Los √ļltimos guaqueros tras el tesoro de Rionegro | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-05-03 05:00:00

Los √ļltimos guaqueros tras el tesoro de Rionegro

El viejo Gerardo Bot√≠a Carre√Īo cumplir√° el pr√≥ximo 20 de mayo 79 a√Īos. Es el √ļnico integrante del g√©nero masculino que queda en su familia. Una familia de guaqueros.
Los √ļltimos guaqueros tras el tesoro de Rionegro

Sus hermanos buscaron por 30 a√Īos el tesoro enterrado con los restos de un cacique ind√≠gena, en la vereda La Honda. La finca es grande pero la casa no los delata, si es que los Bot√≠a hallaron oro alguna vez.

Gerardo asegura que sus hermanos, enfurecidos por el fracaso, mandaron ladera abajo las vasijas desenterradas en su propiedad.

Con ellas tambi√©n se fueron las cenizas de una tribu que data de 500 a√Īos atr√°s, antes de La Conquista, seg√ļn los pobladores.

¬†Hace cinco a√Īos se hizo el descubrimiento m√°s reciente de algunas reliquias enterradas y eso pareci√≥ revivir la leyenda de un imponente cementerio ind√≠gena que esconder√≠a oro y maldiciones.

¬ďLos indios eran muy pobres por aqu√≠¬Ē

Las pi√Īas sembradas en La Honda son dulc√≠simas, los campesinos rosados y de ojos claros, con una juventud que no alcanza el tiempo o la dureza del azad√≥n.
Pasa en el caso de los hombres, quienes f√°cilmente pueden aparentar 30 a√Īos cuando tienen m√°s de 40.

A las mujeres se les nota un poco más la edad y menos la inocencia, porque no creen en tesoros de indígenas.

¬ďEso dicen, que por aqu√≠ estaban los ind√≠genas y que hay disque oro, pero yo no s√©, eso no se ha encontrado nada¬Ē, dice la esposa de √Āngel Miguel, un campesino y guaquero de la regi√≥n.

¬ďLos Bot√≠a son los que siempre han buscado ese tesoro. Libardo Bot√≠a y Julio, el sobrino, descubrieron una molla hace 30 a√Īos y ah√≠ empez√≥ todo¬Ē.
La familia Bot√≠a comparti√≥ la tierra con Ludwig Stridinger, un alem√°n hijo de Julio Stridinger, socio de la Compa√Ī√≠a Mina Hidr√°ulica del Surat√° y R√≠o de Oro, en el siglo XIX.

Los alemanes que se asentaron en Rionegro y la zona aleda√Īa fueron ¬ďhombres silenciosos y rubios que procreaban infatigablemente regando ojos azules y matas de pelo dorado sobre la poblaci√≥n¬Ē, como los describe Pedro G√≥mez Valderrama en La Otra Raya del Tigre.

Así debió ser Ludwig Stridinger.

En 1905, Stridinger abandon√≥ la tierra. El patriarca Bot√≠a compr√≥ los terrenos y se hizo con la producci√≥n de pi√Īa, que lo convirti√≥ en un cacique de la regi√≥n.

El café también era fuerte en la zona. De la hacienda, Stridinger sacaba 300 cargas, tenía 25 vivientes y 12 obreros.
Para 1970, la familia Bot√≠a estaba a cargo de Sa√ļl y de su hijo, Julio. A su lado estaban Manuel y Alfonso, con la fiebre del oro; y Gerardo, siempre m√°s esc√©ptico.

El yerno de S√°ul Bot√≠a trabajaba en la empresa Forjas de Colombia, que proporcionaba el hierro para construir los rieles del tren que atravesaba un sector del municipio y cuya ruta se dise√Ī√≥ en 1916. Hoy ya no existe.

En medio de la reparaci√≥n de un riel, Julio Bot√≠a y su cu√Īado descubrieron una vasija de barro. Era grande y no se conserv√≥.
Entusiasmados con los hallazgos, Julio, Libardo, Manuel y Alfonso, continuaron excavando por la zona. A√ļn hay huellas del terreno corro√≠do a punta de pica, exigi√©ndole oro.

¬ŅY por qu√© no? Si en 1939 el comerciante Gustavo G√≥mez Cornejo encontr√≥ un cementerio ind√≠gena mientras buscaba cobre en la Mesa de los Santos y en 1946, el arque√≥logo F√©lix Mej√≠a Arango report√≥ el hallazgo de otro cementerio ind√≠gena en La Cimitarra, Land√°zuri, donde se encontr√≥ la momia de un zipa. ¬†

La historia dice que ¬ďa los caciques los enterraban con sus guardaespaldas y les echaban tambi√©n las joyas que usaban, que eran de puro oro¬Ē, comenta √Āngel Miguel, con sus ojos claros muy abiertos.

Los habitantes de Rionegro saben que en las tierras que ahora ocupan, estuvieron los indígenas.

Jorge Reyes, historiador de la Universidad Industrial de Santander, se√Īala que ¬ďel cronista de Indias, Gonzalo Fern√°ndez de Oviedo, escribi√≥ que en 1763 quedaban tan solo en el pueblo de Guane 150 indios, en el pueblo de Curit√≠ 30 y en Bucaramanga y Rionegro, 20¬Ē.

