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Recordando su Musurgopoesía | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-07-25 05:00:00

Recordando su Musurgopoesía

Separado del italiano, por la pretensión del tiempo, pero unido a éste en la insinuante potencia imaginativa del sentimiento estético, Borges sugirió sentir la poesía como se siente la cercanía de una mujer, una montaña o una milonga, y acaso nos recordó la definición platónica de la poesía, como esa cosa liviana, alada y sagrada; definición que durante muchos siglos respondió a la pregunta por la música.
Recordando su Musurgopoesía

Apreciaciones en modo alguno reñidas, retóricas o impostadas.

Ya los antiguos, nuestros antepasados (indefinible palabra mezcla de oriente y occidente, oído y voz, letra y música), habían asimilado la experiencia del ritmo con todo lo que se mueve, vive, sufre y se transforma. Y entonces la belleza rítmica se conjuró como expresión de armonía cósmica, donde los sentidos se avienen y los contrarios se consienten.

Aquí hay una suerte que no se puede eludir: que yo sepa, fue (ha sido, es, y ¿será?) el poeta el encargado de enfrentar lo indeciblemente perceptible, lo sensiblemente incierto, lo bellamente perturbador. De recoger la angustiada sabiduría y expresar la indispensable sonoridad. Su búsqueda lo ha hecho un alquimista que hurga; emparentando, creando y cantando.

Pues bien, ahora, en tránsito hacia el (nada cierto) punto final que aguarda, deriva la atención (nuestra atención) hacia un misterio (¿fenómeno?) con pretensiones de proyecto y esperanza de elucidación (¿deleite?), es un asombro, tal vez una inclinación o un regusto (nuestro banquete): la poesía de León de Greiff. De su lenguaje pudo decir Rafael Vázquez que operaba en su espíritu como un pentagrama conformado con las notas que mejor han logrado traducir un pensamiento siempre inconforme y desconcertante.

Tomás Vargas Osorio supo advertir que con la poesía “degreiffiana” se experimenta la misma sensación, casi penosa, pero profundamente melódica y grata, que se siente después de haber escuchado la ejecución de un trozo musical de múltiples instrumentos que dialogan entre sí. Germán Arciniegas describió su poesía como un diario íntimo lleno de señas, indicios, símbolos, secretos, despistes de música callada, escondida en sus cancioncillas, favilas, arietas, baladetas, rondeles y ritmos. Jorge Zalamea la presentó como poesía engendrada por la música, parida por la acción de fantasmas que danzan sobre las páginas. Fernando Garavito semejó sus versos con lo que podría decirse con fagotes, tubas, pitos, violas o trombones. Germán Espinosa confirmó que para De Greiff música y poesía son una sola ‘Ella’. Y Rafael Gutiérrez Girardot celebró su fantástica incorporación del  mundo musical a la poesía colombiana.

Nuestro cuidado interés podría conferir desmesurado valor a la atávica (y frecuente) presunción de casualidad, pero tengo para mí que tales nociones guardan sorprendentes y no fortuitas correspondencias con las sospechas de algunos otros. Por ejemplo, Floyd Merrell piensa que textos como la poesía pueden ser experimentados como un ritmo, una danza; incluso propone asimilar la experiencia de escribir o de leer un texto a interpretar una danza rítmica, pues a través del ritmo, la cadencia y la consonancia, el sujeto se funde con el texto (su texto) en un movimiento que mueve, una danza que danza, un sentimiento que siente.

Greimas y Fontanille encuentran en el ritmo una expectación, una forma significante de la misma naturaleza de los otros elementos de la prosodia, con base en una fantástica percepción, que es originaria, fundacional y, en todo caso, anterior a la comprensión intelectual. Y otros, como Eero Tarasti y Émile Benveniste, inspirados en C. S. Peirce, tienden a enfatizar la importancia del ritmo en la textualidad.

Sírvanos de repertorio citar, igualmente, a Heidegger, para quien hablar del lenguaje puede expresarse como música, como discurso musical, pues el sentido musical de la poesía no sólo se escucha, también se siente. De esta manera, plantea un enfoque inmanente en el cual el sujeto es más objetivo que todo objeto posible y, en ese caso, el ritmo se puede comprender como intencionalidad, como ir en cierta dirección o seguir cierto sentido.

Resolviendo, el exordio es este: si la palabra puede ser una experiencia estética que a través de la poesía se transfigura en canto; si la poesía “degreiffiana” deviene en musicalidad; y si su sensible armonía entraña una interrelación de múltiples

 

 

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