La dieta infalible de Sara y Virgilio | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-05-10 05:00:00

La dieta infalible de Sara y Virgilio

La mujer gorda es mi debilidad. Admiro a quien ha tenido la valentía de casarse con una rolliza y hermosa mujer que bufa como los toros de lidia  cada vez que tiene que embutirse el vestido que le queda siempre demasiado apretado, así haya escogido la talla perfecta. En el mundo de hoy el tipo de mujer admirado es el de aquella que parece un espagueti; ni siquiera a un espagueti Gavassa, porque ya pasaría por gorda. Hoy las mujeres encantadoras  son esos alfileres que desfilan en los eventos de moda y que mueren anoréxicas.
La dieta infalible de Sara y Virgilio

Yo sigo admirando las redondeses y exuberancia de la mujer de ayer. Me encontr√© con Sara Cerdas, una bell√≠sima mujer, esposa de Virgilio Rosales, un amigo a quien siempre envidi√© y con quien nos un√≠a una estrecha amistad y solo nos separaba uno de los mandamientos de la ley de Dios,¬Ö ¬ďno desear√°s la mujer de tu pr√≥jimo¬Ē. A Sara la encontr√© de sorpresa en una cafeter√≠a de Cabecera.

Casi no la reconozco, estaba tan¬† flaca como un pitillo de revolver el az√ļcar. Era una comelona compulsiva. Una vez que con mi mujer los invitamos a comer, tuve que esconder una rodaja de pan entre mis piernas, ya se hab√≠a comido tres cestas de pan que el mesero renovaba,¬† ante el temor de que lo desapareciera y no pudiese acompa√Īar los espaguetis. Se puso de pie y pas√≥ a la mesa siguiente y se trajo m√°s pan y una Coca Cola comenzada de una se√Īora que horrorizada gritaba que llamaran a Janiot. La hermosa y bien deseada Sara Cerdas hoy es otra. Sara, por Dios ¬Ņqu√© te pas√≥?, le pregunt√©. Estoy en dieta, lo dijo de una manera resignada, casi a punto del llanto. A la vez que retorc√≠a en sus manos nerviosas una servilleta de papel, prosigui√≥. Puse un aviso en Vanguardia. Necesito cocinera, que no sepa cocinar. Aparecieron muchas.

Escog√≠ la que me pareci√≥ m√°s tonta e in√ļtil. Comenz√≥ ese mismo d√≠a; en realidad era un verdadero petardo, jam√°s hab√≠a hecho un huevo duro. Al d√≠a siguiente apareci√≥ con un ni√Īo peque√Īo, tan juguet√≥n y tierno que mi marido y yo quedamos cautivados con √©l.

Desocup√≥ en un d√≠a¬† todas las cajas de galletas, dulces, mermeladas y golosinas; un primor de muchachito. ¬°Ten√≠a mozo!, un hambriento desplazado. Lo dijo gritando, tanto que las dem√°s personas de otras mesas voltearon a mirar. ¬ŅUsted ha o√≠do ese dicho que dice ¬ďtan gordo, como mozo de cocinera¬Ē? Pues eso es cierto. Almorzaba en mi casa, lo permitimos¬† para solidarizarnos con toda esa pobre gente. Virgilio es del Polo. Mientras yo adelgazaba el mozo engordaba.

El mercado desapareci√≥, nunca hab√≠a nada en la alacena. Decidi√≥ estudiar de noche, entonces no hubo tiempo para la comida, no hubo desayuno, pues hac√≠a las tareas en¬† la ma√Īana, luego ve√≠a telenovelas. Fue lo √ļltimo que dijo, y rompi√≥ a llorar recostada en mi hombro. En ese momento me di cuenta que todos, absolutamente todos sus atributos,¬† hab√≠an desaparecido. Sus senos voluptuosos a punto de estallar del brasier, sus brazos de reina, rosados y rellenos como los de la pamplonesa, las mejillas redondas de manzana, sus labios carnosos siempre h√ļmedos, todo era fl√°cido, seco, y descolorido como el azote de un verano prolongado. ¬ŅY Virgilio? Pregunt√©. Virgilio muri√≥, muri√≥ de hambre.¬†¬†¬†¬†¬†¬†

 

 

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