Entonces, usando el sentido com√ļn, una cosa deber√≠a seguir a la otra. Pero en los 21 a√Īos siguientes la l√≥gica no result√≥.

Los hermanos Botía no encontraron lo que buscaban. Lo que sí lograron fue ofuscar a la matriarca Botía, quien después de la muerte de su esposo, prohibió la excavación en sus terrenos.

Heridos y derrotados, los Bot√≠a partieron las vasijas y echaron al viento las cenizas e incluso los huesos que hallaron, seg√ļn Gerardo.
¬ďLos indios eran muy pobres po¬íaqu√≠¬Ē, explica.

Pero diez a√Īos despu√©s, los Bot√≠a descubrir√≠an que no supieron buscar o que tuvieron mala suerte.

La maldición del indio

A principio de los a√Īos noventa y con el fallecimiento de la matriarca, los Bot√≠a hicieron un √ļltimo intento.

Le solicitaron a un reconocido soci√≥logo de la regi√≥n que los acompa√Īara en la b√ļsqueda.

Seg√ļn Gerardo Bot√≠a, sus hermanos, en compa√Ī√≠a del acad√©mico, utilizaron un detector de metales para encontrar el posible tesoro.

La respuesta fue la misma: no había oro. Vinieron desde otros municipios personajes como José Tigre y otros guaqueros que excavaban y abandonaban la tierra de un momento a otro.

¬ďTal vez encontraban alg√ļn tesoro¬Ē, comenta Gerardo, pero no puede estar seguro.

Con el √ļltimo intento fallido, sus hermanos decidieron marcharse de la regi√≥n. S√≥lo Gerardo se qued√≥, los dem√°s murieron de viejos.

Sin embargo, para otros guaqueros, como Emilio Velasco, la suerte fue tan distinta, que ni siquiera muri√≥ por culpa de los a√Īos.

¬ďUna tarde hace nueve a√Īos, Emilio Velasco estaba caminando por el corredor de su casa cuando se le hundi√≥ el pie¬Ē, cuenta Gerardo. ¬ďExcav√≥ y encontr√≥ una nariguera de oro¬Ē y alrededor de 48 vasijas de barro.

Velasco comentó el suceso en la vereda. Qué buena suerte, se la merecía.

De joven, Velasco hab√≠a tenido que improvisar un instrumento r√ļstico de pesca para cazar mojarras y sardinas. Era su √ļnico m√©todo de supervivencia.
Pero con la nariguera de oro, con una esposa y una hija, la vida le cambiaba el lado oscuro.

No dur√≥. ¬ďUn viernes a las 4 de la tarde, hace 9 a√Īos, se larg√≥ un aguacero torrencial y un ray√≥ mat√≥ a Emilio en el patio de la casa. Se dec√≠a que all√≠ hab√≠a dos piedras de oro y como los rayos son atra√≠dos por el metal, lo mat√≥. Tambi√©n alcanz√≥ a rozar a la esposa y a la hija, Magali¬Ē, explica √Āngel Miguel. ¬†
Pocos meses despu√©s, la viuda de Velasco vendi√≥ la finca, a la que hab√≠an apodado ¬ďLa Finca del Tesoro¬Ē.

√Āngel Miguel entrecierra los ojos y sonr√≠e. Parece un ni√Īo cuando cuenta sus historias.

Vive en Llano de Palma y lleg√≥ a la vereda desde Socorro cuando ten√≠a seis a√Īos, huyendo con sus padres y¬† 10 hermanos de la violencia entre liberales y conservadores. Nadie creer√≠a que tiene m√°s de cuarenta. Su sonrisa es clara, sencilla y su aparente inocencia provoca un abrazo. ¬†
De ni√Īo comparti√≥ las peripecias de los Bot√≠a y creci√≥ con la leyenda¬† del gran cacique y sus tesoros. Tambi√©n presenci√≥ de primera mano la extra√Īa muerte de la √ļnica persona que obtuvo algo de oro.

¬ďCuando estaba ni√Īo la gente se la pasaba escarbando, pero no aprovechaban lo que encontraban. Botaban las ollas, las part√≠an, s√≥lo quer√≠an encontrar la tumba del cacique.

Pero sólo él y su amigo Gerardo Beltrán siguen excavando. Ya no en los terrenos de los Botía, sino en los propios.

Lo hacen con menos interés, pero más concientes del valor arqueológico de sus descubrimientos.

¬ďUno comienza a sacar tierra con una pala ¬Ďcaricortica¬í y ah√≠ se topan las mollas¬Ē, comenta √Āngel Miguel.

Cinco a√Īos atr√°s, su hermano y su sobrino empezaron a excavar atra√≠dos por unos c√≠rculos formados naturalmente en la tierra.

¬ďLas comunidades, como dicen, son caminantes y hormiguitas, y han tra√≠do la informaci√≥n de que son unas cuevas ind√≠genas¬Ē, se√Īala el Alcalde de Rionegro, Francisco Javier Atiesta.

La √ļltima palabra la tiene la UIS, pero los guaqueros seguir√°n cavando, ¬ďqui√©n quita¬Ē que encuentren algo.

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