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Reflexiones | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-04-30 05:00:00

Reflexiones

Me encontré con una opinión que en época pretérita expresó el Papa Juan Pablo II en la ciudad del Vaticano a un periodista del diario La Stampa, cuando éste le interrogaba sobre la manera como la Iglesia interpretaba el derecho de defensa como valor fundamental que se posee ante una agresión injusta. 
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Respondió el Sumo Pontífice que: “...en casos de agresión, es imperativo negar al agresor la posibilidad de causar daños... Según la doctrina tradicional de la Iglesia, la única guerra justa es en defensa propia. Toda nación tiene el derecho a defenderse.  Es un principio que fue formulado por San Agustín y fue reafirmado por el Concilio Vaticano II”. Esta afirmación mantiene plena vigencia, no sólo porque es un mensaje para una sociedad que sigue padeciendo diferentes violencias, sino porque ratifica algo de sentido común: todos tenemos el derecho de actuar en legítima defensa.

Los Estados no tienen la posibilidad de garantizar la seguridad de todos los ciudadanos, pero si están en la obligación de mejorar la capacidad de reacción. Los candidatos a gobernantes siempre contemplan dentro de su programa de gobierno, un plan para mejorar la seguridad y así seducir a sus potenciales electores; cuando se analizan sobre el papel los parámetros que le sirven de sustento, resulta atractivo y convincente. Pero cuando se asume el poder, los gobernantes se encuentran con problemas que rebasan su capacidad de control y con leyes flojas que dan muchas oportunidades a los pillos de evadir sus responsabilidades.

De otra parte, hay otra circunstancia que atenta contra la moral y el sentimiento ciudadano, y es comprobar cómo debido al exceso de tolerancia que se maneja, de pronto las personas se encuentran con individuos sub júdice opinando por los medios de comunicación sobre lo divino y lo humano, descalificando a sus jueces y en algunos casos haciendo la apología del delito. Es entonces cuando las autoridades deben hacer realidad el argumento de que toda comunidad tiene unos principios inviolables, frente a los cuales no cabe la tolerancia ni la permisividad.

El cardenal Mazarino quien conservó su cargo de primero ministro durante el gobierno de Luis XIV, anotaba que en ciertas sociedades los ciudadanos adquirían un perfil particular por el desorden y cinismo como se manejaban los asuntos de Estado “obligándolos a creer a todo el mundo honrado pero a vivir con todos como con bribones”.

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