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Más grandes o más pequeños, pero al final somos iguales | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-05-28 17:42:57

Más grandes o más pequeños, pero al final somos iguales

¿Se ha detenido a ver cómo son las pompas de jabón? Algunas son más grandes que otras, varias se elevan más alto y no faltan las que no emprenden el vuelo y prefieren quedarse aferradas al piso.
Más grandes o más pequeños, pero al final somos iguales

Y aunque casi todas son transparentes, se les ven brillos y tonos distintos, dependiendo de los reflejos que tenga el día.

A lo mejor usted ha disfrutado de esas exhibiciones callejeras, donde alguien sorprende a los transeúntes haciendo enormes pompas de jabón. Hay tipos que hacen ‘esculturas’ y las llenan con humo para que se vean mejor; incluso hasta pueden envolver a una persona en una gigante burbuja.

Lo cierto del caso es que ni el tamaño ni el color importan al final. Esas burbujas no dejan de ser sólo evaporaciones: son tan delgadas que la más leve brisa las hace estallar. Y cuando eso ocurre, todas las pompas de jabón quedan reducidas a lo mismo: simples gotitas esparcidas en el suelo.

Las pompas de jabón son iguales, todas son frágiles y todas viven sólo el tiempo que el destino les permita existir.

¿Acaso no somos los hombres iguales? Podríamos vernos como burbujas: unos más grandes que otros, algunos con más dinero y con apellidos de más alcurnia; pero ‘a la hora del té’ iguales de vulnerables.

A veces nos creemos más que los demás. Lo grave es que la idea de ver a la gente por encima del hombro nos absorbe, convirtiendo nuestro desprecio en la más terrible de todas las enfermedades del espíritu humano.

Cuando nos creemos mejores que las personas que nos rodean, ya sea por el color de nuestra piel, por nuestras cuentas bancarias o por las familias a las que pertenecemos, jamás aprendemos a soportar las limitaciones de la estrechez que nos muestra la vida.

Es cierto: debemos admitir que hay gente con la que nunca nos sentiremos compatibles ni nos agradará entablar una amistad; pero no por ello tenemos el derecho a ultrajarla.

Parecemos pompas de jabón y debemos aprender de ellas algo importante: su sencillez. Cuando alguien es sencillo, crea un aura de paz. No en vano alguien decía que la humildad nos acercaba a la gloria. ¡Y tenía razón!

Las demás cosas, la petulancia y el falso orgullo, hacen que nos sintamos ‘gigantes’ y en medio de un mundo que, en últimas, no deja de ser un mar de burbujas que, en cualquier momento, nos ahoga y nos convierte en simple gotitas.

BELLA HISTORIA

Hasta donde llegan sus recuerdos y desde su consciencia de la vida, existían juntos. Recorrieron muchas veces los mismos valles, galoparon las distancias, retornaron al punto de partida y consumieron agua en el mismo estanque.

Se veían el uno al otro de tal manera, que la percepción física que tenía cada uno de sí mismo era la de su compañero.

Tan así era, que al verse uno en el otro, el caballo negro no se percataba de su color; por el contrario, se percibía blanco porque ese era el color de su amigo.

Pero un día el caballo negro fue a tomar agua y al ver su imagen reflejada en el lago, observó su cuerpo oscuro y estuvo contemplándolo hasta que el galope de su colega blanco que se acercaba copó su atención y al mirarlo advirtió su propia identidad.

A partir de entonces comenzó a rehusar su compañía; ya no disfrutaba igual los galopes acostumbrados después de que caía el sol. Se tornó distraído, ausente y adoptó una actitud beligerante con el corcel blanco sin que éste la advirtiera, porque a diferencia de su compañero continuaba viéndose como aquel o mejor, se veía en él.

Pasado el tiempo, el caballo entendió su condición y fue retornando a su vida animosa de antes. Volvió a degustar el césped, el agua y la brisa junto a su compañero blanco.

¿CóMO SE VEN LAS COSAS?

Un pedazo del cristal de los lentes de un botánico cayó sobre una abeja, lo que le permitió a este animal reflejarse con una rara corpulencia. Su imagen ahora mostraba a un insecto ‘gigante’, en medio del sencillo ejército de abejas que la acompañaban en el panal.

La otrora ‘pequeñuela’ se sintió la más poderosa de todas las abejas. Era tal su sensación de grandeza que, con una arrogancia desmedida, se atrevió a retar a la reina de la colonia.

Sus compañeras obreras, aquellas que siempre viven en sociedad, comenzaron a ignorar al petulante insecto. Pese a ello, la abeja insistía en creerse la más lista. Al final quedó relegada y murió de frío.

Moraleja: El anterior relato nos sirve para recordar a esas personas

que andan por el mundo entre cristales de aumento, tal como la engañada abeja de esta historia. En la oficina, en la escuela y en la calle siempre vemos seres necios y presuntuosos. Un importante cargo en la empresa, un hogar ilustre, una buena cantidad de dinero en el banco e incluso una buena ‘pinta’, aumentan la soberbia de creerse más que los demás.

¡Mucho cuidado! no olvide que al final todos somos iguales.

 

 

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