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Gatos que atraen los rayos | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2008-08-03 07:05:04

Gatos que atraen los rayos

Al principio la cosa no pas√≥ de una peque√Īa molestia. A medida que fueron transcurriendo los d√≠as el olor fue insoportable. Se pens√≥ que pod√≠a ser un cad√°ver insepulto, pero el olor de los cad√°veres es otro. No existe olor m√°s nauseabundo que el de un crimen.
Gatos que atraen los rayos

Era un olor dulz√≥n, penetrante, que termina embriagando como aquellas especies odor√≠ficas indeterminadas de las que no se sabe si son perfumes o repelentes para insectos. En las sesiones los concejales actuaban como si estuviesen seminarcotisados, con la confusi√≥n que resulta de aspirar los olores de una almohada vieja. Todo lo aprobaban sin discusi√≥n, sin debate alguno, ni dardos ni pu√Īaladas por la espalda, la dulzura y armon√≠a de un ed√©n.

Hasta que un concejal que jam√°s hablaba, exclam√≥. ¬°Son orines de gato! Desde ese momento como si hubiese ca√≠do la noche que todo lo espanta, al tropel abandonaron el recinto para sesionar desde entonces en un lugar cercano al Alcalde. Los bromistas dec√≠an que los gatos en pandilla se fueron a cacer√≠a al sal√≥n de la democracia. Est√°n equivocados, all√≠ no quedan ratas y el √ļnico que caza en pandilla es el hombre. Los gatos son solitarios como los poetas. Fueron all√≠ con el olor dulz√≥n de sus miaos, para protestar contra la destrucci√≥n de la identidad hist√≥rica de la ciudad, sin que a los concejales se les escuchase un maullido. El h√°bitat de los gatos est√° desapareciendo a pasos gigantescos.

Los gatos duermen en los tejados, es el sitio predilecto, una teja de barro cocido tiene la estructura c√≥ncava que se amolda a la pereza de los gatos. Siempre envidi√© a los gatos que fornicaban en los tejados. Recib√≠ llamadas por tel√©fono, l√°nguidas voces de mujeres gatas con afanes lascivos, pero jam√°s con la tonalidad y el lamento l√≠bido de las gatas deseosas de sus machos a la luz de la luna. Tambi√©n, he envidiado de los gatos el deambular solitario por t√ļneles, socavones e inmensos almacenes repletos de mercanc√≠a que se puede tocar.

Una vez observaba la vitrina de un almacén, vi un gato persa deslizándose por la alfombra azul, rozando su espinazo con los anoréxicos maniquíes arropados con tules y vestidos de seda. Era el Rey del lugar. Seguramente vivía allí feliz, sin los olores de los hombres, sobretodo el del hombre ambicioso que es el olor de los perros mojados. Reto a alguien que me diga que ha viajado en un avión con un gato. Yo si. Un campesino en una escala en un aeropuerto de la selva se subió a nuestro avión con un gato negro en una jaula de pájaros.

Ambos traían su olor. Saludó e intentó darles la mano a todos los pasajeros desde la primera silla. Nadie le respondió ni le dio la mano, no sabía que la gente educada de la ciudad no saluda. En el viaje el gato escapó. El campesino buscó el animal por todas partes perturbando la tranquilidad fingida de los pasajeros. De pronto la alarma cundió cuando todos se dieron cuenta que era un gato negro y que podía estar escondido en la cámara de los controles del avión, que podíamos estar volando a Leticia en vez de Málaga.

En efecto los controles se afectaron y volamos por horas sin rumbo entre las nubes hasta que el piloto se lanzó de picada en un claro y dimos a un aeropuerto de narcos. El gato jamás apareció, algo tan inexplicable como ser un gran fumador sin comprar fósforos.

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