El documentalismo hecho arte | Noticias de santander, colombia y el Mundo

2009-09-12 05:00:00

El documentalismo hecho arte

El apellido Harker está íntimamente ligado a Santander. La exposición Wayuú que presenta el fotógrafo Santiago Harker no solo ha brindado la oportunidad de disfrutar la obra de uno de los más destacados maestros del arte fotográfico nacional, sino que igualmente ha dado pie para coincidir en una historia pletórica de coincidencias, que la historiadora y directora del Museo,
El documentalismo hecho arte

Lucila González Aranda, no duda de calificar como un “feliz tejido de acontecimientos donde la historia regional se refleja en el espejo de la saga de los Harker”; una historia que se remonta a 1925, cuando el viajero inglés John Harker Mudd llegó a las minas de La Baja (hoy municipio de California) en misión laboral y en su estadía conoció a Mercedes, sobrina del Sabio José Celestino Mutis y quien sería su esposa y madre de su hijo Adolfo Harker, estudiante destacado de fotografía y otras artes liberales en la escuela de Victoriano de Diego y Paredes en Piedecuesta.

Las felices coincidencias continuaron dejando su huella anecdótica cuando en un fallido viaje hacia la tierra de su padre, el joven Adolfo Harker Mutis naufragó enfrente de las costas de La Guajira, tierra que, casi un siglo después, en 1983, su nieto, el ingeniero mecánico y apasionado fotógrafo Santiago Harker, pisara por primera vez con la somera intención de documentar la historia de Puerto López, pueblo del que oyera hablar en la célebre canción de Rafael Escalona, El almirante Padilla.

A consecuencia de las fuertes lluvias que impedían cualquier movimiento, Santiago terminó quedándose tres semanas, tiempo suficiente para hacer que literalmente se enamorara de esa región y de sus gentes, en particular de la tribu Wayuú, la que no ha dejado de retratar en todas las expresiones culturales y cotidianas durante los últimos quince años.

Arquitecto de la mirada

La fotógrafa inglesa Margareth Cameron, en una dura discusión sobre la validez de concebir la fotografía como un arte, exponía su concepto: “El pintor se enfrenta a la limpieza del lienzo, donde por medio de su herramienta artística –los pinceles– desarrolla su obra.

El fotógrafo se enfrenta a un universo caótico de elementos que a través de su mirada estéticamente educada debe organizar y capturar con su herramienta, la cámara”. Esta bella concepción es precisamente lo que en el mundo de la fotografía se conoce como composición, y es exactamente una de las virtudes que separa el simple registro visual de una bella imagen fotográfica.

Detenerse en la observación del trabajo fotográfico de Santiago Harker es obligarse a fijar la mirada en aquellos elementos que desfilaron como peatones en ida y venida ante sus ojos, pero que él, a la mejor usanza de un arquitecto de la mirada, congeló en la instantaneidad de una fotografía adornada de arte puro.

“Voy de un lado a otro con mi cámara en las manos, pero no me canso de estar mirando y deteniéndome en cualquier marco de una ventana; a través de ellas se descubre otra manera de usar el visor de la cámara, pues ellas son como los ojos de las casas. Entonces es allí donde encuentro la imagen que me atrae y no dudo un instante en disparar… Después vendrán los permisos o las disculpas, si hubiera lugar”, asegura el artista al referirse a su manera de trabajar.

El universo Wayúu

El sincretismo cultural que se manifiesta en prácticamente cada uno de los modos y expresiones de relación diaria de los Wayúu fue un factor fundamental que motivó al fotógrafo Harker a indagar más y más sobre esta etnia de pastores y pescadores, habitantes en prácticamente la totalidad del territorio guajiro.

“Lo interesante de los Wayuú es su capacidad de resistencia pacífica, y a veces por la fuerza, que les ha permitido sobrevivir a todas las formas de dominación cultural e imposición o dominio, y ha obligado al intruso a adaptarse a su forma de vida o en su defecto a partir de su territorio.

Yo me quedé porque asumí un compromiso con su gente, un compromiso de respeto y correspondencia, que me han permitido hoy ser parte de sus vidas, sin riesgo de llegar a la impertinencia o al morbo visual. Asumo cada encuentro con sus gentes como una invitación abierta a ser parte natural de su cotidianidad”, señala el maestro Harker.

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