N√°ufragos en el Magdalena | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-05-03 05:00:00

N√°ufragos en el Magdalena

¬ĎB√ļfalo¬í dice conocer el r√≠o. Su oficio de pescador por m√°s de 30 a√Īos, primero en las aguas de su natal Puerto Berr√≠o (Antioquia), luego en Puerto Olaya (Santander), y desde hace 18 a√Īos entre Barrancabermeja y Yond√≥, no deja la menor duda.
N√°ufragos en el Magdalena

Pero esta vez, justo durante los días santos, su sentido de la orientación le jugó una mala pasada, obligándolo a vivir en carne propia la tragedia de perderse en el río más grande de Colombia.

Tres semanas después, sentado en la entrada de una casa que él mismo levantó en el barrio San Francisco, en Barrancabermeja, afirma con una sonrisa socarrona que el asunto habría resultado diferente si sólo él se hubiera perdido.

¬ďYa me ha pasado; por horas he estado perdido¬Ē, afirma Julio Alfonso P√©rez, un hombre macizo de 46 a√Īos, a quien sus amigos conocen como ¬ĎB√ļfalo¬í.
Sin embargo, el r√≠o quiso tambi√©n arrastrar en su tragedia a Nelson, su hijo de 14 a√Īos, a su compa√Īero de pesca Rubiel Sanpedro, y tambi√©n a Davinson, el hijo de √©ste, de 12 a√Īos.

Los pescadores se llevaron a los ni√Īos porque estaban de vacaciones. Parec√≠a el plan perfecto para empezar una Semana Santa que promet√≠a ganancias. Navegar√≠an por el r√≠o durante lunes y martes, recoger√≠an limones en una hacienda a orillas del Magdalena y regresar√≠an al Puerto Petrolero, el Mi√©rcoles Santo, para venderlos.

Pero el plan se frustr√≥ el mismo martes, cuando ¬ĎB√ļfalo¬í decidi√≥ acortar el camino de regreso, metiendo la canoa a una zona infestada de mosquitos, donde confluyen siete ci√©nagas llenas de ca√Īos diminutos y por donde s√≥lo logra pasar ¬Ėsi la espesa vegetaci√≥n lo permite¬Ė, una¬† peque√Īa canoa.

¬ďEl agua, que iba de pa¬ībajo, nos indicaba el camino, pero de un momento a otro el agua se nos reg√≥ (en varios sentidos), quedamos locos, empezamos a adivinar y ah√≠ nos perdimos porque entre los ca√Īos todo se parece¬Ē, dice Julio Alfonso, tratando de explicar lo que sucedi√≥.

Durante los cuatro d√≠as que el grupo permaneci√≥ perdido, ¬ĎB√ļfalo¬í crey√≥ con fe ciega que estaban en las entra√Īas de la ci√©naga de Sardinata (Antioquia) y as√≠ se lo hizo saber, por celular, a los voluntarios de la Defensa Civil del Puerto Petrolero.

¡Qué equivocado estaba!

Fue precisamente ese error lo que complic√≥ el rescate, a lo que se sum√≥ que durante las m√°s de 100 horas que los pescadores duraron recorriendo el complejo cenagoso, no se toparon con ning√ļn pescador ni con un rancho en medio de la maleza. ¬ďNo escuchamos ni una gallina, ni un motor, ni una vaca¬Ē, dice.

Suero bendito

Jenny Hurtado, la esposa de Julio Alfonso, hab√≠a preparado comida para dos d√≠as de viaje y por eso los pescadores no llevaban atarraya. S√≥lo ten√≠an un cuchillo peque√Īo con el que no pod√≠an hacer gran cosa para cazar.

Los limones que recogieron los cargaron por unas horas, pero luego decidieron abandonarlos para alivianar el peso de la canoa. Y por las características del lugar, tampoco había forma de conseguir frutas.

