental se insiste en la necesidad de no hablar más de cifras y en cambio mostrar el rostro de la tragedia, pensar en la persona.

Esta es apenas una de las 125 historias que evidencian el drama nacional en el que se convirtió el secuestro.

“Con fe y esperanza, él tiene que estar vivo”

Faltándole 15 días para regresar a su trabajo en el Ejército, luego de una incapacidad de 20 por una lesión en la rodilla, el sargento Mario Aníbal Bautista decidió viajar de Puerto Boyacá (Boyacá) –lugar donde prestaba servicio- hacia Medellín para visitar a sus dos hijas. Fue un viaje sin regreso.

Así lo describe Gladys Bautista, su hermana, quien ha tenido que padecer en carne propia el secuestro o la desaparición –no lo ha podido definir aún- de su único hermano varón.

El último día que supieron de él fue el 14 de marzo de 1997, fecha en que según testigos, Mario Aníbal fue bajado de un bus por hombres encapuchados en la vía que de Puerto Boyacá (Caldas) conduce a la capital antioqueña.

Desde ese momento jamás se volvió a saber de su paradero. Durante los 12 años que ya completa su desaparición la familia jamás ha recibido una sola prueba de supervivencia.

El único rastro que se logró encontrar fue su carro, el cual apareció abandonado en un taller de mecánica en Puerto Boyacá; según uno de los trabajadores del lugar, el uniformado lo dejó para que fuera reparado y decidió ir hacia Medellín en bus.

“Mis hermanas encontraron el carro y averiguaron unas cuantas cosas pero jamás hemos tenido noticia de él. Ni un video, ni una llamada, ni una sola prueba de supervivencia. Él registra como desaparecido”, recuerda con tristeza la señora Gladys, mientras detalla una foto de su hermano.

A partir de ese día comenzó la batalla para la familia Bautista. “Puse el caso en conocimiento de la Fiscalía. He estado en un lado y en otro, he ido a País Libre, he regado miles de fotos de él y nunca se ha sabido nada (…) incluso intenté hablar con el señor Presidente, pero no hay respuesta”, cuenta.
 
Mientras alista el termo donde lleva el tinto que vende en el paradero de buses de Facatativá (Cundinamarca), Gladys asegura que es otra después de la desaparición de su hermano.

A veces no es capaz de contener las lágrimas y comienza en la inevitable búsqueda de culpables. “Nadie nos da razón. Somos víctimas de un conflicto que no entendemos y que no sólo afecta al secuestrado, también hace daño a sus familias”.

Hasta ahora el Ejército no les ha dado ninguna solución. Gladys relata que en un comienzo la institución atribuyó la ausencia del Sargento a una deserción.
“Si fuera así, ¿por qué en 12 años nunca lo han podido encontrar?”, se pregunta la mujer, quien agrega que si su hermano se hubiera escapado del Ejército, ya se habría comunicado con la familia.

No obstante por concepto de sueldos las Fuerzas Militares entregaron a las hijas de Mario Aníbal una suma de 24 millones de pesos para sus necesidades.
Ni el paso del tiempo, ni el misterio que envuelve la ausencia de su hermano, hace desaparecer el optimismo de la mujer.

“Cuando pienso en que quizás está muerto, vuelvo a la realidad y digo que no, que con fe y esperanza en mi Dios él tiene que estar vivo en algún lugar de Colombia”, dice con firmeza la mujer, quien no ha escatimado esfuerzos por traer de regreso a Mario.

Asegura que ha sido la más constante en la búsqueda del uniformado; su madre, de 73 años de edad y vendedora de rosas también en Facatativá, “ya no posee la vitalidad y la salud” de antes y por ello le encomendó el regreso de su hijo a ella.

El próximo 5 de mayo Mario Aníbal Bautista cumplirá 45 años de edad; su familia lo seguirá celebrando –como no lo han dejado de hacer durante estos 12 años- con la esperanza de que sea el último lejos de casa.

“No puedo dejar de imaginar el día en que entre por la puerta; eso será, estoy segura, como si volviera a nacer”, dice entre lágrimas la mujer.

“Olvidar el secuestro es imposible”

Pero quienes piensan que el drama del secuestro termina con la liberación están equivocados. En muchas ocasiones el reencuentro con la vida exterior puede ser igual o más traumático que el cautiverio. La siguiente historia es un ejemplo de ello:El sonido de los aviones que bombardearon su campamento, así como la agonía de no conocer a su primera hija, quien nació mientras él se encontraba en cautiverio, son algunas de las cosas que Jhon Freddy Díaz no ha podido olvidar de sus tres años de secuestro.

