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Viven las guabineras | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-08-02 05:00:00

Viven las guabineras

Estas mujeres nacieron en Guavatá, Chipatá, Jesús María, Sucre y Bolívar, pueblos al sur de Santander. De las seis cantadoras de guabina, sólo una no llega a los 70 años. Representan uno de los saberes culturales más autóctonos de los santandereanos, quienes votaron para convertirlas en íconos de la identidad regional. Ellas poseen un saber excepcional, pero el interés para preservarlo ha sido poco. Ninguna de las agrupaciones que lideran tiene un trabajo discográfico.
Viven las guabineras

Soñar con que el Cañón del Chicamocha se convierta en una de las nuevas maravillas del mundo cuesta miles de votos. Miles y miles que no fueron suficientes para alcanzar un cupo en la final.

Lograr un reconocimiento de esta magnitud es un privilegio tan escaso, que aquí en Colombia, en lo que se refiere al patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, tan sólo dos expresiones llevan el título otorgado por la Unesco: el Carnaval de Barranquilla y San Basilio de Palenque.

Pero desde esta semana esa lista cambió radicalmente y de una forma que se opone –por fortuna- a esa vieja costumbre de reconocer después de muerto a quien se puede elogiar en vida.

La sorpresa se la llevó un grupo de 11 personas, todas de Santander, que por primera vez en Colombia fueron nombradas Tesoros Humanos Vivos después de una rigurosa selección en la que participó el Ministerio de Cultura, luego de estudiar un conjunto de candidatos que los mismos santandereanos propusieron.

Seis son guabineras, mujeres de voz ronca que llegaron a Bucaramanga luciendo el hermoso traje tradicional que las caracteriza, con sus trenzas bien apretadas y con decenas de tonadas que evocan la historia del folclor regional.  

Ya se conocen. Llevan más de 30 años encontrándose en los pequeños pueblos y las grandes ciudades del territorio nacional, insistiendo en que no muera la guabina. Cada una lo ha hecho a su manera y con sus propios recursos.

En la casa de la cultura Custodio García Rovira se reunieron esta vez para organizar rápidamente una tonada. Tan sólo unos segundos de cuchicheo y ya la tenían lista. Su lamento llenó los salones de la casa del último presidente de la Primera República granadina.

Por ser guacharaquera

La señora Dorita González de Ardila, una sucreña de 72 años que canta guabina desde los siete, se define como una guacharaquera. Así llaman en su pueblo a las mujeres de voz fuerte porque son tan ruidosas como las guacharacas, pájaros que abundan en la región. 

“Sí, siempre ha sido así. Las que teníamos voz prima sosteníamos bien alto. La guabina de por sí no se puede cantar en tono bajito como las canciones”, explica.
Reconoce que nunca educó su voz, pero como era guacharaquera y sabía sostenerla, la elegían para liderar las parrandas que se armaban en las festividades de San Pedro y San Juan. Y nadie le ha robado ese honor.

Aprendió el oficio de guabinera escuchando a sus papás, abuelos y bisabuelos. A todas estas mujeres les pasó lo mismo. Esta tradición tiene un arraigo tan familiar que son sus maridos, hijos y nietos, quienes suelen tocar el tiple, el requinto o los instrumentos de percusión y acompañarlas cuando bailan el torbellino en sus presentaciones.
 
Su mamá siempre cantaba mientras cosía y fue ella quien más adelante le ayudó, junto a su esposo Arnulfo Ardila, a rescatar elementos tan esenciales como el atuendo. Porque la señora Dorita prefiere la falda negra y la blusa blanca –“el vestuario original”- a las faldas llenas de colores que hoy caracterizan a las guabineras de Vélez.

El asunto de su habilidad se hizo evidente cuando se casó un primo de su mamá, y como ella era guacharaquera se atrevió a cantar lo siguiente: vivan los señores novios y el cura que los casó, y el cura que los casó… y que vivan los padrinos y los músicos y yo, y los músicos y yo… “Cantamos esa tonada y se prendió la fiesta, así amanecimos”, recuerda.

Pero los encuentros no se reducían a las fiestas. Estas mujeres se tomaban los campos cuando recogían café. Cantaban a viva voz.
Lilian Vásquez Téllez es la más joven de este grupo de Tesoros Vivos y ya va para los 50. Nació en Bolívar y aprendió la guabina de tanto escuchar a sus papás, tíos y abuelos.

“Yo tenía 5 años pero me acuerdo muy bien. En mi casa todos eran guabineros y al son de torbellinos y guabinas se celebraban las fiestas. Una de esas primeras tonadas decía: allá arriba en aquel alto, va mi perro chocolate, son las brisas que vienen del mar, en busca de una chinita, y escuché como le late, son las brisas que vienen del mar…”

Ella explica que esas coplas han salido del pueblo. “De pronto alguien decía un verso y el otro completaba la tonada”. Muchas nacieron en las cogiendas del café y del maíz.

“La señora de aquí sabía que la comadre estaba a unos 500 metros y empezaba: oiga comadre, que si después de la cogienda nos reunimos para cantarnos una guabina y echarnos un torbellino. Y entonces la otra le contestaba: si comadrita, cómo a qué hora quiere que nos reunamos. Y se ponían la cita”.
 