La soluci√≥n salom√≥nica de ¬ĎB√ļfalo¬í fue mezclar agua del r√≠o con la sal que llevaban y que alternaron ¬Ėcuando se pudo- con la ¬ďchonta¬Ē, una fruta dulce que se convirti√≥ en el √ļnico alimento s√≥lido que consumieron durante cuatro d√≠as. ¬ďYo les dec√≠a a los ni√Īos: hagan de cuenta que el agua con sal es suero y la ¬ďchonta¬Ē el postre¬Ē.

Este hombre, acostumbrado a aguantar hambre y a tomar agua que no ha sido tratada, afirma que su principal preocupaci√≥n eran los ni√Īos, sobre todo el hijo de Rubiel, que en medio del desespero no quiso recibir el l√≠quido preparado. A esto se uni√≥, que el mismo Rubiel insist√≠a en no moverse de la zona y ¬ĎB√ļfalo¬í, en cambio, votaba por encontrar la forma de salir del sector cenagoso.

Llamada desesperada

Durante el d√≠a, los n√°ufragos decidieron navegar buscando la salida, pero durante las noches, acampaban en peque√Īas extensiones de tierra firme.
La noche del martes acamparon arropados con los toldos que llevaban. Llovi√≥. El mi√©rcoles, Julio Alfonso acept√≥ que estaban perdidos. Su tel√©fono ten√≠a muy poca bater√≠a y la se√Īal era bastante d√©bil.

Llam√≥ a Jenny. No quer√≠a alarmarla pero le pidi√≥ que buscara a uno de sus cu√Īados -que conoc√≠a la zona-, para que intentara encontrarlos. Ella corri√≥ a la casa de Fabio Cardiles, un socorrista de la Defensa Civil, que sin dudarlo empez√≥ a preparar un operativo de rescate acu√°tico que reuni√≥ a seis personas.
 
Mientras tanto, a m√°s de 60 kil√≥metros del Puerto, ¬ĎB√ļfalo¬í intentaba darle una lecci√≥n a su hijo: ¬ďYo le dec√≠a a Nelson: copie esta. Es que yo no quiero que √©l tenga que llevar la vida de un pescador. Quer√≠a que me sintiera fuerte, pero yo, por dentro, ve√≠a la cosa muy maluca¬Ē.

Cuando tristemente lleg√≥ la noche del mi√©rcoles, aparecieron tambi√©n los infernales mosquitos, la lluvia, el llanto de los ni√Īos y la mente de los hombres empez√≥ a divagar.

¬ĎB√ļfalo¬í confiesa que no durmi√≥ ni un solo minuto durante esos d√≠as. En las noches, bajo el toldo que lo cubr√≠a, se concentraba en o√≠r el m√°s peque√Īo ruido que pudiera darle una se√Īal para orientarse.

Reino de los mosquitos

El jueves, mientras Julio Alfonso intentaba llegar a una peque√Īa monta√Īa atravesando sin √©xito un ¬ďfirmal¬Ē de unos 1500 metros (√°rea donde abunda el buch√≥n, considerado la maleza m√°s peligrosa para el agua porque hace que se disminuya el ox√≠geno), Fabio, el socorrista, emprend√≠a la b√ļsqueda desde Barrancabermeja.
 
¬ďSalimos a las 12:10 del medio d√≠a y nos fuimos directo a la ci√©naga¬† de Sardinata, pero los ca√Īos eran tan estrechos que nos toc√≥ abordar un ¬ďmachito¬Ē (canoa de tres metros) para poder entrar¬Ē, afirma el socorrista.

A esas alturas, el celular de Julio Alfonso ya estaba totalmente descargado.

En total, el grupo de b√ļsqueda recorri√≥ 35 ca√Īos a punta de remo no s√≥lo por Sardinata, sino por cuatro ci√©nagas m√°s. Se desgastaron gritando y a las 7:30 p.m. pararon la b√ļsqueda para resguardarse.

Fabio Cardiles entendió la dimensión de la tragedia cuando escuchó aullar a los perros por culpa de los mosquitos.

Esa noche, los seis hombres, entre socorristas y gu√≠as, acamparon en el √ļnico rancho que hab√≠a en la zona. Iban sin toldos, pero el campesino que all√≠ viv√≠a les prest√≥ tres, y como pudieron se acomodaron.