Díaz fue privado de la libertad por las Farc el 4 de agosto de 1998 en la toma a la Base Antinarcóticos en Miraflores (Guaviare). De aquel momento asegura que no tiene muchos recuerdos, tan sólo evoca el instante en que su única intención era disparar antes de que una bala lograra impactar su humanidad.
“En ese momento nadie piensa en el secuestro. Se vive, se combate, la adrenalina sube a la cabeza y uno sólo quiere protegerse de un disparo”, afirma Jhon Freddy, quien en la actualidad tiene 31 años de edad.

Por recomendación médica prefiere no recordar su estadía en cautiverio pero es imposible no pensar en “lo altamente complicado” que sigue siendo recuperar su vida personal.

Desde el día en que fue liberado por las Farc, en una entrega unilateral el 28 de junio de 2008, sus citas al psiquiatra han sido la constante.
“Uno llega totalmente desorientado, en mi familia había muchos cambios. Mi niña ya caminaba y decía sus primeras palabras”, dice lleno de nostalgia por el tiempo que no pudo compartir con la pequeña.

Pero sin duda uno de los aspectos de los que aún no se puede reponer es la muerte de su hermano menor, quien fue impactado por una bala el mismo día en que Jhon Freddy fue secuestrado.

“Cuando yo estaba prestando servicio lo hacía con un hermano, a él lo mataron en la misma toma que a mí me secuestraron. Al llegar fue cuando sentí su ausencia”, recuerda.

Así como este doloroso hecho, hay muchas otras secuelas que dejó en él el cautiverio: “Hay tantas cosas, que uno no sabe qué es más difícil de olvidar. Un día un avión fantasma llegó, nos disparó, lo acompañaban dos aviones OB10 (…) todo el campamento y los alrededores quedaron destruidos. Afortunadamente a ninguno de nosotros nos pasó nada”, relata con angustia el joven, como si lo estuviera viviendo de nuevo.

De la misma manera le fue inevitable no notar los cambios en la ciudad.

“Cuando yo me fui no había Transmilenio, ni el eje ambiental, muchas cosas, fueron casi tres años en cautiverio y nueve meses más en el Ejército, son casi cuatro años”, dice.

Fue tan grande el daño que le hizo su paso por la selva que desde el primer día de su liberación hasta hoy –ocho años después- no ha podido terminar su tratamiento psiquiátrico.

“Olvidar el secuestro no es difícil, es imposible. Eso nunca se olvida”, afirma con la voz entrecortada intentando no llorar.

Ni siquiera su vida laboral pudo recuperar. Aunque su intención era continuar en las filas del Ejército por dictamen médico no le fue permitido; ahora Jhon Freddy mantiene a su esposa y sus dos hijos, de 11 y 3 años de edad, trabajando por tiempos en una microempresa familiar en la que ayuda con la distribución de publicidad.

EL OBSERVATORIO DE LA LIBERTAD

 

Con el objetivo de garantizar el pleno seguimiento a las familias de quienes permanecen en cautiverio, Fondelibertad anunció la puesta en funcionamiento del observatorio de la libertad.
Allí, cerca de ocho técnicos, entre miembros del Gaula de la Policía e integrantes de la Fiscalía, se dedicarán a seguir cada historia, semana a semana, hasta el día en que se dé la liberación del secuestrado.

“Un dato que entre hoy en día a nuestra base de datos debe tener su rostro, una profesión, un número de identidad, un entorno familiar y un seguimiento permanente a la familia”, explica Henao.

HAY QUE PONERLE ROSTRO A LOS CASOS: FONDELIBERTAD

Luego de un detenido análisis de casi dos años la cifra de personas secuestradas se redujo de 2.800 a 125. El director de Fondelibertad, Harlan Henao, explica que esto se logró “poniéndole rostro a cada caso”.

Con la ayuda de mandatarios y autoridades locales se inició en cada región del país la búsqueda de las familias de quienes aparecían como cautivos.

“En esta tarea fueron muchas las sorpresas. Muchos de los supuestos secuestrados estaban gozando de plena libertad”, afirma Henao. Sin embargo, también se evidenció la llamada ‘zona gris’ que la integran las personas que no aparecen ni como secuestradas, ni muertas, y de quienes no ha sido posible ubicar sus familias.

“El llamado es a quienes tengan un familiar desaparecido para que se acerquen a las autoridades de su municipio y busquen en estas bases de datos. Es un llamado nacional para que nos ayuden a ubicar estas personas”, insiste.

 

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