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La madurez de un niño | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-06-14 05:00:00

La madurez de un niño

Julián Andrés Laguado había dicho en su cumpleaños número 11, el pasado 20 de diciembre, que quería conocer el mar. Ese deseo de cumpleaños se cumpliría en enero cuando viajaría a Cartagena, pero tuvo una repentina recaída que lo mantuvo cinco meses en el hospital.
La madurez de un niño

Una vez logró aliviarse un poco, el médico Ernesto Rueda le dijo a Nury Esperanza Villalba, directora ejecutiva de Esperanza Viva, una fundación que cumple los deseos de los niños con cáncer terminal que era “ahora o nunca”.

Por eso, al día siguiente de haber sido dado de alta, Julián Andrés se encontraba en un avión rumbo a Cartagena.

El viernes 22 de mayo, este niño bumangués fue recibido en la Base Naval, donde le hicieron una misa en su honor, los cadetes realizaron su tradicional desfile, visitó el planetario, los buques y hasta los submarinos.

El Capitán de Navío, Flavio Jaimes Aguirre, lo hizo sentir como todo un marino: le dio una gorra, conversaron un buen rato y al final, Julián Andrés firmó el libro de visitantes ilustres escribiendo: “Muchas gracias al comandante y a sus 100 hombres por permitirme conocer su buque. Está muy bacano, muchas gracias por la gorra que me regaló y espero que lo arreglen rápido para que pueda seguir navegando”.

A las cinco de la tarde ya estaba agotado y todavía no había sentido, olido, ni probado agua de mar.

La enfermedad

Julián Andrés Laguado no ha tenido una infancia tradicional.
 
Se la ha pasado más tiempo hospitalizado que asistiendo al colegio. Por ello, no ha gozado de muchos amigos, no ha ido a cumpleaños, no ha montado en bicicleta, patinado, ni se ha bañado en una piscina.

Desde que nació, Julián fue un niño frágil, recuerda su madre, María Mongui Méndez. “Era un niño pálido, no caminaba casi, le salían morados de la nada que se expandían por toda la piel”, recuerda.

Lo llevaron al médico, le mandaron exámenes cuyos resultados no arrojaban nada. Todos afirmaban que el niño gozaba de buena salud.
Sin embargo, María Mongui sabía que su pequeño no estaba bien. “Esa corazonada de las madres, yo simplemente lo sabía, cada día lo veía más pálido y lo volví a llevar al médico”, cuenta.

Leucemia, ese fue el diagnóstico. La madre no conocía el significado. “Cáncer en la sangre”, le decían. Lo que sí entendió fue que su hijo no iba a vivir mucho y que su vida cambiaría radicalmente.

La familia

Julián Andrés es el menor de tres hermanos. A su padre no lo conoce porque los abandonó cuando su madre estaba embarazada.

Viven en una vereda cerca a Bucaramanga donde María Méndez se ganaba el pan de cada día como modista. Por la enfermedad de su hijo tuvo que dejar de trabajar para dedicarse de tiempo completo a Julián. Sus dos hijos mayores han sostenido el hogar desde entonces y es increíble para la madre, descubrir cómo se ha unido su familia, de escasos recursos, en medio de la situación.

Desde un principio María Méndez le habló con la verdad a su hijo. “Yo le dije que tenía una enfermedad grave, que se podía morir en cualquier momento, que por eso me pidiera todo lo que quisiera hacer, que tenía que vivir la vida como si fuera el último día”, sostiene la madre.

Julián siempre la escucha. Es un niño tímido, habla poco, pero tiene una mirada expresiva. Es inteligente, analítico y maduro para su edad. Le gusta pintar, actividad que le facilita expresar lo que no puede comunicar verbalmente. También le fascina jugar videojuegos, comer golosinas y nunca olvida orar antes de acostarse.

Pero esto no es todo. El amor también tocó el corazón de Julián Andrés quien decidió no perder tiempo e ir directo al grano. Le dijo a Mayerli, una niña que también está en tratamiento de quimioterapia: “yo le caigo bien a su mamá y a su hermano. Yo sé lo que usted tiene y lo que le puede pasar, usted sabe lo que yo tengo y lo que me puede pasar, usted me gusta mucho, ¿quiere ser mi novia?”. La niña lo miró y le dijo que tenía que pensarlo.

En la noche lo llamó al teléfono y le comunicó su decisión. Aceptó.

La realidad

Esta es la tercera recaída que tiene Julián Andrés. Las células cancerígenas volvieron a aparecer. Él ya lo sabe. El médico le explicó que le harán un tratamiento más intensivo de quimioterapia sin ninguna garantía.

Cuando se lo comunicaron, él solo respondió: “yo voy a luchar hasta el final, yo voy a morir de pie como un roble”, contó con voz entrecortada, Nury Villalba.

Estas palabras cargadas de madurez y sabiduría, reflejan la vida de los niños que sufren de enfermedades incurables. La vida los madura antes de tiempo y son ellos los que demuestran fortaleza ante una familia quebrantada, explica Nury Esperanza Villalba, directora de la fundación.

“Las hospitalizaciones son largas, desgastantes tanto para el niño como para la familia”, agrega.

El mar

Por fin llegó el momento esperado.

El mar estaba sospechosamente tranquilo, quieto, lo estaba esperando. Julián entró con seguridad, como si lo hubiera hecho antes, sin ningún temor.

Estaba feliz, no lo dijo pero su rostro lo expresaba. Allí se relajó mientras el día caía junto a su nuevo amigo, Juan Felipe Carvajalino, quien lo acompañó a disfrutar el sueño de su vida.

Si usted quiere conocer el relato del viaje escrito por Julián Andrés, visite la página http://www.fundacionesperanzaviva.blogspot.com/

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