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Escalona | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-05-17 05:00:00

Escalona

Escalona

 No  me resisto a la tentación de escribir algo sobre él, a pesar de no ser un versado en la guacharaca, la caja y el acordeón. Soy simplemente un enterado de esa música. /No puedo olvidar a esa mujer/que me hizo tanto tiempo padecer / No puedo olvidar aquel amor…/  Aclaro que oigo el Vallenato viejo.

Lo demás lo apago. Si este señor Kaleth Morales no se accidenta y muere, acaba con esta hermosa música que se originó en el cantar de los juglares campesinos de la costa Caribe. Cantos a las muchachas, a los playones, relatos simples de historias y amores simples, plenos de ensoñación y picardía. Música de la Provincia, esa de la que habla y toca  Carlos Vives.

De Escalona se podrán decir cosas maravillosas, pero nadie podrá contar de su propia cosecha, lo que yo descubrí del maestro. No fue en ningún festival Vallenato, porque no fui a ninguno, ni en casa de Alfonso López, ni en las  parrandas en  Wilches con algún  mal acordeonero  y un peor cantante, una tortura, peor  que un guayabo sin hielo y sin refajo. Fue en Paipa, en uno de esos festivales de bandas.

Allí estábamos con el musicólogo Manuel Rey. El no toca ningún instrumento y tiene oído de artillero. Si oye un tiple o el escape de un exhosto ahí está.
Mientras nosotros comíamos morcillas con papa criolla, en ese sitio espectacular todo eso se puede, inclusive lo que hacían nuestras mujeres, fisgonear la moda. Es como ir a un carnaval, no por los desnudos a lo Río de Janeiro o la locura de los travestís de Barranquilla, sino porque todos van arropados con ruanas, orejeras, gorros y cobijas multicolores, por el frío y por si llueve.

En esas estábamos cuando llegó Escalona. Tocaba la gran banda de Manizales un pasillo, Satanás, del maestro santandereano Gilberto Moreno. Lo seguía una extraña rubia, tal vez su mujer, con traje de fiesta y unos años encima, feliz y orgullosa.

Escalona parecía que lo hubiesen disecado anticipadamente sus seguidores. Era como una majestuosa momia sagrada, que cubría sus huesos con un sobretodo de finísimo paño inglés, exageradamente largo, la corbata amarilla y un sombrero pelo de guama que jamás volvió a quitarse y con el que lo enterraron por si hacía  sol en el más allá. Al verlo, con aquel disfraz, así, ya próximo al sepulcro, entendí mi país.

El lo representaba, se burlaba de todo y de todos. Aun de los asesinos que huyen en motos por la calle, ¿Qué cantidad de asesinos en este país bello y de gente que ríe? En un arrebato de folcrorismo hubiese podido aparecer en Bogotá o en Paipa con sombrero vueltiao y  abarcas, ya la costa estaba en sus canciones. Prefirió el de los vaqueros del llano o de un asaltante en despoblado, y el abrigo antiguo de los bogotanos que le dispararon a Gaitán.

El quiso al final, conjugar en su figura las gentes de Colombia, el país indisoluble a pesar de todo. Dios, cuántos amigos se me han muerto en estos días.

 

 

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