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Viajeros | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-08-09 05:00:00

Viajeros

Viajeros

También los bares, una tenida de viajeros era cosa seria. Los mejores  chistes y apuntes salían de esas tertulias al calor de un aguardiente. Las historias de  agentes viajeros en carretera son de antología.  Historias de fantasmas que en la noche,  al borde de la carretera en medio de una pertinaz llovizna, un desconocido que  solicitaba una remolcada y luego desaparecía del asiento como por encanto. Una mujer rubia y hermosa se evaporó del asiento del jeep de tanto viajero, que el cuento no se volvió a contar. El perfume exquisito que quedaba en los cojines era el testigo de una frustrada conquista.

A un viajero de joyas que desapareció y que se supuso había huido con el maletín repleto de esmeraldas y aderezos, se le siguió un juicio hasta condenarlo. Treinta años después, un deslizamiento de tierra  en la Corcova dejó al descubierto las latas  de su camioneta, las joyas, su osamenta y su inocencia.

¿Viajeros famosos? Muchos. Cotorra Ribero, capaz de vender hasta a la suegra; Genaro Prada, visitador de drogas, quien les decía a los médicos que las aguas verdes que vendía no servían para nada, pero tenía seis bocas que alimentar, y el pedido cuajaba. Alfredo Sammer,  Jaime Martínez, “cajitas”, Álvaro Plata, “Muchalick”, sabios en farmacopea, casi Chamanes de vademécum o Hipócrates de los caminos. Chalo Arenas Luna, viajero de Coltejer, vistió a tantas muchachas  con telas de Percal que las carreteras polvosas fueron un tango. Quizás, quien comió más kilómetros en su Volkswagen por todo el país fue Carlos Pinto, un Volkswagen engallado y ruidoso, repleto de mercancías, sedas, medias, brasieres y uno que otro nostálgico bolero, o guarachas viejas en discos de 45 rpm. Así creo La Esquinita, un lugar único en el país, tan famoso como La Bodeguita en La Habana. 

En una de  mis correrías por pueblos solitarios y fríos como Juez Investigador, topé con un  viajero de Cartón de Colombia. Era buen contador de anécdotas y fuimos destapando botellas hasta el amanecer en un cafetín. A la madrugada cada quien salió para su posada, quedando de encontrarnos al día siguiente.  No apareció. Al indagar por él,  me dijo la casera que estaba grave en el hospital.

No le faltaban sino cuatro sirios. Tiritando de fiebre me dijo que al llegar al hotelucho la puerta estaba cerrada. Tocó sin descanso, golpeó con una piedra y nada, hasta que se soltó un aguacero. Resignado se sentó en el anden a que la lluvia lo empapara. En la mañana dormía a pierna suelta recostado en la pared. La casera lo despertó. ¿Usted por qué no tocó?, le dijo. Algunos de estos viajeros alcanzaron jugosas jubilaciones, a  otros solamente les quedaron sus recuerdos y el mohoso maletín de cuero olvidado en el cuarto de los chécheres. 

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