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El color de mi Colombia | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-06-13 05:00:00

El color de mi Colombia

Elena Molina nació en Cali, vivió en Caquetá y se residenció en Bucaramanga después de su matrimonio. Se inició en la pintura al óleo aplicado al lienzo con espátula, y su resultado es la expresión de su corazón vuelta obra de arte, cuya gama mágica tiene el verde que resulta de combinar los colores de la bandera de Colombia en esas mismas proporciones.
El color de mi Colombia

Para ella, Santander es un semillero de artistas y asegura que, aunque en todos partes hablan de lo bravos y lo peleadores, también se refieren a los santandereanos como los seres talentosos que han tenido influencia enorme sobre ella, desde Cristian Toledo y Manolo Torres como artífices de su técnica, Cristian en los colores y Manolo en la espátula: “Santander hizo en mí lo que en otra parte no había sucedido: encontré un ambiente propicio. Piqué en todas las técnicas, hasta que encontré lo mío. Santander me formó como artista, aparte de tener un esposo y unos hijos que se constituyen en apoyo, impulso y motor”.

Cuando llegó a Bucaramanga, sin niños, decidió dedicarse a sus cosas, pero vinieron sus hijos, Fernando y Lilianita, y la pintura pasó a segundo plano. Para ella, la familia es primero, y después la pintura. Elena Molina adora a Colombia. “Si de pronto dijeran que todos tenemos que irnos de nuestro país, me quedaría de última”, dice, y cada rincón de nuestro país es para ella una obra de arte: “Trato de fusionar las vivencias con los recuerdos, pero el paisaje es creado. Cuando veo una casita con geranios rojos, comienzo a imaginar todo el paisaje, puede ser luego con apoyo de alguna fotografía, pero cada obra es una creación exclusiva”. Cada uno de sus cuadros permite que quien lo contemple asuma que ese paisaje es de su tierra.

Su método, como su orientación, es creación y enseñanza: dos pasiones; entonces, las maneja de distinta forma. Cuando está pintando, trabaja hasta la medianoche, cuando nadie la molesta, en una comunión total. Con mucha frecuencia pinta entre las diez de la mañana y termina doce horas después, de acuerdo con “el impulso”. Como es muy ordenada en sus cosas, y todo lo tiene programado, sabe expresamente cuánto va a pintar.

La otra parte, la enseñanza, que la apasiona tanto o más que la pintura, la maneja por medio del celular, y sus alumnos se encargan de organizar grupos adonde ella viaja. Dicta talleres en jornadas intensivas a quienes les gusta su técnica, y que –como ella– tienen temperamento similar, “acelerados e hiperactivos”.

“Prefiero la espátula en el óleo, y no el pincel, porque soy generosa en todo. Recuerdo que mi maestro me regañaba porque dejaba los montoncitos en el lienzo; así lo hago, pero lo que quiere detallar lo trabajo mucho más. Podría decir que manoseo mucho la espátula –si cabe el término– y ese manoseo depende de los planos y la importancia que tiene en la obra una característica determinada. Así sea complicado un detalle con la espátula, yo me tomo el tiempo”.

Según la opinión de conocedores, como Montoya Romanowsky, “sus pinturas son encantamientos misteriosos, fantasías exquisitas, todo presentado con delicadeza y visiones fugaces. La cálida intensidad del color de su obra y su resonante contrapunto de superficies son el fruto de su personalidad. Elena sigue su propio camino con obstinada independencia, y desarrolla su notable y noble misión de educadora. Sus pinturas tienen una serena poesía inspirada en su propia visión de la naturaleza, la arquitectura campesina y la vida misma. Su visión está enriquecida por su mirada de experta observadora del maravilloso mundo personal que la rodea”.

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