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¿Se acabaron las venezolanas? | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-06-12 05:00:00

¿Se acabaron las venezolanas?

El que lo niegue necesita un optómetra: las mujeres del hermano país tienen lo suyo. Había que verlas andar con gracia y desparpajo en las frescas noches caraqueñas. Grandes, trigueñas, esbeltas y de formas marcadas, las venezolanas se  ganaron con mérito la fama de hembras portentosas. Venían a Bucaramanga, se deslizaban los fines de semana a Cúcuta, se paseaban por la frontera con sus carnes morenas y su porte de potras llaneras.
¿Se acabaron las venezolanas?

Ahora vienen poco. “Los pasaportes están agotados”, me dijo una amiga a la que le reclamé una visita en estos días. El trámite de expedición o renovación de pasaporte, ahora es una complicada maraña de burocracia que termina en aplazamientos por supuesta “escasez de papel”, sin lograr obtener la libreta que les abre la puerta hacia el mundo. Y ellas, encerradas en las ciudades venezolanas, no son iguales.

Puede estar resultándoles difícil el contacto con la moda contemporánea, las dietas de última generación y los tratamientos de belleza a los que eran tan aficionadas; al fin y al cabo sólo queda al aire Globovisión como canal independiente y, en los anaqueles de los supermercados, el lugar de los menjurjes de belleza importados está vacío. Se ven mustias, anticuadas y tristes a bordo de esos enormes carromatos “setenteros”, asoleados e indigestos de gasolina, recorriendo las carreteras desde San Cristóbal hacia adentro del gran llano. Ambos, ellas con sus proverbiales melenas desteñidas y los carros rugidores de carrocerías estrafalarias, parecen emprendiendo un viaje hacia el pasado. Ayer se quedaron además sin Coca-Cola Zero; “tras de aisladas, gordas”, sentenció mi amiga.

Pero las venezolanas no se acabaron; sólo se fueron. Ahora inundan las tiendas de moda y los clubes nocturnos de Miami, los gimnasios y los restaurantes de Bogotá; altivas, ruidosas, siempre ataviadas como para una fiesta. Algo cambió en ellas; basta un breve cruce de palabras y esa alegría caribeña se torna en un melancólico discurso de tiempos idos, de glorias perdidas. Los colombianos de aquí, que nos criamos comiendo “cocosetes”, “torontos”, aceitunas negras y “pistachos Zenobia” traídos de San Antonio, sabemos lo que la tiranía está destruyendo allende el río Zulia. Las venezolanas de Miami parirán latinas gringas, pero las venezolanas que se quedarán encerradas en su patria ya no criarán esas hembras fogosas y libres que mirábamos con deleite los colombianos de mi generación.  

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