Publicidad
Vie Feb 24 2017
24ºC
Actualizado 06:43 pm

“La mezcla de terquedad e ingenuidad fue mi perdición” | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-06-20 22:31:28

“La mezcla de terquedad e ingenuidad fue mi perdición”

A principios de este año, Marcela Loaiza volvió de visita a Pereira, su ciudad de crianza y donde está buena parte de la familia. Desde hace más de tres años vive en Estados Unidos con su esposo y sus dos hijas.
“La mezcla de terquedad e ingenuidad fue mi perdición”

En la capital de Risaralda se encontró con parte de un pasado doloroso que le ha dejado cicatrices imborrables en su vida. Un infierno al cual no quiere volver jamás, pero que con asombro vio que es el presente de muchas colombianas en el Japón y el oscuro futuro de jovencitas que buscan algún camino para sacar adelante su familia y poder cumplir sus sueños en la vida.

Marcela es de las pocas mujeres que han salido a dar la cara luego de ser víctimas del tráfico de personas. Estuvo sometida en Japón como prostituta, casi como esclava de una mafia que la engañó y que lo sigue haciendo con centenares de mujeres colombianas a las que les prometen trabajos ideales en el Lejano Oriente, para luego explotarlas como prostitutas en condiciones infrahumanas.

Decidió contar su historia a través del libro “Atrapada por la mafia Yakuza”, y aunque lo hubiera podido hacer bajo un seudónimo y ocultar su identidad, quiso salir a la luz pública para asegurar que todo lo que relató en las 220 páginas de este libro es una realidad que no la ha dejado en paz en los últimos nueve años.

Ha pasado el tiempo desde que su drama ocurrió, pero es una historia que se sigue repitiendo en el país. Sólo esta semana, la Fiscalía General de la Nación confirmó que fue desmantelada una de las redes más grandes de tráfico de personas que operaba en el país, la cual engañaba a mujeres entre los 16 y 25 años de edad para luego obligarlas a entregar su cuerpo en diferentes partes de Colombia.

“El tráfico de personas en el país está más vivo que nunca. En mi visita en enero a Pereira hablé con una joven de 17 años, quien sin conocer nada de mi historia, me contó su intención de viajar a Japón, trabajar dos o tres años supuestamente como bailarina y lograr el dinero suficiente para montar un negocio en Pereira”.

Marcela de inmediato se vio reflejada. Era una jovencita madre soltera, como lo era ella, que cansada de pasar tantas necesidades económicas estaba dispuesta a viajar al otro lado del mundo donde le habían prometido, como a Marcela, ser bailarina y ganar buen dinero para darle una buena vida a su familia.
“Le escuchaba las promesas que le habían hecho para que viajara, eran las mismas que me habían hecho a mí. Era aterrador sentir que esa niña podría pasar por el mismo infierno que yo”.

Entre lágrimas y armada de valor, decidió confesarle lo que a solo su madre le había dicho: su experiencia en el Japón. Por más de dos horas relató cómo fue engañada, cómo le quitaron los documentos de identidad, obligada a pagar más de 200 millones de pesos además de su manutención diaria y el permiso diario para que la mafia le permitiera trabajar en una de las calles más peligrosas de la ciudad.

También cómo fue víctima de uno de los más temibles capos del Yakuza, quien la golpeó de tal forma que estuvo por más de dos semanas internada en un hospital, además de todos los horrores que sus compañeras de infortunio tuvieron que soportar. Incluso, algunas mujeres recibían tal maltrato que terminaron asesinadas o con partes de sus cuerpos desfiguradas.

Dicha confesión de Marcela le sirvió a la joven para que recapacitara, pues ya había caído en las redes de tráfico de personas, le habían sacado los documentos necesarios para viajar y estaba a la espera de que le confirmaran el día y la hora para ir al Lejano Oriente.
También le sirvió a Marcela para darse cuenta de que su historia podría ser útil para que otras jóvenes no cometan el error de creer en falsas promesas y no tengan que convertirse en esclavas sexuales.

Así, y con el apoyo de su esposo, decidió contar su historia para ayudar en el tema de prevención y lograr que menos mujeres terminen solas y desamparadas en las calles de Tokio, teniendo como dueños al Yakuza, una de las mafias más temidas en el mundo.

Escalera al infierno

Hace nueve años Marcela trabajaba como cajera de un supermercado. Con el salario mantenía a su pequeña hija, ayudaba a su madre y sus hermanos, por lo que sus ganancias no alcanzaban para mucho y siempre se veía en serios aprietos para llegar a fin de mes.

En medio de dicha desesperación se encuentra con Lina, una amiga de colegio y de su misma condición social humilde, pero que en ese momento se movilizaba en una lujosa camioneta y lucía ropa de marca. Lina, sin muchos detalles, le contó que había estado en el Japón como prostituta y que allí había conseguido el dinero.

Marcela le pidió ayudar para hacer lo mismo, pero recibió un no rotundo, “No quiero que sufras ni que arriesgues tu vida”, recuerda que Lina le dijo aquel día.

