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Yo soy Garufa, el solitario | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2008-08-10 05:00:00

Yo soy Garufa, el solitario

Un d√≠a cualquiera Aldemar se dio cuenta de que la vida se le pod√≠a acabar y comenz√≥ a recorrer la galer√≠a de los a√Īos transitados: pasaron mil recuerdos, pocos buenos, algunos sublimes y cientos de decepciones; y volvi√≥ a hospedar los golpes del cuerpo y los otros, no menos atroces, del alma.
Yo soy Garufa, el solitario

Fue un largo sue√Īo inducido por √©l mismo. Un estado de coma emocional. Una muerte chiquita. Fue una calamidad hipn√≥tica que le sacudi√≥ la esperanza y le aument√≥ la carga de los a√Īos que, aunque no son tantos, pesaban demasiado sobre sus hombros de piedra.

A su alrededor sinti√≥ la evidencia omnipresente de sus dos mujeres, sus diez hijos y sus tres nietos: una suma temible para tener s√≥lo algo m√°s de 50 a√Īos.
Aldemar no sabe lo que los iniciados atesoran en el fondo herrumbroso de su silencio, porque su templo ha sido el camino; su Maestro, el tiempo y su liturgia, la vida misma. A él no le han dicho que lo que es sabio, es lo que es simple, pero lo sabe, porque ese es el principio que orienta sus pasos.

El día que descubrió que se le podía acabar la vida, Aldemar decidió devolver las cuentas del cordel y comenzar de nuevo la suma. Ese fue el momento en que decidió cambiarse el nombre, como una especie de sortilegio para volver a nacer a sus 50.

El pajarero

Desde el comienzo de su vida Aldemar tuvo que espantar al destino. En los montes de Antioquia, su tierra, fue pajarero y su oficio era el de ahuyentar las aves que asaltaban a picotazos el maíz tierno de los sembrados: el negrito batía sus brazos y con gritos altos y agudos las amenazaba hasta hacerlas regresar despavoridas y salvar la cosecha de un maíz que no era suyo, ni iba a serlo nunca.

Pero cuando la juventud comenz√≥ a erizarle la piel y los primeros calores le sacaban pelo en el pecho, las piernas se le pusieron ligeras y ech√≥ a andar por el Magdalena Medio. Pegado de la carrilera del tren para no perder el rastro de sus ancestros, se fue estaci√≥n por estaci√≥n y mientras le hac√≠a cocos al amor pasajero, como aprendiz de seductor, a los 17 a√Īos vino a dar al Caf√© Madrid, una estaci√≥n grande y licenciosa que, por esas cosas de la mala suerte y la buena poes√≠a, le hizo tirar el ancla antes de lo que planeaba.

De las noches libertinas del Caf√© Madrid lo sacaron una ma√Īana para llevarlo a prestar el servicio militar en tiempos macabros. Seg√ļn Aldemar, por los montes de Santander se pod√≠a oler el rastro de la Mona Mariela, el Cura La√≠n, Tirapavas, Fabio V√°squez Casta√Īo, personajes de una violencia infernal que Aldemar tuvo que enfrentar echando plomo a la loca, con los ojos cerrados. Se dispara para cualquier lado y, en medio del espanto del combate, nunca se sabe si uno mata o si es que a uno ya lo mataron y se qued√≥ tir√°ndole a los esp√≠ritus que se estancan varados entre dos existencias.

En los ratos que no lo enviaban al frente, Aldemar empez√≥ a estrenar los pu√Īos. Sin planearlo, comenz√≥ a hacerse boxeador y a emprender una carrera de buena fama y mala fortuna.

El boxeador

Su historia de pajarero, caminante sin rumbo, seductor y picapleitos lo hicieron m√°s un peleador que un boxeador. Cuando Aldemar sub√≠a al ring, s√≥lo la campana lo separaba de los pu√Īos de sus rivales. Se lanzaba como un molino, atropellaba, bufaba, gem√≠a, her√≠a y recib√≠a golpes, todo al mismo tiempo. Ese era su secreto para vencer a m√°s de un esgrimista que no ten√≠a tiempo de estudiarlo y se iba con una mu√Īequera antes de saber que al negro lo que lo doblaba era que le miraran el h√≠gado.

Del boxeo le queda, entre otras desgracias, mentiras y decepciones, el recuerdo del combate frenético en que se trenzó con el Látigo Torres hasta ganarle, a pesar de que todavía le duele el gancho matrero que recibió en el hígado y lo puso tres días seguidos a orinar sangre. Aldemar ganó la pelea, pero el Látigo Torres tenía clasificación latinoamericana y no podía perder el rumbo hacia la pelea por el título mundial.

