S√°b Dic 10 2016
21ºC
Actualizado 09:35 am

Los rostros... felices de El Santuario de Virolín | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-05-24 05:00:00

Los rostros... felices de El Santuario de Virolín

A√ļn no suenan las campanas de la iglesia Nuestra Se√Īora de Mongu√≠ en Charal√°, cuando a las 4:30 de la ma√Īana de un s√°bado, estamos en un peque√Īo mercado en el que venden papa, arroz, carne, cajas con chocolate para preparar, queso, huevos, naranjas, limones y guayabas que empacan en sacos de fique.
Los rostros... felices de El Santuario de Virolín

Empiezan a llegar j√≥venes entre los 11 y 19 a√Īos de edad, con bolsos a reventar y vestidos con jeans, camisetas y tenis.

Son las 5:00 de la ma√Īana y la profesora Noem√≠ Cancino indica con tono fuerte, ¬ďtodos se suben¬Ē. Los j√≥venes mayores entran al cami√≥n y los m√°s peque√Īos y las mujeres a un bus grande.

Me siento junto a Mercedes Silva, la rectora del colegio El Santuario.

El conductor enciende el radio y las tradicionales canciones de Juan Gabriel amenizan el ambiente. Entonces cuento diez paradas del bus que recoge jóvenes de 36 veredas de la zona, o de Encimo y Coromoro, municipios cercanos.

-Buenas días.

Sube al bus √Āngel Juli√°n Higuera, estudiante de 11 a√Īos que cursa sexto de bachillerato. Sus ojos verdes y su sonrisa muestran el entusiasmo por ir a estudiar, sin reproches, llanto, tristeza o cansancio.

√Āngel dice que tiene 14 hermanos pero vive con cuatro de ellos y con sus padres; uno de sus hermanos tambi√©n va al colegio.

A las 3:00 de la ma√Īana su mam√° se levanta y les prepara el desayuno. ¬ďEl caldito, ¬Ďaguapanela¬í y el pan¬Ē, me expresa. Luego se ba√Īa, alista una muda de ropa y el uniforme.

¬ďMi hermano y yo salimos de la vereda Monte Fr√≠o a las 4:30 de la ma√Īana y caminamos una hora por las monta√Īas hasta la carretera donde pasa el bus¬Ē.

A la vía destapada le falta un trozo de tierra. Los fuertes aguaceros se lo llevaron. Alcanzo a ver por la ventana que el bus pasa a menos de diez centímetros de un abismo.

¬ďLlegamos¬Ē

En medio del paisaje aparece el colegio El Santuario, ubicado en el corregimiento de Virolín, a 26 kilómetros del municipio de Charalá, en Santander.
Son las 7:00 de la ma√Īana. ¬ďLlegamos¬Ē, se alegra Mercedes y en un solo vistazo puedo ver todo el colegio: seis salones, una caseta y la intenci√≥n de lo que ser√≠a una cancha que es un cuadrado de cemento con dos arcos peque√Īos construidos en metal.

Entro a un cuarto y las ni√Īas se ponen una falda color verde con negro y rojo que llega a la rodilla, una camisa, medias blancas y zapatos negros embetunados. Quedan 15 minutos para que suene el timbre y empiece la primera hora de clase.

Los 174 estudiantes de bachillerato se desplazan a sus salones. Dos son en ladrillo sin pintar, viejos y con pupitres rotos, los otros cuatro son m√°s amplios. Fueron construidos en 2008.

¬ďNecesitamos pupitres, alimentaci√≥n, material deportivo, bater√≠as sanitarias, libros, laboratorios y camas¬Ē, me indica Adelaida R√≠os, la profesora que lleva m√°s tiempo en el colegio; est√° desde el 2002.

Adelaida dicta la clase de ecoturismo y medio ambiente, el √©nfasis del colegio. ¬ďSabemos que la zona tiene lugares maravillosos por conocer y ellos que viven en el campo son los indicados para ofrecer paquetes tur√≠sticos¬Ē, asegura.

Preparan la comida

Me acerco a la cocina. Teresa y Martha preparan en ollas grandes arroz con verduras, maduro dulce, sopa de plátano y jugo de guayaba. Martha Rosales, profesora de informática, las guía.

Suena el timbre y todos salen a un descanso de 20 minutos. La profesora Claudia Gait√°n, ¬Ďla Profe¬í, como le dicen los estudiantes, abre la caseta, mientras una de las pocas pobladoras de Virol√≠n llega a ofrecer empanadas. ¬†

Voy a donde uno de los l√≠deres del colegio, Ariosto Murillo, el personero, y mientras habl√≥ con √©l, las estudiantes de los grados d√©cimo y und√©cimo se ponen el uniforme de educaci√≥n f√≠sica para empezar un partido de f√ļtbol. Los m√°s peque√Īos juegan con un bal√≥n en un terreno peque√Īo entre la caseta y los salones.
¬ďTodos los estudiantes de El Santuario trabajamos entre semana, ya sea en el campo o en alg√ļn municipio¬Ē, afirma el personero con un tono de voz firme.

√Čl, es otro de los estudiantes que se levanta los s√°bados a las 3:00 de la ma√Īana para poder ir al colegio. Me explica, que con linterna baja desde la vereda Nemizaque.

De lunes a viernes se levanta a las 6:00 de la ma√Īana para trabajar en alguna finca, recoge caf√© o labra en tierras del municipio El P√°ramo.

Para llegar hasta all√°, primero camina 40 minutos hasta el sitio conocido como El Cedro, luego espera un transporte que lo lleva directo a El P√°ramo.
Gana $12.000 al d√≠a y $9.000 los gasta en transporte. ¬ďA veces trabajo en algo adicional y logr√≥ ganar al mes $200 mil¬Ē, aclara.