 En poco tiempo todos se enteraban y así era como se formaban los jolgorios y parrandones, acompañados de aguadepanela, bizcochos, cuajada y masato.
Lilian Vázquez empezó a cantar con seriedad en las izadas de bandera de su colegio, porque siempre sacaban a quienes tuvieran mejor disposición para el canto. Estando en bachillerato, ya en Vélez, alguien la escuchó cantar con su hermana y fueron invitadas por el Trío Chicamocha –el grupo en furor del momento- al Club Unión, también en Vélez.  Querían escucharlas cantar una tonada que luego se volvió famosa y que llamaron “Las Santandereanas”.

Esta mujer que hoy canta con una de sus hijas y que formó en Vélez a muchos de los jóvenes seguidores de la guabina, no ahorra voz para recordar aquel éxito: Guabina Santandereana, la de tan bonitos soles, la de tan bonitos soles, la que de tarde, noche y mañana, alegra los corazones, alegra los corazones…

Con “Las santandereanas” estas hermanas participaron en un programa de televisión llamado Tierra Colombiana, hace ya 30 años, y esa fue la primera vez que una guabina se escuchó al unísono en todo el territorio nacional. Y no sólo  aparecieron ellas, también fueron protagonistas el requinto, el tiple, la carraca, el alfondoque, los quiribillos, la guacharaca, la esterilla, la pandereta, la tambora y la sambumbia.
Santander sacó pecho, la provincia de Vélez se emocionó y pronto fueron las invitadas de honor del elegante Club del Comercio en Bucaramanga. Luego vino los viajes a Neiva, Barrancabermeja y el resto del país.
 
Para ella, la guabina, por ser un lamento, es una sola. “Para quienes llevamos esa tradición en el alma resulta fácil acoplarnos. Sabemos que la guabina es un lamento, no es un bambuco, ni un pasillo, ni una danza, por eso es única y es tan fácil cantarla”, dice.

Todo en familia

El grupo de la señora Dorita se llama Los Cuchineros, en honor al cacique Cuchiman, amo y señor de la región de Jesús María en tiempos que nadie sabe calcular.

Ella y su esposo Arnulfo se han puesto en la tarea de rescatar las tradiciones más autóctonas de sus antepasados porque afirman que se sienten responsables de conservar ese legado.

“La danza que yo bailo es rescate de la manera como bailaba el torbellino una tía abuela. Se llama la Danza de la Manta, donde se puede ver el proceso del algodón desde que se inicia hasta que sale la obra. Lo rescatamos cuando ya habían pasado 50 años de olvido y lo llevamos con orgullo al Festival Mono Núñez (de música andina)”, cuenta.

Hasta conserva la mantilla negra que utilizó en la primera presentación de Los Cuchineros, hace ya 37 años. Está intacta, de un negro profundo como el primer día, gracias al añil con que fue teñida, vieja costumbre de tu tierra.

La historia de Ana Mercedes Hernández, oriunda de Guavatá, una mujer de 73 años y otra de los Tesoros Vivos, también se centra en su familia.
Se crió en la vereda Caciquito, donde recibió la herencia de la guabina en medio de los parrandones de las fiestas de San Pedro y San Juan. “Los amigos de mi papá formaban la fiesta. Si acaso quien supiera tocar un tiple era porque era un profesional. Toda la noche cantando guabina y eso se le pega a uno como si fuera una grabadora”.

Ella no lo dudó y les enseñó a sus ocho hijos desde pequeños. A su grupo lo bautizó Corazón Santandereano, con el que también ha recorrido el país.
Tiene 17 nietos y todos son aficionados a la música. Incluso una bisnieta de dos años ya coge el chucho y los acompaña en las celebraciones.
“Pocas familias de estas. Para cualquier evento sólo es llamar a mis hijas y a mis nietos y se armó el grupo. Ensayamos una tonada y ya está, así salimos”, explica.

La señora Dorita afirma que el asunto de la guabina no tiene complicación. “La guabina atrae y la gente aprende a pegarse. No ve usted que yo arranco y ellas automáticamente saben cómo me van a acompañar. La guabina es tan del alma que sale sin necesidad de mucho ensayo”, dice.

Pero la dicha no alcanza para tanto. Estas mujeres han cantado, bailado y viajado exponiendo la guabina por todo el país, pero muy poco han recibido a cambio. “Las invitaciones abundan pero nadie se mete la mano al bolsillo para patrocinarlas”, dice el esposo de la señora Dorita.

El hecho de que ninguna de las agrupaciones que conforman estos Tesoros Vivos tenga en sus manos un trabajo discográfico para mostrar, evidencia que hay mucho por hacer y más ahora que han sido designadas patrimonio cultural inmaterial.

Hay que investigar

Arnulfo Ardila, el esposo de Dorita González de Ardila, es su fiel compañero en la guabina y el torbellino, y a lo largo de los últimos 37 años se ha convertido en un investigador del folclor de la región.

Dice que en su familia todos aprendieron mirando y oyendo. “Mis antepasados eran copleros, guabineros, vagabundos y cuenteros. Eso se heredó”.

En su caso, la conformación del grupo Los Cuchineros lo obligó a investigar porque no se trataba sólo de salir a cantar y bailar. “Lo que nos interesa es la autenticidad con que se hacen las presentaciones, el atuendo, los instrumentos, los atavíos. Por eso nuestro traje no es muy elegante, tampoco colorido, pero es el rescate de cómo lo llevaron nuestros ancestros desde 1900”, dice.

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