Entonces, haci√©ndole una finta imposible a la legalidad, una semana despu√©s de esa pelea √©pica, le raparon a Aldemar el t√≠tulo nacional que se hab√≠a ganado con el coraz√≥n, y de paso le apagaron el sue√Īo de una casa que le prometieron, aunque casi deja el h√≠gado en la lona por tratar de reventarle las narices al destino.

El solitario

Aldemar no pasa una cuadra sin que alguien lo salude o alg√ļn ni√Īo mire con asombro su piel negra, su cabeza rasurada en surcos y su cuerpo macerado por los golpes recibidos desde que se subi√≥ al cuadril√°tero de la vida.

Muchos a√Īos atr√°s, reci√©n llegado a Bucaramanga, Aldemar recorr√≠a las calles y a su paso causaba alboroto. En la retra√≠da ciudad de entonces no era muy posible pasar de largo si se era negro y menos, si se era un negro puro, como Aldemar. Su piel tuvo mucho que ver cuando, atacado por la angustia del calendario, decidi√≥ bautizarse por cuenta propia, en la oficina de la registradora municipal. El Solitario, es ahora su segundo nombre porque, dice, siempre fue un negro solo entre los blancos.

El hombre pierde por un instante ese rel√°mpago propio de su raza; se vuelve taciturno y expone en sue√Īos para estrenar, lo que fueron sus decepciones del pasado: ¬ďCon Aldemar sufr√≠ mucho. Ya lo ha visto. Ya le he contado casi toda mi vida. El boxeo me dej√≥ cosas bonitas, pero tambi√©n sufr√≠ el enga√Īo.

Me prometieron una casita, pero nunca me cumplieron y cuando tuve el triunfo en mis manos, me lo quitaron tambi√©n, como la promesa de la casita. Despu√©s de eso, trabaj√© muchos a√Īos: fui guardi√°n en la C√°rcel Modelo y luego estuve en la alcald√≠a hasta que me pension√©. De las cosas de all√° es mejor no hablar. El caso es que me pension√© y ahora trabajo por mi cuenta, con mi bicicleta y los contraticos de publicidad que espero hacer ahora que funciona bien el micr√≥fono y puedo perifonear¬Ē.

Garufa

El d√≠a en que Aldemar se dio cuenta de que la vida se le pod√≠a acabar e hizo el recuento de sus pesares y sus placeres, sac√≥ del costal de sus recuerdos las noches de bacanal. Desat√≥ la cuerda del reloj de los tiempos y se vio algunos a√Īos atr√°s, sentado en un bar, cercado por el bullicio et√≠lico de otros tantos que, como √©l, se gozaban el trago y las mujeres en rondas voluptuosas que no paraban ni cuando los acosaba la luz del d√≠a.

Detr√°s del tel√≥n de esas memorias borrosas, Aldemar oy√≥ la cantinela quejumbrosa y sarc√°stica de un tango: ¬ďDel barrio La Mondiola sos el m√°s rana y te llaman Garufa por lo bac√°n¬Ē. Con trazos grises, la canci√≥n garabateaba la figura de un vividor, un goz√≥n, un referente de la noche que se usa y se bota en medio de grupos de amigos improvisados, an√©cdotas abultadas, mujeres de paso y una sensaci√≥n de abandono m√°gico que se apropia del mundo y hace que el tiempo sea un pa√Īuelo.

Cuando el boxeo le fue infiel, Aldemar se tir√≥ a la rumba y ca√≠do sobre esa lona de ritmos y sombras, deambul√≥ por las cantinas y se hizo Garufa. En el d√≠a trabajaba como el que m√°s y las dos mujeres y la suma perpetua de hijos, con quienes compart√≠a su hogar, nunca lo extra√Īaron porque siempre respondi√≥ por sus obligaciones. Como lo hace ahora con ellas; y con los hijos que se fueron y son los padres de sus nietos; y con los que le quedan en la casa; y con los que siguen naciendo.

Hoy se llama Garufa, el solitario y pasa los d√≠as en calma, porque desde que estren√≥ el nombre, comenz√≥ para √©l una nueva cuenta en la vida. Una revancha m√°s que obtuvo, sin padrinos y sin promotores, en un pacto secreto con la esperanza, para espantar a la muerte como lo hac√≠a de ni√Īo batiendo los brazos contra los p√°jaros bandoleros que quer√≠an desportillar el ma√≠z que, en efecto, nunca fue suyo.

Y aunque nadie sepa de su nuevo nombre y sigan llam√°ndole Aldemar y √©l responda desparramando dos hileras relumbrantes de blancos dientes de negro, le basta con saber para s√≠ mismo que ahora se llama Garufa y que as√≠ han de llamarlo en el cielo cuando, dentro de muchos a√Īos, vuelva a rascar su l√°mpara secreta de sabio raso y decida acoger la voluntad suprema de comenzar la traves√≠a final, sin piel, sin huesos, sin carne, hasta llegar, sin trompadas y sin enga√Īos, a la espaciosa casa prometida de la eternidad.

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