A las 10:05 de la ma√Īana vuelven a clase.

Aprovecho y visito la sala de inform√°tica que tiene 16 computadores con los que pueden desarrollar tareas sencillas en Word. En otro sal√≥n tienen un televisor y un DVD. Cada vez que sonaba un cambio de clase los estudiantes corr√≠an a tomar la primera silla para ver la pel√≠cula Ratatouille, ¬Ďlujo¬í que aprovechan en el colegio.

Hora del almuerzo

Algunos estudiantes sirven los jugos y las sopas que ubican en mesas de madera marrón oscuro.

Por el camino me encuentro con dos estudiantes del grado s√©ptimo que comen apartadas de los dem√°s. Llevan lo que ellas llaman el ¬Ďsustento¬í, es decir, el almuerzo que se simplifica en una arepa de ma√≠z y jugo.

¬ďComemos todo de sal o todo de dulce, la mezcla de las dos hace da√Īo al organismo¬Ē, me dice Denisse Sanabria, una de las ni√Īas de la comunidad Tao. Adem√°s, no consumen qu√≠micos ni alimentos preparados por otros. ¬ďLa comida se puede contaminar si se utilizan ollas para cocinar carnes, somos vegetarianas¬Ē, enfatizan.

Sigo mi recorrido por los salones y veo en los tableros n√ļmeros, frases en espa√Īol, otras en ingl√©s. Los siete profesores comparten ideas, no hay indisciplina, solo chistes, buenos aportes y uno que otro estudiante al que ¬Ďhay que jalarle las orejas¬í porque no le va muy bien.

¬ďLos estudiantes del campo son especiales, pues a diferencia de los que estudian en la ciudad, estos no tienen vicios y s√≠ muy buena disposici√≥n para aprender¬Ē, dice Mireya Valbuena, quien fue profesora por varios a√Īos en un colegio de Bucaramanga.

Fernando Ayala, estudiante de F√≠sica en la Universidad Industrial de Santander, UIS, me dice que la docencia en El Santuario le cambia la vida a cualquiera. ¬ďViajar desde Bucaramanga todos los viernes es un gran sacrificio, pero la mayor recompensa es que aqu√≠ me reconforto¬Ē, subraya.

Se encienden las luces

Quedan dos horas de clase. Mientras unos estudiantes comen, otros realizan el aseo en salones y pasillos.

Los truenos auguran la lluvia y un apagón. Ante la situación, Mercedes me muestra la planta de energía que pudieron obtener.

El √ļnico servicio p√ļblico que tienen es la energ√≠a el√©ctrica. El gas es de pipeta, no hay alcantarillado y el agua, aunque no falta, proviene de los r√≠os.
Con la llegada de la noche el ambiente cambia. Ni los profesores ni los estudiantes muestran rostros de agotamiento; al contrario, ensayan coplas y poemas que declaman de 7:30 a 8:45 de la noche, tiempo en el que realizan clases artísticas, literarias y deportivas.

Me encuentro a √Āngel con un saco verde. Hace fr√≠o. Le¬† pregunto si est√° cansado, si extra√Īa a su familia, debido a que se quedan a dormir ah√≠.
Sin pensarlo, responde.

-¬ŅCansado? ¬°Noooo! Estoy acostumbrado a dormir s√≥lo desde los tres a√Īos.

A las 9:00 de la noche se acuestan dos estudiantes por cada cama y en varios camarotes de barrotes rojos con cobijas de lana. Se oyen los murmullos de chistes hasta que poco a poco la lluvia y la tranquilidad del lugar los arrulla.

¬°Kikiriki!

A las 3:00 de la ma√Īana del domingo empiezan las filas de mujeres y hombres, cada grupo en dos duchas para ba√Īarse.

A las 5:45 de la ma√Īana comienzan las clases; desayunamos una hora despu√©s.

Cada profesor recoge con lista en mano el aporte económico que ofrecen algunos estudiantes, $2.000 por transporte y $4.000 por la comida de los dos días.

¬ďRecibimos un aporte para comida y transporte de entidades, pero no da abasto, resultamos pagando el d√©ficit por el alimento y el viaje de los chicos¬Ē, explica Mercedes.

Regreso a casa

La jornada termina ese domingo a las 2:30 de la tarde. Si hay lunes festivo se quedan otro día de clase.

Alistan la maleta.

Muchos van a encontrarse con sus padres o abuelos. Otros como Juan Pablo Mesa, ¬ďbueno en matem√°ticas¬Ē, seg√ļn los docentes, regresa a Charal√°, donde vive solo.

Con algo de preocupaci√≥n pero con la esperanza firme, Juan se acerca y me dice: ¬ďMe qued√© sin trabajo, ya no voy a repartir la correspondencia en Charal√°¬Ē. Pese a la situaci√≥n, a sus escasos 17 a√Īos act√ļa como un adulto y est√° feliz. ¬ďTrabajar√© en lo que sea, necesito pagar el cuarto y los gastos del colegio¬Ē, agrega con determinaci√≥n.

Entonces retornamos por el mismo camino enlodado, con el paisaje infinito de monta√Īas y los rostros felices, ninguno cansado. ¬ďY es que¬Ē, me resume Adelaida, ¬ďpara los estudiantes y nosotros, es un gran esfuerzo venir a estudiar y trabajar los fines de semana, pero cuando llegamos, la jornada se convierte en una aventura¬Ē.

 

 

Publicada por
Contactar al periodista
Publicidad
Publicidad