Publicidad
Publicidad
Sáb Dic 10 2016
20ºC
Actualizado 06:23 pm

Las faenas de un pequeño maromero | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-06-07 05:00:00

Las faenas de un pequeño maromero

Esta semana, Lucas* tuvo que asistir sin uniforme a sus clases en el colegio, porque en uno de los viajes que diariamente realiza en bicicleta desde su casa, ubicada en un asentamiento en Piedecuesta, la cadena le mordió la bota del pantalón.
Las faenas de un pequeño maromero

Tiene 12 años y cursa sexto de bachillerato. Sin embargo, su estatura haría dudar a cualquiera. Es un poco bajo y también un poco delgado, lo que no le impide correr igual o más rápido que sus compañeros camino a los salones de clase. Tal vez por esa rapidez es que a veces logra reducir su recorrido de 60 minutos diarios en bicicleta, que es lo que gasta en ir y venir desde su cambuche hasta un colegio público de la Villa de San Carlos.

La bicicleta se la regaló otro niño del que no sabe mucho. Y es un privilegio porque algunos de sus hermanos -son siete en total-, tienen que hacer el mismo trayecto a pie.

Realmente no le da mucha importancia. Ya se acostumbró. También se acostumbraron sus padres y hasta los profesores que lo reciben empapado de sudor cada nuevo día.

La jornada de Lucas empieza a las 4 de la mañana y a las seis ya está en el colegio donde permanece hasta las 12 y 15 minutos. Lucas entra y sale de los salones de clase durante toda la mañana. No habla mucho. Tiene manchas de lapicero rojo en la frente por su costumbre de apoyar la cabeza sobre uno de sus brazos, y parece que no le gusta cortarse el pelo porque es abundante y las patillas ya no tienen forma.

Acepta que no es el mejor de los estudiantes, pero aclara que gracias a su trabajo puede pagar las guías para cumplir con todas las obligaciones académicas.
Hace sus tareas luego de almorzar en un restaurante ubicado cerca al colegio y en la tarde no se pierde El Chavo del Ocho. Luego se dedica a practicar con sus pelotas de colores.

“La mejor es español y la más difícil biología”, es lo único que dice de su colegio. Punto final. Pero hay algo que parece interesarle más.
Lucas es un niño maromero. Un niño que trabaja como maromero en las calles de Bucaramanga durante los fines de semana.

Si se suma el tiempo trabajado, él y un hermano de 14 años emplean cerca de 22 horas trabajando para, -como él dice-, asombrar a los conductores. Eso es casi el doble del límite establecido de 14 horas semanales para que un niño sea considerado un trabajador infantil, según el Código de Infancia y Adolescencia colombiano.  

Pelotas de colores

Las calles de Bucaramanga están llenas de niños maromeros. Permanecen a  la vista de todos, sacan sonrisas con sus piruetas, muchas veces a punta de lástima y por supuesto, el resultado son unas cuantas monedas.

La primera vez que Lucas vio a un niño maromero, estaba en un parque. Lo observó detenidamente y decidió que lo intentaría. Eso fue hace dos años. “Los niños trabajaban en un semáforo y yo los copié”, dice.

La práctica inicial duró dos meses. Compró tres pelotas de colores a $500 cada una, las abrió por la mitad para llenarlas de arroz, volvió a cerrarlas con cinta pegante y así  completó su herramienta de trabajo.

Primero practicó con dos y luego agregó la tercera pelota. Lo hizo al frente de su casa. No sabía los trucos pero él mismo los descubrió con el conocido método de prueba y error.

Su espectáculo no es muy amplio. Eso lo dice bajando un poco el tono de la voz. “Hago dos juegos. Las tres pelotas que van de una mano a la otra y la lluvia –se refiere a las tres pelotas que salen de una misma mano-”.

Sus hermanos se contagiaron. Realmente son cuatro los que saben manipular más de dos objetos a la vez sin dejarlos caer al piso, pero son dos los que decidieron salir a  ganar dinero valiéndose de este espectáculo.

Su idea es trabajar los fines de semana para ayudar con los gastos familiares y que su oficio no los obligara a abandonar el colegio.
Lucas no habla mucho de su mamá. No aclara si ella tuvo algo que ver con la idea de trabajar en la calle y mucho menos de si aprobó o no el trabajo. El caso es que sucedió.

Seguramente, esta mujer que intenta sobrevivir con siete hijos, no sabe que la edad mínima de admisión al trabajo es los 15 años y sólo si se está autorizado por la Inspección de Trabajo o el ente territorial local.