Fabio, un hombre corpulento con 15 a√Īos de experiencia en rescate acu√°tico, tampoco durmi√≥. Pensaba en los ni√Īos y en la lluvia que alborotaba cada vez m√°s a ese ej√©rcito de peque√Īos demonios.

En la madrugada del viernes, decidió buscar a otro pescador para que los llevara por ese camino serpenteante que nunca acaba, o mejor, del que no se sabe siquiera dónde empieza.

¬ďLos pescadores afirman que en la zona hay guerrilla, pero yo insist√≠ en continuar porque √≠bamos en una misi√≥n de rescate¬Ē, dice.
Pasaron de una ci√©naga a otra y hasta ellos mismos quedaron atrapados en medio de los buchones. Cuando cumplieron 24 horas de b√ļsqueda sin √©xito alguno, Fabio solicit√≥ apoyo a√©reo.

No muy lejos, -luego lo sabr√≠an-, ¬ĎB√ļfalo¬í intentaba atravesar m√°s ¬Ďfirmales¬í. ¬ďEl d√≠a anterior, durante la primera prueba, yo pas√© primero y mi hijo que iba de segundo se me hundi√≥. Al ni√Īo de Rubiel le pas√≥ lo mismo apenas se baj√≥ de la canoa y yo no insist√≠. Por eso es que le digo que si yo me hubiera perdido solo, las cosas hubieran sido a otro precio¬Ē, dice.

El viernes, durante el segundo intento, los cuatro n√°ufragos duraron toda la ma√Īana cruzando un ¬Ďfirmal¬í de 200 metros hasta llegar a tierra firme. Parec√≠a el primer triunfo, pero la alegr√≠a s√≥lo dur√≥ 20 minutos, tiempo que tardaron en darse cuenta que su tierra salvadora estaba rodeada de agua.

El final

El Viernes Santo, Julio Alfonso logró ubicarse gracias al viento. La brisa le trajo el eco perdido de un equipo de sonido, que calculó a unos 8 o 10 kilómetros de distancia.

¬ďVen√≠a de San Rafael de Chucur√≠, una vereda de Barranca. Lo escuch√© antes de que se largara un aguacero que se prolong√≥ hasta las 4 de la madrugada¬Ē, cuenta.

A las 7:00 a.m. del sábado, los dos pescadores con sus hijos oyeron con nitidez a un helicóptero que facilitó Ecopetrol, y que empezó a sobrevolar la zona.
Luego se alejó por un momento y a los 20 minutos regresó.

Era el final. Un final feliz, pens√≥ tambi√©n Fabio desde el aire, cuando los divis√≥ y vio que los ni√Īos eran los que m√°s agitaban unos trapos.

¬ďAl mejor cazador se le va la liebre¬Ē, dice Fabio, refiri√©ndose a ¬ĎB√ļfalo¬í, que no estaba en la ci√©naga de Sardinata sino en Maquencal.

La aeronave se acerc√≥ lo que m√°s pudo a los n√°ufragos para hacerles entender con se√Īas que pronto regresar√≠an.

¬ďAl ¬ĎB√ļfalo¬í el r√≠o se le sec√≥ y qued√≥ en un vaso de agua, todo taponado¬Ē, explica el rescatista, que desde el aire entendi√≥ que durante la b√ļsqueda por los ca√Īos, estuvieron pr√°cticamente a 300 metros de encontrarlos, pero la espesa vegetaci√≥n no los dej√≥.

De regreso al Puerto, entregaron las coordenadas al Ejército que fue a buscarlos en tres helicópteros y uno más de propiedad privada.

La verdad es que Julio Alfonso, ¬ĎB√ļfalo¬í, piensa que el asunto se agrand√≥ demasiado, por eso cuando vio a esa cantidad de aeronaves se sinti√≥ como si fueran a recoger al Presidente.

Entonces se ríe y se tapa la cara. En el fondo, tiene herido su orgullo de pescador.  Y mucho más, luego de enterarse que la canoa y el motor que dejó abandonados, a esos sí los encontraron rapidito los amigos de lo ajeno.

 

 

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