“Ahora entiendo que quería evitarme un mal, pero en ese momento no lo pensé así. Creí que lo hacía de mala amiga, que no quería que progresara. Si ella lo había logrado y ahora estaba bien, por qué yo no lo iba a poder hacer. La mezcla de terquedad e ingenuidad fueron mi perdición”.
Sin la ayuda de Lina consiguió el contacto para poder viajar. Le tramitaron todos los documentos, entre reales y falsos, además de los tiquetes nacionales e internacionales y dos mil dólares para que llevara en el bolsillo.

“Me dijeron que la deuda sería por los trámites de documentos, pasajes y mi manutención en el Japón. Jamás había tenido tanto dinero en mi bolsillo, pero al llegar, me quitaron los papeles y me dijeron que les debía 200 millones de pesos, además de otros gastos diarios en dicho país”.
Ahí comienza el relato desgarrador en el libro, el cual inició en un pequeño cuaderno hace algunos años atrás como parte de las terapias que realizó para poder vivir con ese pasado que amenazaba con no dejarla ser feliz.

“Yo cuando volví a Colombia hice todas las vueltas judiciales del caso, pero nada pasó. Me guardé toda esa verdad para mí y eso me estaba consumiendo. Busqué ayuda profesional que me ayudó mucho. Entiendo bien a las mujeres que vuelven y prefieren callar todo el horror vivido, pero yo busco ayudar para que otras mujeres no vivan lo que yo sufrí”.

Su autoestima estaba en cero, no se sentía digna de su familia y mucho menos de volver a encontrar el amor de un hombre, pero poco a poco lo ha logrado y ahora siente que ha forjado una familia llena de afecto y cariño.

“Allí tu pasas a un segundo plano, no tienes miedo a morir y eso la mafia lo sabe bien, entonces lo que hace es presionarte por el lado más vulnerable: tu familia”.

“Si se porta mal o intenta escapar, no va alcanzar a llegar a Colombia para el funeral de su hija”, era la peor y más constante amenaza que recibía Marcela en el Japón por parte de su “Manilla”, el nombre que le dan a la persona que se encarga de vigilarla y cobrarle la deuda que asumió con la mafia.

LA PEOR DE LAS MAFIAS

En medio de todo, Marcela reconoce que tuvo suerte. “Me pudo haber ido peor”, pues no era directamente manejada por miembros de la mafia Yakuza, sino por personas que le pagaban a dicha organización criminal para que les permitiera llevar mujeres a prostituirse.

“Esa era otra de las amenazas. Muchas mujeres, que estaban en mi misma condición e intentaban escapar o se portaban mal, eran vendidas directamente a Yakuza, lo que significaba que la deuda se triplicaba y las condiciones de vida empeoraban”.

Según testimonios de otras mujeres, estar directamente ligada a Yakuza era someterse al régimen del terror. Muchas de ellas eran constantemente golpeadas por cosas como llegar cinco minutos tarde a la calle donde se prostituían, y si la falta era más grave, eran quemadas con cigarrillos en partes de su cuerpo como el clítoris.
Marcela tuvo que presenciar en la calle la dantesca escena de cómo a una mujer colombiana la golpeaban con bates de béisbol de aluminio hasta desfigurarla y dejarla inconsciente. Luego se enteraría que la mujer había muerto.

“No pude hacer nada por ella. Estaba escondida entre la basura de un restaurante. Si salía correría la misma suerte que ella”.
Reconoce que muchas mujeres son engañadas diciéndoles que serán bailarinas, que cuidarán ancianos o que serán meseras, pero también sabe que hay otras mujeres que siendo prostitutas en Colombia llegan al Japón para ejercer el mismo oficio.

“Lo que no saben es que ser prostituta en Colombia es muy diferente a serlo en el Japón. Allí eres esclava, no eres dueña de tu vida y no tienes a nadie. Vives en constante peligro y no puedes confiar en nadie, porque la mafia tiene a mujeres espías que se hacen pasar por prostitutas para sacarte información”.
Pese a ello, y arriesgando su vida, ayudó a muchas colombianas que como ella, llegaron engañadas para enfrentarse a un mundo oscuro y sin ley.
Cuenta en el libro que aunque había mujeres de todo el mundo en dicha calle de Tokio, la mayoría eran latinas, y casi el 80 por ciento eran colombianas, de todas partes del país.
Tuvo que soportar todo eso hasta que pagó su deuda, y aunque su “manilla” quería cobrarle más, ella logró escabullirse, huir y volver a Colombia, donde el temor la acompañó por varios años.

“No quería salir de mi casa, menos que mi hija lo hiciera. Mi familia no entendía mi paranoia, porque no les había contado la verdad. No fue fácil hacerlo, confesarle a mi madre lo que había vivido, luego al hombre que ahora es mi esposo. Ahora, con la salida del libro, toda mi familia sabe la verdad, hasta mi hija de 14 años de edad, y el apoyo ha sido total. Es lo importante, mi familia, sin importar qué tanto o poco se tiene. Si lo hubiera entendido a los 20 años, me hubiera ahorrado mucho sufrimiento”.

Publicada por
Contactar al periodista
Publicidad
Publicidad
Publicidad