En caso de que lo sepa, son pocas las opciones para Lucas. La psicóloga Claudia Cely, coordinadora general de la Asociación de Jóvenes Cristianos, ACJ, Santander, una ONG que en Bucaramanga hace parte del Comité Departamental de Erradicación y Prevención del Trabajo Infantil, y que actualmente participa de la puesta en marcha de una estrategia nacional liderada por el Ministerio de la Protección Social y Save The Children, afirma que la problemática del trabajo infantil abarca todo el tema de restablecimiento de derechos.

“Vemos que el trabajo infantil es la tentación para que los niños no estén en el colegio o mantengan un bajo nivel académico. Este año, a algunos secretarios de educación les tocó con cornetas informar que disponían de cupos. Se prendió la alerta”, dice.

A esto se suma que no hay estudios congruentes nacionales ni locales sobre trabajo infantil y mucho menos una cultura de la prevención.

“No se puede olvidar que alrededor del trabajo infantil giran muchas otras problemáticas, como la explotación de los mismos niños laboralmente y el consumo de sustancias ya que muchos de ellos trabajan en la calle. También se ha encontrado que hay niños que no sólo trabajan en casa de terceros por remuneración, sino en la propia casa”, dice.

En la calle

Cada sábado, Lucas y su hermano toman un bus desde Piedecuesta hasta Bucaramanga. Van solos.

Tienen que llegar antes de las 9 de la mañana para que otros maromeros no les quiten el lugar.

Su fin de semana transcurre en medio de un fuerte tráfico vehicular. Lucas hace una cara de complicidad cuando explica que han sabido escoger muy bien su lugar de trabajo.

Él abre el espectáculo, luego sigue su hermano y así se van turnando durante las siguientes ocho horas donde logran reunir cerca de $30 mil cada uno.
Lucas dice que lo que más le gusta de su trabajo como maromero son las pelotas, “es como si uno se la pasara jugando todo el tiempo”, pero también afirma que el calor es agotador y que hay un alto riesgo de que las pelotas se pierdan entre las alcantarillas.

Durante la jornada han definido descansos de 30 minutos: “buscamos la sombra, nos tomamos una gaseosa, comemos lo que la gente nos regala”, y vuelven al ruedo.

Este es un buen ejemplo de la cultura de la lástima. Estos niños han aprendido que inspiran ternura y así motivan a pagar sus servicios como maromeros.
Pero hay otras antiguas creencias que muchos todavía comparten y que inciden en que los niños como Lucas, trabajen.

Se cree que el trabajo forma en valores a los niños; que al dar trabajo a un niño pobre se le hace un favor; que el trabajo doméstico no es trabajo; que importan porque son adultos pequeños y no por ser niños. La lista es larga.

¿Qué pensará la mamá de Lucas?
Cuando los hermanos llegan a su casa cerca de las 10 de la noche, hacen cuentas.

Lucas sabe con exactitud que el cilindro del gas que utilizan en su casa cuesta 33 mil pesos. Fue él quien lo pagó. También cuánto hay que pagar mensualmente por el servicio del agua y por supuesto, el total que invierte pagando sus guías escolares.

Esto lo llena de orgullo, aunque no se haya podido comprar ni un solo juguete. Al pensar en esto, Lucas se queda pensando.
¿Y de qué color son tus pelotas? Abre sus ojos y confiesa que desde enero no ha podido comprar más pelotas y que por eso ahora trabaja con limones.

¿QUÉ SE ESTÁ HACIENDO?

Desde hace ocho años, en Bucaramanga existe un comité de erradicación y prevención del trabajo infantil, conformado por varias entidades que venían trabajando en proyectos aislados.

Pero en 2008 se reúnen a nivel nacional representantes del ministerio de Educación, ICBF, Ministerio de la Protección Social y también de Planeación, para planear una estrategia nacional que busca que todos los actores que intervienen en la problemática, se sensibilicen y trabajen conjuntamente en el desestímulo del trabajo infantil en sus peores formas.

El Ministerio de la Protección Social destinó mil millones de pesos para que en 20 departamentos se haga el acompañamiento a los comités de erradicación infantil, que deben existir por disposición de la Procuraduría.

A nivel regional se escogió a Piedecuesta y a Floridablanca para hacer un pilotaje a un grupo de niños trabajadores y a sus familias, para trabajar en el restablecimiento de derechos. Así mismo, se trabaja en la identificación de niños trabajadores, sus oficios y lugares de trabajo.

Este es solo el comienzo. Por ahora, Santander permanece en estado crítico en el seguimiento nacional que hace la Procuraduría a los avances en la problemática. El comité local trabaja por avanzar subir al siguiente nivel.

 

 

Publicada por
Contactar al periodista
Publicidad
Publicidad
Publicidad