Teatro real y arte sin límite | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-06-27 05:00:00

Teatro real y arte sin límite

Una mujer llega con su bebé ante las puertas de un viejo hospital a esperar el turno de la esperanza. Mientras el día despierta, se inicia un viaje hacia el mundo interior de esta madre que nos presenta su tragedia cotidiana: su soledad presente, apenas apaciguada por la pequeña vida que lucha entre sus brazos; sus alegrías y tristezas del pasado que van y vienen impulsadas por la memoria como la marea impulsa las olas; sus ilusiones futuras que se debaten con una realidad implacable.
Teatro real y arte sin límite

A medida que transcurren los minutos, el antes, el después y el ahora (igual que en la existencia diaria) abordan, como por capricho, la escena. Así, luego de recordar a la enfermera que la descuidó en su parto, la mujer imagina qué le dirá el médico que la atenderá cuando por fin consiga un turno, ensoñación de la cual sale abruptamente cuando un bus que pasa le recuerda que ya casi llega la mañana. Sin embargo, no hay nada de azar en el orden como se conocen los eventos y, en el desenlace, aunque ella simplemente sigue viviendo, los espectadores pueden armar, casi de principio a fin, la historia que queda inacabada en el escenario.

Osvaldo Croce, periodista argentino, comenta breve y acertadamente el tratamiento que el autor da al personaje principal: “Finzi conoce a esa mujer, a tantas. Y lejos de la mirada compasiva la ofrece en su grandeza, su miseria, su ignorancia y su lucidez”. Es una mujer que batalla con valentía por su hijo desde el momento mismo de su concepción y que no se arredra ante las dificultades que va encontrando en su proceso de ser madre.

Obstáculos que provienen principalmente de su condición de pobreza y desamparo, que ella asume con nobleza y resignación. Pero hay algo que su amor materno no puede someter y son las leyes naturales, además de la burocracia insensible y estéril. Aunque desconoce los mecanismos, experimenta y presiente las consecuencias y por ello persevera ante el hospital, para que al menos allí alguien le diga que no hace falta insistir más.

Alejandro Finzi sólo pretende contarnos la historia de una mujer que se enfrenta a la adversidad representada en sus carencias económicas, sociales y afectivas. A pesar de ello, reconocemos en esa mujer la historia de muchas otras mujeres y hombres que desfilan diariamente no solo ante nuestras instituciones de salud sino también ante aquellos entes burocráticos, públicos y privados, que nuestras sociedades crean para procurar bienestar social y que terminan reforzando un clima de impotencia. Nos cuestionamos sobre la función que cumplen, lidiando apenas con los problemas, sin intenciones o acciones claras y eficaces por combatir las causas. Nos preguntamos si no es hora de dejar de ser simples observadores.

El lenguaje de la pieza ya lo describe con suficiencia Víctor Arenza, otro periodista austral: “La obra está escrita en un idioma claro, cotidiano, empleándose los términos que todos alguna vez escuchamos en cercanías de un hospital. No hay frases rimbombantes, ni palabras difíciles; hay frases claras y términos que todos entienden por lo cotidiano de su uso. Hay dolor ante la impotencia del que no puede porque no tiene; y así, descarnadamente, se arma una obra que impacta”. Quizás sólo bastaría resaltar el ambiente onírico que el lenguaje aporta a la pieza. Es una obra de desdicha, es cierto, pero que no acaba con los sueños. Nuestra protagonista se desplaza entre la ensoñación y lo real, como si este último le fuera más soportable porque existe la primera. ¿Acaso no es así para todos? Cuando ella finalmente va a buscar su turno, sabemos que, sin importar lo que pase, su capacidad de soñar la seguirá acompañando.

En ‘Viejos hospitales’ encontramos una gran cualidad musical en el texto, lograda a partir de su carácter habitual, cotidiano. Las frases y palabras cortas que varían constantemente en intención y emoción, coloreadas con algunos pasajes en staccato, le confieren un ritmo sostenido, de gran variedad y armonía.

Esta riqueza auditiva y dramática tiene su culminación visual en la última imagen que el autor ofrece: la de aquel mendigo, aparentemente insignificante, que cierra la obra con color y movimiento. Una metáfora poderosa y conmovedora, la puntada final que da unidad al drama y hace que su significado se expanda en la mente del espectador y traspase los límites del teatro.

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